Política México

TRANSICIÓN 2018

Los empresarios ante López Obrador: de la desconfianza al apoyo

De pasar a convocar a sus trabajadores a que no votaran con enojo y que no eligieran al líder de la coalición Juntos Haremos Historia (Morena, Partido Encuentro Social y Partido del Trabajo) ahora manifiestan públicamente en un video su compromiso de apoyar al virtual presidente electo.

Bárbara Funes

México D.F |

Jueves 5 de julio | 16:33

Este miércoles 4 de julio los empresarios agrupados en el Consejo Coordinador Empresarial se reunieron con Andrés Manuel López Obrador. Ahora difunden un video donde expresan su compromiso de apoyar su gestión.

"México ya decidió, el principal mensaje es que el país quiere vivir en paz", afirma Daniel Servitje, el director de la trasnacional Bimbo. "[El país] quiere acabar con la corrupción", añade luego Eduardo Tricio, el presidente del gigante Lala, de la industria láctea. "Los empresarios seguiremos invirtiendo en México", afirma Mariasun Aramburuzabala, miembro de los consejos directivos de varias empresas, como Grupo Modelo (industria cervecera), Banamex-Citigroup (banca y finanzas) y Aeroméxico, entre otras. “México votó por el cambio (...) los empresarios reconocemos y respetamos su triunfo”, asevera Alejandro Ramírez, directivo de la cadena de cines Cinépolis, parte del grupo de empresas de Carlos Slim, uno de los principales magnates del mundo.

Luego de la reunión, los grandes empresarios que habían apoyado abiertamente la candidatura de José Antonio Meade, del PRI, uno de los principales perdedores de la contienda electoral, plantean un clima de "entendimiento y confianza”.

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Por su parte, Andrés Manuel López Obrador pasó de afirmar que los grandes empresarios eran “traficantes de influencias y minoría rapaz”, debido a sus millonarios contratos con el gobierno de Enrique Peña Nieto a la reconciliación que propuso durante su campaña electoral, a pesar de algunos momentos de rispidez.

En mayo pasado, Alberto Baillères, conocido como "el rey de la plata" y tercer hombre más rico de México, pidió a sus trabajadores que votasen por el candidato que tuviera más posibilidades de derrotar al puntero en las encuestas. Vino luego el roce con los inversores por la propuesta de López Obrador de cancelar las obras del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM) y construirlo en el aeropuerto militar de Santa Lucía, junto a la remodelación del actual que está en operaciones.

Ya un mes antes de los comicios López Obrador cambió de propuesta y habló de concesionar las obras. Atrás habían quedado los cuestionamientos respecto a los problemas del suelo, a los contratos con las grandes constructoras.

"Apoyemos al nuevo Gobierno y trabajemos juntos con él", refrenda Claudio X. González, director de la papelera Kimberly Clark, opositor antes al hoy virtual presidente, quien antes lo señalaba a su vez como miembro de la "mafia en el poder".

“Todos queremos que al nuevo Gobierno le vaya bien”, sostiene José Antonio Fernández, de Femsa, la gigante embotelladora de Coca Cola.

Desde su virtual triunfo –que debe ser ratificado oficialmente por las autoridades electorales- López Obrador ha iniciado su campaña de “reconciliación nacional”. Lo hizo en su conversación telefónica con Trump, en su encuentro con Peña Nieto, en su reunión con los empresarios.

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Las contradicciones de la reconciliación nacional

En el primer debate presidencial, López Obrador había planteado que busca gobernar para los pobres… y para los ricos. Pero son los empresarios (“los ricos”) los responsables de la terrible situación en la que están las grandes mayorías (“los pobres”).

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Veamos. Los propietarios y directivos de las fábricas, de las minas, de las empresas de servicios (como Baillères, Servitje, Carlos X. González) producen sólo aquello que consideran que les dejará mayores ganancias y para esto buscan mil y un mecanismos para incrementar la explotación de sus trabajadores.

Son quienes aplaudieron la legalización de la subcontratación (outsourcing), votada a fin del gobierno de Felipe Calderón, que les permite no pagar aportes patronales ni seguridad social, imponer contratos temporales, pago por honorarios, extender al máximo la jornada laboral bajo la amenaza de que quien se niegue es reemplazable por cualquier persona que esté buscando trabajo.

Como planteamos acá, estos empresarios se benefician con la degradación de las condiciones laborales de hombres, mujeres, jóvenes y hasta niños. Les pagan a la mayoría magros salarios, que apenas alcanzan para malvivir. Son los más bajos de los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

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En esos salarios –que cada vez tienen menos poder adquisitivo– se manifiesta el valor de su fuerza de trabajo. Los empresarios (todos, sin excepción) para poner en marcha sus plantas industriales, sus comercios, los servicios, contratan la fuerza de trabajo de hombres, mujeres, niñas y niños.

Y lo que producen los trabajadores, bienes y servicios, al realizarse la venta genera un valor monetario muy superior a los salarios. Es decir, hay un trabajo que no se paga a quienes laboran y son los verdaderos y únicos productores de la riqueza. Eso es la plusvalía, trabajo impago, que los empresarios roban legal y sistemáticamente a sus empleados. ¿No es eso riqueza mal habida?

Al contrario de lo que plantea López Obrador, los intereses de los empresarios, que ponen su riqueza por encima del bienestar de la mayoría de la sociedad –recordemos a los empresarios de constructoras e inmobiliarias que edifican viviendas y escuelas con materiales de mala calidad que las hacen vulnerables ante los sismos– no se pueden conciliar con los intereses de las mayorías.

La creciente moderación de López Obrador, su mano tendida hacia los grandes empresarios, su propuesta de diálogo y respeto con Donald Trump, resultan contradictorios con las legítimas y justas aspiraciones y las ilusiones que su figura y sus promesas de campaña generaron en amplios sectores de trabajadores, mujeres y jóvenes.

Terminar con los agravios que viven en carne propia los de abajo –entre ellos la creciente degradación de las condiciones de vida y de trabajo, como los bajos salarios y la subcontratación– no puede lograrse con la “reconciliación nacional”, una utopía reaccionaria en la que sean compatibles los intereses de las trasnacionales, los empresarios y la clase trabajadora (¿y qué otra es “gobernar para los pobres y los ricos”?). No puede terminar de la mano de los poderosos, ni de la mano de políticos y funcionarios que vienen del PRI, del PAN, del PRD, y que se han sumado a la campaña de López Obrador.

Para de verdad terminar con las reformas estructurales –la educativa, la energética, la laboral– es necesario enfrentar los intereses de los capitalistas y del imperialismo estadounidense. Una tarea que sólo pueden llevar a cabo la clase trabajadora y los sectores populares, con la movilización en las calles y métodos como el paro y la huelga.

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