Cultura

BICENTENARIO

Amor, desamor, muerte, pasiones y locura en Emily Brontë

El 30 de julio se cumplen doscientos años del nacimiento de una de las escritoras más atípicas de la historia de la literatura inglesa.

Eduardo Nabal

Burgos | @eduardonabal

Viernes 20 de julio de 2018 | 17:11

Sin desdeñar la inmensa obra de sus hermanas Charlotte y Agnes, también adelantadas a su tiempo, Emily Brontë, rompió con un solo libro muchos de los cánones de la novela victoriana situando su historia de amor en un conflicto interclasista, en una situación cercana al “amour fou”, reivindicado por los surrealistas y en un estilo de una belleza, pasión y desesperación sin parangón en las novelas de su tiempo.

Considerada según los biógrafos (como el cineasta André Téchiné, que realizó una hermosa película sobre la difícil vida familiar) como la “menos convencional” de las tres hermanas criadas bajo techo parroquial y la más aliada a los elementos de la naturaleza y alejada de la religión y los usos de la época, la obra de Emily (su única obra en prosa, al margen de su producción poética) sigue siendo un libro perturbador, aunque se han hecho versiones cinematográficas que casi lo han encasillado en el melodrama romántico lejos de la ira, la ironía y la poderosa individualidad que desprenden las páginas de la novela.

En el hermoso filme de Téchiné “Las hermanas Brontë”, Emily es presentada como la más “masculina”, “arrojada” e “intrépida” de las tres hermanas, mientras Charlotte y Anne parecen más ligadas a los rezos, la abnegación y el retiro de una naturaleza agreste como el que la escritora describe en “Cumbres borrascosas”, llevada al cine entre otros por Luis Buñuel en su película mexicana “Abismos de pasión”.

No obstante, no podemos quitar valor literario a algunas de las grandes novelas de sus hermanas a pesar de sus esquemas de “amor cortés”, intrigas femeninas e historias de iniciación de corte dickensiano. Tanto “Jane Eyre” de Charlotte, como “Agnes Grey” de Anne, son historias de chicas huérfanas y sin posición que pasan de ser institutrices a labrarse un futuro más prometedor en un mundo patriarcal. Ambas contienen (como otras de sus novelas) apuntes pre-feministas y descripciones nada complacientes de la condición de la mujer sin recursos en la época y el lugar en el que vivieron. Todas hacen apuntes sobre las costumbres y las normas “no escritas” sobre la Inglaterra de la época.

Las novelas de ambas contienen mucha más conciencia social y alegato feminista que, por ejemplo, el conjunto de la obra de Jane Austen -con sus matrimonios de conveniencia- y no deja de ser un reflejo de su vida en los páramos y en pequeñas estancias marcadas por privaciones y un reconocimiento tardío.

Elizabeth Gaskell (otra pionera en la novela femenina poco convencional) en su “Biografía de Charlotte Brontë”, describe la crudeza y podredumbre del paisaje en el que crecieron las tres hermanas, marcada por la enfermedad, la muerte, la beatería y la exposición a un clima indómito. Todas ellas fueron prolíficas y escritoras de calidad. No obstante, la renovación formal debe esperar al gran libro de Emily que se aparta de todos los cánones con diferentes voces narrativas del momento con una construcción dramática y estilística nada convencional, así como una lejanía por la búsqueda de sucesos agridulces o finales más o menos felices.

Emily Brontë atrapa sin miedo la voz de un narrador masculino que se adentra en los meandros de una historia de amor y oscuridad que ocurrió en el pasado, incluyendo cartas escritas por una heroína muerta y los recuerdos de un mozo de cuadra convertido ahora en dueño de una grande pero desgastada mansión a merced del viento y los intrusos. Luego pasa a una voz femenina adulta que narra de forma detallada el discurrir de la historia desde la niñez de los protagonistas a su posterior separación cuando Catherine es acogida en “La Granja de los Tordos” y convertida en una señorita al uso, que guarda un secreto fulgurante.

Emily Brontë desafía los esquemas de la buena sociedad de su tiempo a través de una historia de amor y pasión “más grande que la vida”, que sobrevive a instituciones sacrosantas e impedimentos sociales considerados incontestables.

Poco antes de casarse con su elegante marido Catherine afirma a su confidente y también narradora “Yo soy Heatchliff”, situando el amor prohibido por un gitano y mozo de cuadra odiado por su entorno por encima de su amor más convencional que la lleva al altar y anunciando así la sucesión de tormentas interiores y exteriores con las que seguirá la narración en su encuentro y desencuentro entre dos seres que son almas gemelas, separados por aparatosas convenciones sociales pero incorporados en un espacio irreal y potente que lleva la novela hasta el terreno de lo gótico y la incorporación melancólica de una masculinidad negada.

Catherine ha incorporado a su ser el del alma gemela con la que creció y conoció una adolescencia marcada por el infortunio y no ha perdido la rebeldía que habita en su ser, una rebeldía que en ocasiones dormita y en otras despierta con furia poco común en un personaje femenino de la época.

La novela, firmada al principio con seudónimo, fue recibida por la crítica como una historia “sucia, blasfema y brutal” pero no tardaron en revalorizarse sus potentes elementos literarios, convirtiéndola hoy en el clásico por excelencia salido de unas hermanas capaces de soñar otras vidas desde los páramos que rodeaban a una parroquia familiar y buscando su reconocimiento como escritoras en un tiempo en que no se consideraba la literatura una profesión propia de mujeres.

Emily Brontë fue la que llegó más lejos al no escatimar los detalles sórdidos, la mezcla del realismo y la poesía surreal en una historia intemporal que sigue inspirando nuevas creaciones a partir de sus páginas henchidas de amor, desamor, muerte, pasiones y locura.






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