Sociedad

LATIDOS PORTEÑOS 3

Ni el loco de la calesita

Viernes 19 de septiembre de 2014

En una plaza de Monte Castro dos hombres construyeron una calesita. Parece mentira que todavía se construyan calesitas. Imagino que debe ser la última. Cada día me acerqué a comprobar ese hecho único, el simulacro final de una historia que se desmaya, que no puede más. La infancia ha cambiado en la ciudad, se quedó sin calle, con pocas plazas, ya no hay potrero, ni fulbito en la esquina.

Los pibes andan de paso por la calle. Los dos hombres, uno cincuentón, el otro más joven, trabajaron con el ánimo por las nubes y sólo tuvieron el apoyo de los pocos chicos que se acercaban a mirar. Eran muy chicos los intrigados. Iban casi siempre de la mano de un mayor. ¿Dónde están los de más de 6 años, eh? No grite que ya sé que se quedan jugando a la play mil, o están en el face, o descubriendo nuevos jueguitos en la compu.

Hace unos días, a los hombres les llegaron los caballos; ya había un burrito, un elefante y un pato, a los que les quitaron con esfuerzos la envoltura para pararlos en la cruda intemperie de una calesita a medias. Mucho tiempo estuvo en el suelo, boca abajo, como no queriendo ver, un muñeco pintado de azul y blanco.

Un autito de cuatro volantes había sido el primero en poner primera rumbo al carrousel. A los caballos, unos más briosos que otros, unos marrones, otros negros y un par celestes –a quién se le ocurre- los lustraron como si lustraran el alma de un dios, el pelo de una amante, el corazón del último soldado. Los hombres no pararon ni con la lluvia, rodeados de barro y colocando unos sobre otros los pesados grises bloques de cemento, como si estuviesen pergeñando un pequeño templo sagrado.

Es que la calesita, cuando empezaron a fabricarse en el país, allá por la década del ’40, era el lugar de encuentro de la familia y el barrio, que veía a los chicos crecer mientras los grandes se contaban sus realidades sentados en los bancos, con risa de ocasión cada vez que el niño pasaba otra vez. Durante la dictadura, como tantas otras cosas, la calesita se empezó a marchitar. Cada vez la gente salía menos y la vida empezaba a mirarse a través de la mirilla.

Hoy la ciudad grita por las calles con auto sobre auto, colectivos y camiones pero ellos, los dos hombres, ni se enteraron. Colocaron los espejos con figuras de Disney algo desteñidas, porque siempre se notó que no iba a ser lujosa la calesita, ni va a tener sortija porque no hay un poste cerca de la boletería. No vale una calesita sin sortija, pero me parece que los hombres saben que sólo van a estar chiquitos a upa viendo de repente girar la vida, y no ágiles pibes retorcidos como víboras con las dos manos libres para atraparla, y así dar la siguiente vuelta gratis.

Da la impresión, nomás, que esta calesita será la última. Ayer abrieron por primera vez, como un ensayo. A cinco pesos la mitad del disco, y arriba de un muñeco, seis. Yo espiaba ansioso. Pasaba el rato y no subía nadie. ¿Hay algo más tenebroso que una calesita girando vacía? Finalmente el hombre mayor tuvo una idea. A la mañana siguiente me despertó: desde un megáfono gritaba “abrió la calesita, vengan chicos”, “abrió la calesita, hoy no se cobra la primera vuelta”, “¡abrió la calesita…!”. A las dos horas fui a ver y me animé: “¿Y? ¿Vinieron los chicos?” “Pocos –entristecía el hombre- y ninguno dio más de una vuelta…”






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