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ECOLOGÍA POLÍTICA

¿Qué es el desarrollo sostenible?

El concepto, extendido desde 1987, enfatiza la necesidad de sostener condiciones económicas y ambientales que posibiliten la reproducción humana. Pero su uso esconde desacuerdos fundamentales para su aplicación práctica.

Roberto Andrés

Periodista | Editor de la sección Ecología y medioambiente | [email protected]

Lunes 24 de agosto | 12:00

El desarrollo sostenible, que también ha sido traducido al castellano como desarrollo sustentable o desarrollo duradero (aunque su inglés original es sustainable development), es un concepto acuñado en 1987 por la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo de la ONU a través del informe Nuestro futuro común (conocido más popularmente como Informe Brundtland).

En dicho informe se le define como “el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”. Sin embargo, la generalidad de la definición ha llevado a la apropiación y críticas del concepto por las mas variadas teorías económicas, escondiendo así desacuerdos fundamentales en su aplicación práctica.

Origen del concepto, límites y críticas a su aplicación

En 1983 el secretario general de las Naciones Unidas Javier Pérez de Cuéllar (dicho sea de paso, el único de origen latinoamericano en ocupar este puesto), invitó a Gro Harlem Brundtland, primera ministra de Noruega y exministra de Medioambiente de este país, a presidir la recientemente creada Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, cuyo objetivo, entre otros, era el de “proponer estrategias ambientales a largo plazo para lograr un desarrollo que dure hasta el año 2000 y más adelante”.

Gro Harlem Brundtland, primera ministra de Noruega y exministra de Medioambiente de ese país.
Gro Harlem Brundtland, primera ministra de Noruega y exministra de Medioambiente de ese país.

La “Comisión Brundltand” estuvo integrada por representantes de veintiún naciones: Argelia, Brasil, Canadá, China, Colombia, Guyana, Hungría, India, Indonesia, Italia, Costa de Marfil, Japón, Nigeria, Noruega, Arabia Saudita, Unión Soviética, Sudán, Estados Unidos, Alemania Occidental, Yugoslavia y Zimbabwe.

Luego de una serie de reuniones públicas en todo el mundo, pidiendo observaciones y declaraciones de dirigentes oficiales, científicos y expertos, ONG y del público en general, en abril de 1987 la Comisión presentó su informe Nuestro futuro común. Ya en su primer capítulo, titulado “Un futuro amenazado”, la Comisión declara:

“Todos dependemos de una biósfera para mantenernos en vida. Sin embargo, cada comunidad, cada país lucha por sobrevivir y prosperar sin preocuparse de los efectos que causa en los demás. Algunos consumen los recursos de la Tierra a un ritmo con el que poco dejarán para las generaciones futuras. Otros, mucho más numerosos, consumen demasiado poco y arrastran una vida de hambre y miseria, enfermedad y muerte prematura”.

En este sentido, “el desarrollo sostenible es el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades. Encierra en sí dos conceptos fundamentales: el concepto de ‘necesidades’, en particular las necesidades esenciales de los pobres, a las que se debería otorgar prioridad preponderante, y la idea de limitaciones impuestas por la capacidad del medioambiente para satisfacer las necesidades presentes y futuras”.

Gracias al trabajo de esta comisión, la Asamblea General de la ONU convocó a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (UNCED), que pasó a la historia como la Cumbre de Río, celebrada en Río de Janeiro, Brasil, entre el 3 y el 14 de junio de 1992.

Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (UNCED) celebrada en Río de Janeiro, Brasil, en 1992.
Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (UNCED) celebrada en Río de Janeiro, Brasil, en 1992.

El objetivo de la cumbre era “elaborar estrategias y medidas para retener e invertir los efectos de la degradación del medioambiente en el contexto de la intensificación de esfuerzos nacionales e internacionales hechos para promover un desarrollo sostenible y ambientalmente racional en todos los países”.

Repercusión en la prensa por intervención de Fidel Castro en Cumbre de Río. “Hay una especie en peligro de extinción: el hombre”.
Repercusión en la prensa por intervención de Fidel Castro en Cumbre de Río. “Hay una especie en peligro de extinción: el hombre”.

Sin embargo, un límite muy importante de la definición de desarrollo sostenible es que su generalidad otorga tal grado de flexibilidad que el concepto puede ser apropiado por las más variadas teorías económicas. La propia Comisión Brundtland reconoce:

“Los objetivos del desarrollo económico y social se deben definir desde el punto de vista de la durabilidad en todos los países, ya sean desarrollados o en desarrollo, de economía de mercado o de planificación centralizada”. Es decir, “las interpretaciones pueden variar”, aunque “deben compartir ciertas características generales y resultar de un consenso sobre el concepto básico de desarrollo sostenible y sobre un marco estratégico amplio para lograrlo”.

Esto ha hecho del concepto de desarrollo sostenible blanco de críticas desde las posiciones más variadas. Para el liberal Terry Anderson, ideólogo de la ecología de mercado, la propuesta del desarrollo sostenible es un pretexto más para la intervención estatal, un “celo regulatorio impulsado por el temor al calentamiento global y la pérdida de biodiversidad”.

Terry Anderson, teórico de la ecología de mercado y autor de Free Market Environmentalism.
Terry Anderson, teórico de la ecología de mercado y autor de Free Market Environmentalism.

“El desarrollo sostenible”, señala Anderson en Free Market Environmentalism, “tal como lo propugnan los economistas ecológicos de hoy, es un vestigio de las décadas de 1960 y 1970, cuando los economistas luchaban con modelos económicos de crecimiento cero y de estado estacionario (…) Lograr lo que solía llamarse una ‘economía de estado estacionario’, ahora desarrollo sostenible, requiere controles políticos estrictos que equilibren cuidadosamente el consumo de productos, el uso de energía y los desechos”.

Por otra parte, para el ecosocialista John Bellamy Foster, en The Ecological Rift, el desarrollo sostenible, “aunque es un concepto esencial en el contexto de la creciente crisis ecológica en la medida en que enfatiza la necesidad de la sostenibilidad ecológica, a menudo se ha utilizado como una categoría para reforzar la necesidad de sostener el crecimiento económico”.

Sin embargo, “la noción de que la producción económica, en general, bajo el sistema actual puede expandirse continuamente sin desperdicio ecológico y degradación (la hipótesis de la desmaterialización) va en contra de las leyes básicas de la física”.

John Bellamy Foster, editor de la revista de izquierda Monthly Review y autor de La Ecología de Marx.
John Bellamy Foster, editor de la revista de izquierda Monthly Review y autor de La Ecología de Marx.

En septiembre pasado, la socióloga Maristella Svampa señaló en diálogo con La Izquierda Diario: “Hay que reflexionar sobre los avatares que ha tenido la categoría ‘desarrollo sustentable’. Si en los años 80 y 90 surgió en el panorama internacional una cara muy positiva, muy disruptiva, de la mano de movimientos ecologistas, rápidamente esta noción fue apropiada por los grandes lobbys empresariales, por el establishment, y en ese sentido sufrió un problema de desgaste y de vaciamiento”.

Maristella Svampa, socióloga, coautora de Maldesarrollo: la Argentina del extractivismo y el despojo.
Maristella Svampa, socióloga, coautora de Maldesarrollo: la Argentina del extractivismo y el despojo.

Para el teórico decrecionista Serge Latouche, el desarrollo sostenible “no es más que un eslogan”. En una entrevista para La Marea 31, Latouche dijo: “Fue inventado por criminales de cuello blanco, entre ellos Stephan Schmidheiny, millonario suizo que fundó el Consejo Mundial para el Desarrollo Sostenible, el mayor lobby industrial de empresas contaminantes, y que fue acusado del homicidio de miles de obreros en una de sus fábricas de amianto”.

Serge Latouche, teórico del decrecionismo y autor de Farewell to Growth.
Serge Latouche, teórico del decrecionismo y autor de Farewell to Growth.

“También su amigo Maurice Frederick Strong, un gran empresario del sector minero y petrolero que, paradójicamente, fue el secretario general de la Conferencia de Naciones Unidas para el Medio Humano, donde se abrió la reflexión para que 20 años más tarde, en la Cumbre de la Tierra de Río 92, se presentase oficialmente el término desarrollo sostenible”, agregó.

Efectivamente, la Conferencia de Estocolmo de 1970 estuvo presidida por Maurice Strong, un empresario canadiense petrolero y minero, presidente de Power Corporation of Canada hasta 1966, director ejecutivo de Petro-Canadá de 1976 a 1978 y director de Ontario Hydro, una de las empresas eléctricas más grandes de América del Norte.

Maurice Strong, magnate petrolero y minero canadiense, en la Conferencia de Estocolmo de 1970.
Maurice Strong, magnate petrolero y minero canadiense, en la Conferencia de Estocolmo de 1970.

Pero Strong también fue diplomático de carrera, nada menos que en asuntos ambientales. Además de presidir la Conferencia de Estocolmo, Strong también fue el primer director ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente en 1972, y en 1986 integró la comisión presidida por Gro Harlem Brundtland.

Por su parte, Stephan Schmidheiny, cuyo patrimonio Forbes estima hoy en $ 2.3 mil millones de dólares neto, ha promovido el “desarrollo sostenible” en América Latina a través de varias ONG tales como FUNDES, AVINA, MarViva, VivaTrust y VIVA Idea. Participó activamente en las preparaciones de la Cumbre de la Tierra de Río, ya que con ocasión de una conferencia en Noruega en 1990 conoció a Strong, quien lo nombró su asesor jefe para negocios e industria. En Río, Schmidheiny planteó la posibilidad de que las empresas pueden combinar la protección del medio ambiente con el crecimiento económico.

Stephan Schmidheiny, creador del Consejo Empresarial para el Desarrollo Sostenible. En esta imagen promocional de sus ideas dice: “Los negocios le hacen bien al desarrollo sostenible y el desarrollo sostenible le hace bien a los negocios”.
Stephan Schmidheiny, creador del Consejo Empresarial para el Desarrollo Sostenible. En esta imagen promocional de sus ideas dice: “Los negocios le hacen bien al desarrollo sostenible y el desarrollo sostenible le hace bien a los negocios”.

Así fue como Schmidheiny decidió crear un Consejo Empresarial para el Desarrollo Sostenible, reclutando a 50 líderes de diferentes industrias y regiones (convirtiéndose en Consejo Mundial en 1995) para luego ser convocado en 1997 por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) como asesor para “tratar a fondo cuestiones relacionadas con el desarrollo sostenible”. Coca Cola, DuPont, Shell, BP y General Motors integran el Consejo Empresarial.

“Ellos decidieron vender el desarrollo sostenible igual que vendemos un jabón”, señaló Latouche en referencia a Strong y Schmidheiny. “Con una campaña publicitaria extraordinaria, excelentemente sincronizada y con un éxito fabuloso. Pero no es más que otra vertiente del crecimiento económico”.

“La Cumbre de la Tierra de 1992 en Río marcó un punto de inflexión en la historia mundial”, afirma Foster en la revista Capitalism Nature Socialism. “Frente a la realidad de una crisis ecológica planetaria, todos los países del mundo se unieron para declarar su apoyo al ‘desarrollo sostenible’. Sin embargo, el consenso mundial emergente sobre la necesidad del desarrollo sostenible esconde desacuerdos más fundamentales. Desde el punto de vista de los intereses dominantes de la sociedad, el desarrollo sostenible, a pesar de sus asociaciones ambientales, sigue siendo principalmente un concepto económico que sirve a fines económicos limitados”.

El crecimiento económico chino y la frontera planetaria de la crisis climática

Esta visión estrecha y mecánica sobre la relación entre crecimiento económico capitalista y sostenibilidad ecológica salta más claramente a la vista con el caso de China, un país que tras la introducción de las reformas procapitalistas en 1978, se ha convertido en el "milagro" del rápido crecimiento económico, a partir de la superexplotación obrera y una explotación irracional de la naturaleza.

Pese a contar con un PBI nominal de 360.8 mil millones de dólares en 1990, durante esa década sacó a 150 millones de campesinos de la pobreza, alcanzando una tasa promedio de crecimiento del PBI anual del 11,2 %.

Hoy es el país que más energía produce y consume en todo el mundo, sus emisiones de gases de efecto invernadero aumentan un 10 % cada año y Beijing cuenta con niveles de contaminación del aire 100 veces más altos que los límites establecidos por la Organización Mundial de la Salud.

Según los datos del Banco Mundial, el PBI de China, luego de su incorporación a la Organización Mundial del Comercio en 2001, pasó de 1.339 billones de dólares ese año a 12.310 billones en 2017, consolidándose como la segunda economía del mundo, solo detrás de Estados Unidos.

Crecimiento del PBI chino entre 1960 y 2019, según datos del Banco Mundial.
Crecimiento del PBI chino entre 1960 y 2019, según datos del Banco Mundial.

Según datos de la Agencia Internacional de Energía (AIE), en el mismo periodo de tiempo, el suministro de energía primaria (TPES) de China, que en 1990 era tan solo de 882.254 ktoe (miles de toneladas equivalentes de petróleo), pasó de 1.182.427 ktoe en 2001 a 3.077.606 ktoe en 2017, con una espectacular participación del carbón de un 63.6 % en el total.

Aumento del suministro de energía primaria por fuente en China entre 1990 y 2017, según datos de la Agencia Internacional de Energía.
Aumento del suministro de energía primaria por fuente en China entre 1990 y 2017, según datos de la Agencia Internacional de Energía.

En el mismo periodo de tiempo, tan solo en lo que hace a la explotación de combustibles fósiles (carbón, gas y petróleo), China, que en 1990 aportaba a la atmósfera tan solo 2.090 toneladas métricas de dióxido de carbono (MtCO2), pasó de 3.260 MtCO2 en 2001 a 9.260 MtCO2 en 2017, superando en 2007 a Estados Unidos (que mantuvo un promedio de 4.8 MtCO2 entre 1990 y 2017) como el mayor emisor de dióxido de carbono del planeta, una posición que mantiene hasta la fecha.

Aumento de las emisiones de dióxido de carbono en toneladas métricas de CO2 entre 1990 y 2017, según datos de la Agencia Internacional de Energía.
Aumento de las emisiones de dióxido de carbono en toneladas métricas de CO2 entre 1990 y 2017, según datos de la Agencia Internacional de Energía.

Considerando que en 2017 (según el mismo cálculo de la AIE), la economía mundial emitió 32.840 MtCO2, China ese año tuvo una sorprendente participación del 28 % en las emisiones globales.

El límite biofísico impuesto por la biosfera a esta tendencia la podemos encontrar en la frontera planetaria de la crisis climática. A partir de los datos publicados por el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático en Climate Change 2007: The Physical Science Basis, los científicos Johan Rockström del Stockholm Resilience Centre, Paul Crutzen, premio nobel de química, y James Hansen, director del Instituto Goddard de la NASA, junto a muchos otros, establecieron un límite en la concentración de dióxido de carbono atmosférico medido en partes por millón (ppm), la cantidad de moléculas de dióxido de carbono por millón de moléculas de aire seco.

Para Rockström y sus colegas, existe “un umbral crítico entre los 350 ppm y los 550 ppm”, cuya transgresión “aumentará el riesgo de un cambio climático irreversible, como la pérdida de importantes capas de hielo, el aumento acelerado del nivel del mar y cambios abruptos en los sistemas forestales y agrícolas”.

“Proponemos que los cambios humanos en las concentraciones de CO2 atmosférico no deben exceder las 350 partes por millón (ppm) en volumen”, señalan los científicos en A safe operating space for humanity. La posibilidad de duplicar los niveles de CO2 daría como resultado “un aumento de temperatura de 6 ° C (con un rango de incertidumbre probable de 4 a 8° C). Esto amenazaría los sistemas ecológicos de sustento de la vida que se han desarrollado en el medioambiente del Cuaternario tardío y desafiaría severamente la viabilidad de las sociedades humanas contemporáneas”.

Sin embargo, según los datos publicados por el Observatorio Mauna Loa de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) de Estados Unidos, el límite en la concentración de dióxido de carbono atmosférico de 350 ppm fue alcanzado por primera vez hace 34 años, en mayo de 1986, y no volvimos a bajar de esa cifra desde octubre de 1989. En mayo de 2020, el planeta alcanzó las 413.61 ppm.

Aumento de la concentración de dióxido de carbono atmosférico en partes por millón, entre 1975 y 2020, según datos del Observatorio Mauna Loa de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) de Estados Unidos.
Aumento de la concentración de dióxido de carbono atmosférico en partes por millón, entre 1975 y 2020, según datos del Observatorio Mauna Loa de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) de Estados Unidos.

“La tasa anual de aumento del dióxido de carbono atmosférico durante los últimos 60 años es aproximadamente 100 veces más rápida que los aumentos naturales anteriores, como los que ocurrieron al final de la última glaciación hace 11.000-17.000 años”, señaló recientemente Rebecca Lindsey, del NOAA.

“Aunque la Tierra ha atravesado muchos períodos de cambios ambientales significativos, el ambiente del planeta se ha mantenido inusualmente estable durante los últimos 10,000 años”, afirman Rockström, Crutzen y Hansen. “Este período de estabilidad, conocido por los geólogos como el Holoceno, ha visto surgir, desarrollarse y prosperar civilizaciones humanas”.

Pero “tal estabilidad ahora puede estar amenazada”. Según los expertos, “desde la Revolución Industrial, ha surgido una nueva era, el Antropoceno, en la que las acciones humanas se han convertido en el principal impulsor del cambio ambiental global. Esto podría hacer que las actividades humanas empujen al sistema terrestre fuera del estado ambiental estable del Holoceno, con consecuencias que son perjudiciales o incluso catastróficas para gran parte del mundo”.

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De la crítica a su aplicación hacia una aplicación crítica del concepto

Para Foster, “no existe una solución tecnológica que permita un crecimiento económico ilimitado dentro de una biosfera limitada. ¿Significa esto que quienes se preocupan por el destino de la Tierra deberían abandonar por completo el objetivo del desarrollo económico? La respuesta es no. El desarrollo económico sigue siendo necesario en las regiones más pobres del mundo. Pero más que nunca lo que también se necesita es una crítica del desarrollo”.

Nadie en su sano juicio podría cuestionar aquella idea que brega por “el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”. Pero vale bien la pena preguntarnos qué entendemos por “las necesidades de una generación”. ¿Son las necesidades específicas de los 25 multimillonarios que tienen la misma riqueza que la mitad de la humanidad (y que a su vez destruyen el planeta y la naturaleza) las mismas necesidades que las de esa mitad más pobre del mundo?

Tal como señaló Karl Marx, cuya crítica anticipó gran parte del pensamiento ecologista contemporáneo: “Desde el punto de vista de una formación económico-social superior, la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados parecerá tan absurda como la propiedad privada de un ser humano en manos de otro ser humano. Ni siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la Tierra. Sólo son sus poseedoras, sus usufructuarias, y deben legarla mejorada, como buenos padres de familia, a las generaciones venideras”.

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