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La reforma energética profundizará la devastación ambiental

El 23 de septiembre tuvo lugar la Cumbre del Clima 2014, con representantes de 73 países y de organismos internacionales como el Banco Mundial. Allí el mandatario mexicano afirmó que “en México la atención al cambio climático es un compromiso de Estado”, al tiempo que reivindicó que con la reforma energética se estimulará la producción de gas natural para reemplazará el consumo de combustóleos.

Bárbara Funes

México D.F |

Viernes 26 de septiembre de 2014

Fotografía: EFE

En esta Cumbre se propuso extender el uso de las energías renovables y reducir la emisión de gases contaminantes. Se dieron a conocer una serie de declaraciones y compromisos no vinculantes, en los hechos letra muerta tanto para los gobiernos como para las trasnacionales que participaron de la Cumbre.

Entrega y devastación

Según denuncia Greenpeace la reforma energética –la apertura de la explotación del petróleo, el gas natural y la electricidad a la inversión privada– traerá como consecuencia un grave retroceso ambiental, en el marco de que aun están pendientes de aprobarse tres reformas más: la del campo, la de aguas nacionales y el denominado “paquete verde” relacionado con los cambios energéticos.

Se estima que alrededor de 70% de los ríos que recorren México están contaminados –el ejemplo más reciente es el río Sonora, con el derrame tóxico ocasionado por Grupo México–; cada año se deforestan alrededor de 480 mil hectáreas de bosques, y los agroindustriales reciben 92% de los incentivos al campo.

Así, las reformas estructurales votadas en la gestión de Peña Nieto entregan los recursos del país a las grandes trasnacionales, que tendrán la libertad de practicar la fracturación hidraúlica sin preocuparse por dejar a regiones enteras convertidas en páramos luego de extraer los recursos energéticos. Parece repetirse la misma dinámica que en la época colonial, cuando la corona española saqueó toda América, llevándose en particular los metales preciosos.

La voracidad capitalista

El sistema capitalista, basado en la explotación y opresión de la mayoría de la población mundial a manos de un puñado de grandes empresarios, como el magnate Carlos Slim, no tiene dilemas morales que le impidan el lucro y la obtención de ganancias.

En sus orígenes –con jornadas de trabajo extenuantes, de más de 12 horas– transformó a los trabajadores en meros apéndices de las máquinas, sin derecho a la salud ni al esparcimiento.

Hoy la precarización de las condiciones de trabajo golpea a la clase obrera: en países como México la jornada laboral de 8 horas es apenas un recuerdo. Con un salario mínimo cada vez más lejos de la canasta básica, ni siquiera existe el derecho a la alimentación.

Pero la deshumanización de los trabajadores no les alcanza a los empresarios: para mantener su nivel de ganancias recurren a la destrucción del medio ambiente, con técnicas productivas que contaminan el agua y los ecosistemas del planeta, como las mineras, y la industria papelera. Viven para el presente: para sus vidas ostentosas, mientras millones de personas pasan hambre.

Los socialistas sostenemos que las grandes corporaciones nunca cambiarán estas prácticas, que son la base de sus ganancias, por acuerdos internacionales que no obligan a los estados capitalistas a cumplirlos. Pero los trabajadores pueden reorganizar los procesos productivos de manera racional, utilizando los más avanzados y mejores descubrimientos científicos de nuestra época, para que no contaminen el medio ambiente, y ponerlos al servicio de toda la sociedad.






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