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RESEÑA // LIBROS

El partido de tu vida

Hubo una vez un partido que fue “El Partido”. Ahora tiene un libro que está a la altura de su lugar en la historia.

Fernando Rosso

@RossoFer

Jueves 31 de marzo de 2016

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Cuatro horarios diferentes para un mismo evento: el reloj marcaba las 12 horas del Distrito Federal, las 14 de Buenos Aires, las 19 de Londres y las 15 horas en las Islas Malvinas. Cuatro puntos geográficos donde se viviría con la misma intensidad e intereses opuestos.

Transcurría el 22 de junio de 1986 y empezaba un partido inolvidable entre las selecciones argentina e inglesa por el campeonato mundial de fútbol.

Pocos enfrentamientos futbolísticos merecerían un libro entero: el mucho más trágico “Partido de la Muerte” (entre lo que sería el Dínamo de Kiev y el seleccionado nazi en 1942) podría ser uno, pero también podría serlo el encuentro entre el conjunto nacional y la formación inglesa que se produjo cuatro años después de la guerra de Malvinas.

Para este encuentro el libro ya existe, se llama El Partido, lo escribió el periodista Andrés Burgo y lo acaba de publicar Tusquets en Argentina.

El Partido es un relato meticuloso del antes, el durante y el después del enfrentamiento que se produjo en el Estadio Azteca del Distrito Federal de México, un mediodía caliente por donde se lo mire y por donde se lo sienta.

Portada del libro El Partido, de Andrés Burgo

En un trabajo de recopilación de información y datos que llevó tres años, Andrés Burgo realizó reportajes, leyó autobiografías de jugadores argentinos e ingleses, revisó archivos de diarios y revistas, tuvo encuentros con los protagonistas e incorporó difusos y vibrantes recuerdos propios. Entrevistó a personas que fueron actores centrales de la gesta, pero también a muchos otros personajes “secundarios” que van desde utileros hasta simples hinchas que por una cosa u otra estuvieron ese mediodía en el Azteca.

Esa profusa información se ordena y narra con una prosa equilibradamente poética, en la que no ahorra metáforas o giros literarios, aunque tampoco los derrocha. Una crónica viva de aquel acontecimiento bisagra en el itinerario de los mundiales y del fútbol en general, colmada de anécdotas que grafican el clima y lo reviven “textualmente”.

Es un relato completo de cómo se llegó y cómo se vivió aquel día histórico en el que el salto para la humanidad lo produjeron 44 pasos memorables de un hombre que se convirtió durante 10.6 segundos en un Objeto Volador No Identificado.

La previa incluye la llegada de la selección a México, la “huida” de la Argentina de un equipo que había dado pena en las eliminatorias y al que nadie le tenía fe, la historia freak de las camisetas azules con los números plateados. El amanecer de los protagonistas esa mañana y el mar de cábalas interminable que se cumplían a rajatabla (el caramelo enterrado en el estadio, el orden de subida al micro, los dos custodios que no podían faltar, los temas musicales que había que escuchar sí o sí, los comentarios que cada uno debía repetir y un largo etcétera).

La selección viajó a México en medio de una transición y una grieta que partía al universo futbolístico en dos: el menotismo que no cesaba de morir y el bilardismo que no terminaba de nacer. Este enfrentamiento se tradujo en intrigas y lucha de poder en el seno del equipo, en pugnas como la que tuvieron Pasarella y Maradona: el ya no más del Gran Capitán y el todavía no del líder en gestación.

Pero había algo que hacía que ese partido de fútbol fuera mucho más que un partido de fútbol, independientemente de su función y de los intereses de los protagonistas: la historia reciente lo había sobrecargado con una pasión que iba más allá del deporte. Había depositado exageradamente sus rencores, sus broncas y sus esperanzas en un partido-revancha.

A la altura de la historia

Habían pasado cuatro años de la derrota de Malvinas y la caída de la dictadura. El fantasma de “los chicos de la guerra” recorría la Argentina ;todavía no había desmalvinización posible, todo el mundo estaba “malvinizado”. Malvinas había sido el broche de la derrota, el nombre de la guerra perdida.

Si sólo a unos jóvenes endemoniados se les podía haber ocurrido cuestionar el orden del capital en en “los ‘70”; únicamente a un loco borracho se le podía pasar por la cabeza hacerle la guerra a una potencia imperial. Esa era la conciencia media y el triunfo de los que mandan aquí y en el mundo sobre el horizonte de lo posible.
Las imágenes de “los chicos de la guerra” y la de los chicos de la Noche de los Lápices (la película se estrenaría en septiembre del mismo año del mundial) mostraban las consecuencias de toda esa “locura” que no podía suceder “nunca más”. Nunca más fue el libro de la década. El dedo acusatorio iba dirigido a los militares, pero pasaba factura a todos los “demonios”. Había que exorcizar “democráticamente” a una Argentina polarizadamente endemoniada.

Ese era el clima del mundial y del partido con Inglaterra. Todo un pueblo buscando sublimar el trauma tremendo de la guerra perdida en una batalla “de mentira”, donde la bala de plata estaba depositada en el pie izquierdo más virtuoso que se haya conocido jamás.

Era un espectáculo de la industria del deporte todavía en desarrollo y un consumo masivo del “opio de los pueblos” de la modernidad argentina. Con el odio acumulado en las entrañas de la nación, todos querían fumarse el “porro” y ver a los ingleses reventados a goles. El país era una criatura agobiada de miseria real que suspiraba su religión laica con forma de apasionado deporte popular.

El robo y el infinito

El partido pasó a la historia por ese marco, pero también porque allí se convirtió el gol de todos los tiempos, minutos después de la mano mágica menos vista y más camuflada de la historia universal.

En la jodida libido de los argentinos, dice Andrés Burgo, el primer gol fue la perversión y el segundo el clímax. Para los ingleses fue la fiesta del monstruo, la insoportable levedad del campeonato mundial, por culpa de ese “infierno de gol”, como calificó al segundo de Maradona un jugador inglés en sus memorias.

Si el primero fue la traducción futbolística de la Carta Robada de Poe: una mano que estuvo a la vista de todos pero que nadie vio; el segundo fue la Novena Sinfonía que hizo vibrar a las más de cien mil almas que colmaban el Azteca, estallar a los hogares argentinos mientras lloraban Londres y los ciudadanos de segunda que ocupan ilegítimamente las Islas Malvinas.

El primero fue un robo contra la corona con la mano oculta de Dios; en el segundo, con talante de artista, el “genio del fútbol mundial” logró que no haya Dios que salve a la Reina.

El libro rastrea la historia non sancta de las querellas previas que llevaron a Víctor Hugo Morales a crear el ya legendario “barrilete cósmico” en su relato para preguntarse de qué planeta había venido. Registra cómo lo vivieron los jugadores argentinos que acompañaron el camino al Nirvana, la infracción previa no cobrada del “Checho” Batista y cómo se vivió (y se sufrió) del lado inglés: los que no pudieron dejar de admirarlo, los que lo entendieron y los que lo odiaron para siempre.

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Para quienes pisamos los 40, ese mundial tiene características particulares: es el primero que vivimos con relativa conciencia de su importancia. Yo no recuerdo casi nada sobre dónde lo vi, ni cómo (y me deja “tranquilo” que Burgo, que es periodista deportivo, tampoco recuerda mucho), sólo me quedaron presente dos cosas: el clima londinense con el que había amanecido Buenos Aires y la “nuca de Dios” con la que el “Vasco” Olarticoechea saca esa pelota en la línea hacia al final del partido. Debe ser que ese instante de peligro me quedó grabado por aquello del efecto de los sustos tempranos del que hablan los psicólogos. Ese “casi gol” me espantó tan horrorosamente como para que los efectos me duren en esta adultez y la de otras dos o tres vidas más.

***

Luego vinieron todas las miserias que vinieron: la pelea de todos contra todos y de Diego contra el mundo, la borrachera y pedantería del éxito y hasta incluso una disputa en el seno de la familia Maradona por la propiedad de las camisetas, incluidas las de El Partido que se cotizan en cientos de miles de dólares. Desde las puertas del cielo al fondo del pantano.

Como afirma Eduardo Sacheri en su gran cuento Me van a tener que disculpar, la culpa de todo la tiene el tiempo: “El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos”.

Habría que agregar que el tiempo empeñado en seguir transcurriendo en este mundo, miserabiliza todo lo que toca, lo pasa a valores y lo destruye a trompadas con el puño invisible del mercado.

En ese marco adquiere singular valor el libro de Andrés Burgo. El “Negro” Enrique dijo que Víctor Hugo tuvo el mérito de hacer con su relato que el gol más lindo sea más lindo todavía (el pícaro y creativo Enrique fue también el que dijo en el vestuario inmediato al partido: “Todos lo saludan a él, pero si con el pase que le di no hacía el gol era para matarlo”).

El libro reconstruye el sendero y el contexto que llevó al momento inmaculado y está escrito de tal manera que logra la proeza de embellecer más una historia que ya era muy linda.

Tiene un nombre bien elegido y no recala en eufemismos: se llama El Partido. Bien podría llamarse “El libro del perfecto instante eterno”.

*Nota publicada originalmente en Diario Alfil






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