Sociedad

Mi tío Coco

Patricio Leone

Lic. en Psicología y docente - Director de Diafos y creador del grupo "Psicólogas y Psicólogos en Argentina"

Martes 16 de septiembre de 2014

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Mi tío Coco era un tipo bastante singular.

No voy a decir malo, o perverso, porque no alcanzaba esos estándares, pero sí prejuicioso, áspero y bastante descalificador.

Cuando me recibí, hice una reunión en casa. En un momento se me acerca, con esa sonrisa tan suya que nunca auguraba nada bueno, y me dice:

–¿Qué mierda estudiaste? ¿Para qué te va a servir? Vos tenés que hacer como Beti, que estudia para Contadora. ¡Eso es una Carrera! ¡Lo tuyo es cualquier cosa!

–No sé, Tío –alcancé a decirle, perplejo– A mí me gusta.

Hizo un gesto despectivo con la mano, se dio media vuelta, y volvió a incorporarse a la reunión.

Mi tío Coco era Tornero, hijo de Gallegos, tenía una Carpintería en la que se amasijaba todo el día.

Si tenía algún problema, se lo guardaba. De última, se iba a jugar a las Bochas al Club, se tomaba una Hesperidina, y eso lo despejaba. Ir al Psicólogo era algo que no entraba en su angosta cosmovisión.

No creía en la Psicología.

Los que iban al Psicólogo iban a tirar la plata, a perder el tiempo, o eran putos.

El menemismo lo destruyó. Su trabajo en la Carpintería fue mermando y, sumado a la muerte de sus Padres, y a una sucesión mal encarada, terminó endeudado hasta la ruina, alejado de sus Hermanas, y comenzó su debacle. Se volvió taciturno, hosco, silencioso. Una sombra.

Una noche, mi Tía, en medio del sueño, escuchó unos ruidos en el patio. Tanteó la cama, y vio que mi Tío no estaba. Abrió la persiana con un presagio urgente, y lo vio, arrodillado, en calzoncillos, llorando un llanto quieto, con su revólver apoyado en la sien.

El grito de mi Tía trajo a mi Primo a la escena y, entre ambos, lograron convencerlo de que no lo hiciera.

Al día siguiente, me llamaron, y Marcela, mi Mujer, que trabajaba en Hospital, y tenía algunos contactos, logró que lo internaran en el Alvear. Ella estuvo muy presente en aquel proceso. Mi Tío la quiso mucho, tanto como la valoró, creo que más que a mí, aunque esa medida sea más bien exigua.

Diagnóstico: Depresión.

Fue un proceso largo y pedregoso. Cuando salió, restablecido, consiguió un trabajo, y organizó nuevamente su vida.

Mi Tío Coco ya falleció, pero me guardo a fuego las palabras que me dijo, calado en lágrimas, avergonzado, cuando se recuperó:

–¿Qué cosa, no? Pensar lo que te dije cuando te recibiste, y resulta que Marcelita y los Psicólogos me salvaron la vida.

Y–a está, Tío, ya está –le dije, palmeándole un brazo– lo importante es que estás bien.

Cuando alguien me dice, con sorna y superioridad, que la Psicología no sirve, o que no cree en esas cosas, siempre me acuerdo de mi Tío Coco.

Y no puedo evitar sonreír.






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