Cultura

CONGRESO DE LA LENGUA/TRIBUNA ABIERTA

#CILE2019: No nos comieron la lengua

El Encuentro Derechos Humanos como Derechos Lingüísticos terminó ayer. En su conferencia de cierre, José del Valle celebraba la pluralidad y heterogeneidad del público y actividades.

Sábado 30 de marzo | 18:34

Fragmento en detalle de la obra "La Jungla" de Wilfredo Lam

Una convocatoria que logró esparcirse un poco más allá de la inmediaciones del campo académico. Ante todo se puede decir que cumplió con una función importante de la universidad pública, posicionarse del lado de la población, devolviendo con su investigación y práctica el favor de su existencia.

La mesa de discusión en la que participé junto a mi compañera Abril Santillán, fue una mesa sobre glotopolítica. Nuestro trabajo estudió los discursos de apertura y cierre del VII Congreso de la Lengua Española (CILE), realizado hace tres años en Puerto Rico.

Básicamente la hipocresía de este conglomerado de instituciones que tiene a la cabeza al Estado español se sostiene de esta manera: construye por arriba la idea de una comunidad hispanofónica iberoamericana, mientras que por debajo en su ideología más profunda se continúan los viejos hábitos unicentristas, en una clave neocolonial. Un fantasma recorre estas palabras, el fantasma genealógico de América Latina: es decir sus luchas y frustraciones, su resistencia, la apropiación y vivencia de su destino histórico.

El discurso inaugural del escritor Jorge Edwards plantea al español como el idioma que nos fue dejado por los conquistadores “casi sin proponérselo”, un recurso del que carecíamos al estar sumidos en “el silencio”. Lo primero que hay que marcar es que es de una violencia extrema plantear que las y los habitantes de América Latina carecíamos del idioma, similar a lo que Sarmiento llamó “el desierto”. Una perspectiva que se funda en los valores humanistas y que se propone llevar la “civilización” a quienes no contamos con sus herramientas bajo la pretensión de ser las “herramientas universales del hombre”- y digo hombre y no humanas, humanos, humanes porque esa era su ideología-. Es una estrategia típica, poner bajo concepciones esencialistas aquello que no es más que hegemonía.

Pero además está el intento de separar a la lengua de la voluntad política, “casi sin proponérselo” dice Edwards, como si la tarea de los misioneros franciscanos no se hubiese prontamente convertido en una imposición de la lengua española, lengua para y del adoctrinamiento cristiano.

Se genera así lo que Derrida llama una duplicidad de pertenencia: no podemos hablar más que en español; esa lengua, sin embargo, no es la nuestra. Y esto es así por dos razones. O bien las lenguas nativas fueron fagocitadas por la española, dejando algunas palabras como marcas de la violencia. O bien las lenguas aún vivas son totalmente invisibilizadas, como bien demostró Mauricio Macri en su discurso de inauguración del CILE. Mientras nos hablan de una lengua española de concordia, de encuentro, una lengua mestiza, y festejan la diversidad.

Por todo esto, la práctica glotopolítica es una práctica de memoria, porque es indivisible la violencia simbólica de la violencia material. El rey de España llegó a Argentina un día después del 24 de marzo, tras una marcha que hace memoria de las masacres y terrores vividos en Latinoamérica por la injerencia directa del imperialismo. ¡Y nos vienen a hablar de una historia compartida, solo por tener una lengua “en común”!

Hablemos entonces de lo que omiten. Hay dos fuertes tradiciones de la literatura y el arte latinoamericano, de un espíritu contestatario, de contraconquista. Una es el barroco, la otra la de una actitud calibánica ante la lengua.

Empecemos por esta última. Calibán, personaje de la tempestad de Shakespeare construido a partir de las representaciones del salvaje del siglo XVI, cuyo nombre es una derivación de “canibal”. En 1971 el ensayista cubano Fernández Retamar retoma esta figura para resignificarla. Calibán es el esclavo que aprende la lengua del amo para vituperarlo. Y signa en él no sólo una actitud sino un carácter constituyente de la identidad latinoamericana, que se posiciona desde su otredad étnica. Vale decir que en 1971 Edwards se encontraba como embajador en cuba ¡por el gobierno de Allende!, por lo que su omisión es completamente deliberada.

Los escritores y artistas plásticos del Barroco son tan importantes que no los pueden dejar de mencionar, Wilfredo Lam, Lezama Lima. Puestos en el discurso como los dadores de una impronta africana o indígena de este “arte florido y mestizo”; pero ignorado en su entereza polémica. El barroco no se deja aglutinar bajo el signo de lo mestizo porque salió a cuestionar este signo. La imposibilidad de cualquier síntesis tranquilizadora, la historia de una América en constante tensión entre fragmentos que parecen acercarse pero que muestran inmediatamente su provisoriedad, su precaria unidad. Nosotras recordamos a Sarduy que parodia la posibilidad de unión entre elementos inasimilables.

No se trata sólo de la ausencia de un centro único y armónico, sino de que la única opción es la multiplicidad, heterogénea y siempre conflictiva. Así también es la lengua que hablamos. Y nuestra identidad, en última instancia, un acto poético. La apropiación amante y desesperada que Derrida encuentra en la escritura.






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