SUPLEMENTO

Gramsci, Trotsky y nosotros

Pietro Basso

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Fotomontaje: Juan Atacho

Gramsci, Trotsky y nosotros

Pietro Basso

Desde la publicación del libro Hegemonía y lucha de clases. Tres ensayos sobre Trotsky, Gramsci y el marxismo (Bs. As. Ed. IPS, 2017), de Juan Dal Maso, hemos publicado distintos debates con intelectuales y militantes de la Argentina y otros países. En esta oportunidad publicaremos sucesivamente tres artículos sobre este libro de destacados investigadores como Panagiotis Sotiris, Warren Montag y Pietro Basso, quienes hacen cada uno su propia valoración de este trabajo, estableciendo un diálogo crítico con sus elaboraciones para pensar sobre la actualidad. En esta edición escribe Pietro Basso.

Consideraciones en torno al libro Hegemonía y lucha de clases, de Juan Dal Maso.

Antonio Gramsci es una figura decididamente controvertida de militante y pensador político. Fue en el pasado y sigue siéndolo, en Italia y, en la actualidad, especialmente fuera de Italia, "una fuente de la que cada uno extrae el agua que necesita" (Melograni). Por esta razón, a veces se le representa como un marxista-leninista ortodoxo, otras como precursor del reformismo de Togliatti, incluso un socialdemócrata, o aun, en los últimos tiempos, como un marxista creativo, precursor, completamente original. Estos usos tan dispares de Gramsci no dependen exclusivamente de la extravagancia y las convicciones de sus intérpretes, ya sean sus seguidores y simpatizantes o sus oponentes políticos; dependen en gran medida del camino particular y específico hacia el marxismo revolucionario propio de Gramsci y de la objetiva ambigüedad de sus escritos, en particular los contenidos en sus Cuadernos de la cárcel.

Juan Dal Maso es consciente de esta objetiva ambigüedad, pero ha realizado asimismo un esfuerzo exigente, informado y sofisticado, diría yo, para incluir el "marxismo de Gramsci" dentro del marxismo "clásico", y para hacer visibles las sorprendentes convergencias entre las perspectivas de Gramsci y la teoría de la revolución de Trotsky. Lo hizo en dos etapas: la primera dedicada a la lectura de los Cuadernos de la cárcel; la segunda a una comparación explícita y muy articulada entre Gramsci y Trotsky, realizada en controversia parcial con un viejo ensayo de Perry Anderson recientemente reeditado.

En el paso de la primera a la segunda etapa de este trabajo, la ambivalencia del pensamiento de Gramsci queda progresivamente relegada a un segundo plano, mientras que las afinidades electivas entre Gramsci y Trotsky se sitúan en primer plano. Y así, si en El marxismo de Gramsci el punto de mayor divergencia entre los dos revolucionarios es el de la fundamental relación entre internacionalismo y política nacional, y se le atribuye una justa importancia a la fuerte crítica del cosmopolitismo y el abstraccionismo que Gramsci le dirigió a Trotsky por la imposibilidad de "traducirlos" a los diferentes contextos nacionales (p. 94); en Hegemonía y lucha de clases, obviamente sin cuestionar el internacionalismo de Trotsky, se argumenta que la forma específica en que Gramsci articula las dimensiones nacional e internacional del choque de clases no es cualitativamente diferente a la de Trotsky, sino que más bien refleja la manera diferente "de insertarse de Italia y Rusia en la modernidad" (p. 248). Una posición con la que Dal Maso se distanció de una interpretación generalizada en el campo trotskista que ve a Gramsci como el fundador de la "vía italiana hacia el socialismo" en plena, o sustancial, continuidad con la teoría de Stalin del "socialismo en un solo país".

Juan Dal Maso también es consciente de que Gramsci tenía un conocimiento escaso (¿o muy escaso?) de las posiciones de Trotsky, y casi siempre se expresaba toscamente en contra de ellas, incurriendo en errores de interpretación bastante groseros para un hombre de tanto ingenio y escrupulosidad. Pero igualmente, con paciencia, análisis y delicadeza filológica, lleva a cabo su investigación de tal manera que se minimice su impacto y se ponga de relieve cómo en la evolución de la teoría de la revolución permanente, Trotsky había des-rusificado gradualmente su visión de la revolución en Occidente, hasta el punto de abogar por la hegemonía revolucionaria de la clase obrera (en Alemania) "sobre toda la nación", es decir (pero no es lo mismo) sobre los otros "sectores oprimidos" de la nación –una perspectiva que no estaría tan distante de la perspectiva gramsciana de la lucha contra el fascismo–. De este esfuerzo emergen un Gramsci (inconscientemente) al menos un poco trotskista, y un Trotsky (inconscientemente) al menos un poco gramsciano.

El vínculo entre las dos teorías-estrategias de la revolución estaría constituido por la cuestión de la hegemonía, que es sustancial y formalmente central en las Cuadernos de la cárcel y, de diferentes maneras, en toda la elaboración gramsciana. No se puede decir lo mismo de Trotsky y Lenin. Pero también en este caso Dal Maso –que es consciente de ello– fuerza en cierta medida el punto de vista de Trotsky hasta hacer de la hegemonía el tejido conectivo, o al menos una constante de su pensamiento en el análisis del capitalismo mundial, en su teoría de la revolución permanente y en el período de la transición al socialismo. Toda su hipótesis se basa en este movimiento audaz, casi temerario, que se presenta como simples "humildes sugerencias", y no como una tesis. Para validar su hipótesis, va en busca de los elementos que en el discurso de Gramsci vinculan la hegemonía con la lucha de clases y con los elementos de la fuerza militar, a fin de invalidar la tesis opuesta, según la cual el discurso de Gramsci en los Cuadernos es esencialmente cultural y, de hecho, la cuestión del poder y la fuerza –siempre presente, en cambio, en el ojo y en la mente de Trotsky– habrían sido eliminados.

La hipótesis que une los dos estudios de Juan Dal Maso es sugerente, bien argumentada y no totalmente infundada ya que, en mi opinión, más allá de los temas puntuales y de la cuestión "única" de la hegemonía, hay tanto en Trotsky como en Gramsci una torsión un tanto subjetivista en el pensamiento marxista; además, me parece que no se puede considerar coincidencia que en ambos, las críticas sobre la economía política aplicada al capitalismo de su tiempo jueguen un papel completamente marginal. Sin embargo, para dar fuerza a su hipótesis, se ve obligado a ignorar (o a poner excesivamente en segundo plano) dos elementos que fueron esenciales en la formación teórica y la militancia política de Gramsci, y que juegan un papel central en las anotaciones de los Cuadernos, entre ellos, la concepción de la hegemonía: la llegada al marxismo a través del idealismo crociano y la función decisiva que desempeñó en el proceso de la bolchevización del Partido Comunista de Italia.

Si se lee con atención el famoso artículo del joven Gramsci en el que, en octubre de 1914, defiende el punto de inflexión de Mussolini de la "neutralidad absoluta" a la "neutralidad activa y operativa", uno se encuentra totalmente con el Gramsci "nacional-popular" de los Cuadernos. Del partido socialista marca fuertemente los "caracteres especiales, nacionales [aquí es Gramsci quien subraya] que le obligan a asumir en la vida italiana una función específica, una responsabilidad propia", una responsabilidad nacional que le hace "autónomo" de la misma Internacional, exceptuando la de tener en común con ella "el fin supremo". El partido socialista es representado como "un Estado en potencia" que en su lucha diaria con el Estado burgués se da "los órganos para vencerlo y absorberlo" [aquí subrayado propio], una formulación que legitima la atribución a Gramsci de la concepción de la "revolución sin revolución". Igualmente notable es el sello filosófico de este artículo, que afirma de manera perentoria que "los revolucionarios conciben la historia como la creación de su propio espíritu", un concepto que no es exactamente materialista; y donde Gramsci presenta el cambio de ritmo en la "neutralidad" como la manera de "devolver a la vida de la nación su carácter genuino y directo de lucha de clases", y la revolución como la única posibilidad de sacar a "la nación" [este es, una vez más, su término de referencia] del callejón sin salida en el que la ha llevado "la clase que detenta el poder".

El mismo sello francamente idealista se encuentra en su entusiasta comentario sobre el estallido de la Revolución de Octubre (significativamente titulado "La Revolución contra el ’Capital’" –donde El Capital es la obra de Marx–) que Gramsci ve como "materializado en ideologías más que en hechos", una expresión del "pensamiento marxista, aquello que nunca muere, que es la continuación [las cursivas son mías] del pensamiento idealista italiano y alemán, y que en Marx fue contaminado con incrustaciones positivistas y naturalistas". Antonio Gramsci se dejó atraer y fue (solo) modificado parcialmente por el vórtice impetuoso de la revolución rusa, la Internacional Comunista y, en Italia, por la impostación de la izquierda de Bordiga, para volver más tarde, paulatinamente, en el retroceso del proceso revolucionario en Rusia, en Europa, en Italia y en el terrible aislamiento vivido en la cárcel, a una posición que, en los ejes fundamentales es muy similar a la posición de la cual había partido: en política una posición más radical-progresista extrema, apoyada por una fuerte voluntad revolucionaria, en tanto que marxista; y en filosofía, siempre en un equilibrio inestable entre el idealismo y el materialismo.

No es por casualidad, además, que opte por renombrar al marxismo como filosofía de la praxis, poniendo como factor de subversión social justamente aquella filosofía cuya contribución al conocimiento y a la revolución de las relaciones sociales Marx había considerado absorbida por la ciencia de la sociedad y de la naturaleza hacía ya varias décadas atrás. También me pregunto si no es muy curiosa, desde el punto de vista de la historicidad de los procesos y del materialismo histórico, la pretensión gramsciana de poder construir categorías de filosofía política en (gran parte) ahistóricas bajo las cuales agrupar fenómenos típicos de modos de producción y períodos históricos tan diferentes entre sí.

La raíz teórica de las ambigüedades/ambivalencias del pensamiento de Gramsci que Juan Dal Maso reconoce, en mi opinión, se encuentra precisamente en esta original matriz filosófica, que luego se encuentra en los Cuadernos. Y la ambigüedad/ambivalencia de su perspectiva estratégica me parece que reside en la mescolaza igualmente original entre clase y nación, y luego entre la revolución socialista y la revolución jacobina, entre la revolución concebida como resultado de la "crisis orgánica" del sistema social burgués y la historia, y por tanto, también la historia de la revolución, concebida como la "creación del espíritu" de los revolucionarios y, sobre todo, la de los intelectuales revolucionarios. Su llegada al marxismo parece estar dominada por un sello fuertemente antideterminista, intencionadamente tal, que no solo ataca las formas osificadas y antidialécticas de este pensamiento, sino que difiere de sus propias raíces.

En cuanto al papel político desempeñado por Gramsci en el PC de Italia, no podemos olvidar que era el liquidador de la dirección de la izquierda del mismo, una de las pocas fuerzas que entraron en el escenario, en abierta defensa de Trotsky, con Bordiga. Que esta liquidación, en nombre de la dirección de la Internacional en proceso de stalinización, también se produjo recurriendo a métodos burocráticos. Y que toda su dirección política del partido en los años 1924-1926 (de la cual la historia del Aventino es la mejor síntesis) anticipó la política de los frentes populares interclasistas, lo que ciertamente no trajo buenos resultados a la causa del proletariado. Se puede observar que la dirección del PCI de Bordiga se caracterizó por un cierto esquematismo y una falta de madurez táctica. Esto es así. Pero la "corrección" de camino operada por Gramsci era algo más que una simple corrección, y no se refería solo a las tácticas. Juan Dal Maso tiene razón cuando dice que Gramsci no fue un stalinista. Juan Dal Maso tiene razón al decir que Gramsci no era un stalinista entusiasta (aunque Tresso exageró el valor de su crítica al método stalinista). Tiene igualmente razón cuando atribuye a Hajek, Laclau y Mouffe la confusión esencial entre el frente único proletario de principios de los años veinte y el frente popular de mediados de los treinta. Pero hay que reconocer que Gramsci ha contribuido a la producción de esta confusión. Y que poco a poco el propio Trotsky, en su generoso, objetivamente casi desesperado intento de encontrar los medios para revertir el ruinoso curso del movimiento obrero comunista, ha ido esbozando una política de frentes cada vez más alejada de la política originaria de la Tercera Internacional.

Ambos, cada uno a su manera, trataron de idear una estrategia para contener la fuerza desbordante de la contrarrevolución capitalista internacional (de la cual el stalinismo ha sido parte integral), la contrarrevolución que romperá materialmente sus vidas. El esfuerzo titánico realizado en las condiciones más adversas sin duda los une e incluso los une como grandes figuras trágicas del movimiento proletario, dignas de admiración y estudio (sin embargo, más allá de los mitos).

Pero, y este es un segundo punto de la obra de Dal Maso que me gustaría plantear en forma de pregunta: ¿estamos realmente seguros de que en la dura situación histórica, completamente nueva, en la que estamos inmersos, el pensamiento estratégico de Gramsci puede ser de gran ayuda, incluso una "referencia obligada para la reflexión sobre la potencialidad y perspectivas de la teoría marxista"? Un formidable proceso de concentración-centralización del capital a escala mundial ha puesto en crisis radicalmente la categoría de nación, que es tan importante en su pensamiento. En todos los países occidentales hay un vasto proceso de proletarización que ha vaciado la "cuestión campesina" a la que Gramsci prestaba tanta atención, e incluso en los países dominados del Sur del mundo la verdadera dominación del capital de los agronegocios ha tenido el efecto de transformar radicalmente los términos sociales de la cuestión agrícola. Y en cuanto al movimiento proletario, especialmente en los países imperialistas, estamos ahora en la disolución de su vieja estructura de movimiento obrero reformista, y ante la perspectiva de su renacimiento del abismo en el que ha caído, ya no se trata de preservar las grandes fuerzas acumuladas en el gran ciclo revolucionario de principios del siglo XX en una complicada "guerra de posiciones" ante el surgimiento del nazi-fascismo. En cambio, se trata de volver a acumularlas desde cero, o casi, de reconquistar una autonomía de clase completamente perdida en contextos de democracia o semidemocracia formal (cada vez más autoritaria, desde luego, pero distinta del fascismo, y más insidiosa que aquel), aun cuando los signos del ciclo histórico pasado del movimiento de clase hayan permanecido vivos. Por no mencionar el abrumador surgimiento de la urgencia de enfrentar el inminente desastre ecológico, o el igualmente poderoso surgimiento del movimiento de lucha de las mujeres, temas con los que, por razones más o menos obvias, Gramsci no se ha enfrentado.

Además, es el propio Dal Maso quien señala, de acuerdo con Liguori, que la fuerte recuperación de Gramsci en los últimos tiempos ha tomado tres formas distintas: "culturalistas (asociadas en líneas generales al mundo anglófono), políticas (asociadas con América Latina) y filológicas (estudios gramscianos que se realizan esencialmente en el ámbito de las universidades italianas y orientados por la International Gramscian Society) [El marxismo de Gramsci, p. 32]. Ahora bien, la primera y la tercera de estas formas son ajenas al marxismo y a la lucha de clases del proletariado, de hecho, a menudo –además de tener vida solo en academias universitarias– son abiertamente polémicas con el "marxismo clásico", utilizan un Gramsci vaciado de toda tensión revolucionaria para acreditar nuevas e inconsistentes teorías sociales y culturalistas. La recuperación política de la hegemonía teórica de Gramsci como teórico de la hegemonía en América Latina permanece, sin embargo, ligada a experiencias efectivas de lucha de clases, de las cuales la obra de Juan Dal Maso es una parte importante. De esta recuperación específica, que difiere claramente de las demás, de su función en la muy viva lucha de clases que ha sacudido a los países de América Latina durante más de veinte años, no puedo, aquí, hablar con suficiente conocimiento de causa.

Traducción: Federico Roth

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Pietro Basso

Sociólogo especializado en el proceso de las migraciones internacionales, investigador de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia (Italia) e integrante de la redacción de Cuneo Rosso.
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