Géneros y Sexualidades

DERECHO AL ABORTO

Interrupción voluntaria del embarazo: ¿un problema de salud mental?

Aborto y salud mental. ¿Un trauma en sí mismo o consecuencia de su prohibición, clandestinidad y los discursos estigmatizantes?

Melina Michniuk

Lic. en Psicología. Concurrente en el Hospital Piñero.

Jueves 30 de junio de 2016

La psicopatologización del aborto

En los últimos años, dentro de la comunidad científica (Rue-Speckhard, 1992, Ney-Wickett, 1997,Cassadei, 1996, Ney, 1989, entre otros) se abrió una línea de trabajo que cataloga la existencia de consecuencias psicológicas del aborto en la mujer y reúne sus síntomas bajo las siglas PAS, originarias del inglés y que remiten al Síndrome Post-Aborto (Post Abortion Syndrome).

El principal síntoma identificado refiere al sentimiento de culpa, al que se suman diversos trastornos emocionales/afectivos, de la comunicación/relacionales, de la alimentación, del pensamientos, trastornos neurovegetativos, de la esfera sexual, del sueño y trastornos fóbico-obsesivos.

Ahora bien, la mayoría de las explicaciones tienden a escindir al sujeto de la sociedad en la que se produce el fenómeno estudiado, y plantean que la aparición de estos síntomas dependen, principalmente, de características psíquicas individuales (estructura psíquica de base – neurosis, psicosis, perversión -, fortaleza yoica, etc.), ligadas al desarrollo de la personalidad; dándole un fuerte componente traumático a la práctica en sí misma.

Se cristaliza así una conceptualización del aborto que se suma a legitimar desde los discursos de la salud mental y lo psicopatológico su prohibición, mientras nada se dice de las condiciones de clandestinidad en la que el aborto efectivamente se practica (en nuestro país, los últimos datos conocidos por el ministerio de salud informan que se realizan alrededor de 500mil abortos por año) y a las que cientos de mujeres son empujadas en distintos lugares del mundo, y que permitirían pensar esta problemática desde otro lugar.

La clandestinidad y sus efectos

Si dejamos de lado esa visión antinómica y pensamos al ser humano como un ser social, es pertinente pensar que la subjetividad de cualquier persona se constituye en situación, es decir, en base a sus condiciones materiales de existencia, el momento histórico en que vive, su clase social, su género, prácticas sociales y los significados a ellas atribuidos. Desde esta lógica, la interrupción voluntaria del embarazo configura efectos subjetivos en las mujeres cuyas consecuencias no responden necesariamente a la práctica en sí, sino a la condición de legalidad o ilegalidad del aborto, los discursos socialmente construidos en torno al mismo y los roles de género atribuidos a las mujeres (principalmente, el efecto de la ecuación Mujer=Madre).

Cuando el Estado garantiza el acceso al aborto legal, seguro y gratuito suceden dos cosas principalmente: se elimina el aborto como una de las principales causas de mortalidad “materno-infantil”, ya que las mujeres pueden realizarse dicha práctica en condiciones de seguridad clínica sin poner en riesgo sus vidas; a la vez que se evitan las implicancias emocionales y morales negativas ligadas al estigma de la prohibición y la clandestinidad. No es lo mismo el peso que tiene socialmente y en la construcción de la subjetividad de las mujeres hablar, por ejemplo, de “regular la menstruación” (como se denomina el procedimiento en Cuba) y pensar el aborto como el derecho a la autonomía para decidir sobre el propio cuerpo (que implica cuándo, cómo y con quien ser madre – si se lo desea-); que si se pone el acento en la idea de maternidad como aquello que define a una mujer y en el aborto como un “pecado” que requiere la excomunión porque que implicaría “matar una vida”, tal como caracteriza esta práctica la Iglesia católica con el Papa Francisco en primera lína, y varios funcionarios políticos del actual y pasado gobierno que se negaron sistemáticamente a aprobar el proyecto de Ley presentado por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto en más de cinco ocasiones.

Desde los inicios del psicoanálisis se ha trabajado sobre los efectos subjetivos negativos que implican el tabú, el secreto, lo no-dicho para un sujeto. ¿Cómo influye entonces en la salud mental de una mujer el hecho de que para realizarse hoy un aborto en la Argentina tiene que hacerlo en la clandestinidad como si fuera una delincuente?¿Cómo influye el hecho de que no pueda comentarlo libremente con amigos, conocidos, familiares por temor a lo qué se pensará de ella, perpetuando el secreto? O para hacerlo aún más concreto, para Belén, la chica tucumana denunciada por su equipo de Salud y condenada a 8 años de prisión, ¿lo traumático fue el aborto espontáneo que sufrió o la violencia institucional a la que fue sometida por ello?

Cuestionando la práctica

Entender la complejidad de esta problemática permite a los profesionales de la salud mental evitar caer en posicionamientos que rápidamente tiendan a psicopatologizar cuestiones cuyas causas responden a variables que van más allá del aparato psíquico individual y que podrían ser fácilmente resueltas si se pusiera el acento en la exigencia de políticas públicas acordes. Permite, además, evitar reproducir en la práctica profesional la desigualdad de género; y por el otro, plantear en el centro del abordaje, la necesidad de un cuestionamiento más profundo de la sociedad de clase, heteronormativa y patriarcal en que vivimos.






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