Cultura

NEUQUEN // ESPACIO ABIERTO

Literatura patagónica o de resistencia

Jueves 9 de octubre de 2014

Hace unos días me topé con una foto entre las noticias de mi facebook. La foto era un chiste tomado de la página “Me lo contó un porteño”, un chiste que no es necesario reproducir pero que me condujo a plantearme lo siguiente: ¿Es posible pensar la práctica literaria en la Patagonia como una praxis política? Para comenzar a tratar de dar respuesta a esta pregunta tomemos el caso del pueblo mapuce huilliche. Ellos, han sufrido una doble desterritorialización –desde la conceptualización de Deleuze y Guattari (1975)-, primero geográfica, cercándolos a un área determinada y luego lingüística, tal es que, en estos tiempos, su lengua madre es el español y no el mapudungún. Aún así siempre hay personas que luchan en contra del poder, como Liliana Ancalao (1961) que, para aquellos que no han oído o leído sobre ella, les aclaro que es poeta, escritora y educadora nacida en Comodoro Rivadavia. Liliana es mapuce y se propuso llevar a cabo un ejercicio de reterritorialización triple de su cultura: por un lado aprendiendo y enseñando mapudungún y llevándolo a su poesía y, por el otro, haciendo memoria sobre el sufrimiento de su pueblo en su poética. Como Liliana hay muchos poetas mapuce desperdigados a lo largo y ancho de la Patagonia intentado cambiar la historia ‘oficial’. Quizás todos hayan visto la posibilidad materializada en la poesía del vecino Elicura Chihuailaf.

Pero en esta vasta zona hay quienes no pertenecemos a ningún pueblo ancestral pero no por ello dejamos de ser patagónicos, como Hector Kalamicoy (1978) o Raúl Mansilla (1959). Ambos poetas se han tomado el trabajo de hacer una poesía distinta del sur, una poesía a contrapelo. En ella no sólo denuncian injusticias sociales sino que también rompen con la típica imagen turística o mirada de viajero inglés que se tiene sobre estos lares. La de ellos es también una poesía anticanónica, con recurrentes imprecaciones violentas y por demás coloquial. Una poesía que se opone a la establecida por los arquitectos de la literatura, una poesía sin miedos.

Hay elementos que compartimos como sureños: el clima, el viento que se nos mete hasta en aquellos lugares en donde el Sol nunca nos da, el paisaje, los modos de hablar. Estos y tantos otros sirven como unificadores para construir una identidad sureña que nos caracteriza, una identidad que se manifiesta como una praxis política a través de “la afirmación y reivindicación, que a su vez opera como un dispositivo ideológico de resistencia” (Mansilla Torres, 2006). ¿A qué resistimos? Resistimos al poder de la capital, al canon, al rútulo de ‘interior’. En esta microlucha nuestra arma es la palabra, libre, siempre nueva y transculturalizada, una palabra que actualiza y rellena silencios. Ella nos permite reconfigurar nuestras experiencias al problematizar nuestra identidad.

Todo lo expresado hasta aquí no es más que un minúsculo reflejo de los juegos de poder que se esconden detrás del chiste al que hice alusión en un principio. ¿Cuándo será el tiempo en que tracemos puentes con la Capital? Creo que cuando dejemos de ser ‘el interior’, el desierto, en donde caminamos entre pingüinos y comemos ballenas. Parece que nos victimizamos pero nunca está de más decir que esto que hoy llamamos Patagonia es parte de la Argentina, que acá siempre vivió gente. ¡Vamos, che! ya es hora de ir aflojando, de ambos lados.






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