Internacional

DESDE BARCELONA

Quince días que conmovieron a Cataluña

Andrea D'Atri

@andreadatri

Sábado 26 de octubre | 20:37

EFE/Toni Albir

Nuevamente los medios catalanes y los organizadores celebran la multitudinaria movilización que recorrió el carrer de la Marina, en Barcelona, alejada del centro donde se concentran los edificios de las instituciones políticas y policiales. Se habla de más de 350.000 personas en la marcha de hoy que, junto con varios miles más a contar desde el bloqueo al aeropuerto de El Prat, el lunes 14 de octubre, ya llevan dos semanas movilizándose en forma casi permanente.

Periodistas, miembros del gobierno catalán y dirigentes de la Asamblea Nacional Catalana y Omniun –las organizaciones de la sociedad civil que encabezaron esta marcha- repetían hasta el hartazgo que era un ejemplo de manifestación pacífica y unitaria. En el escenario, una de las oradoras incluso dijo que “a nosotros, la violencia no nos representa”, dejando a la libre interpretación si lo que más les molestaba a los organizadores era la violencia de la Policía Nacional, la de los Mossos d’Esquadra o si estaban responsabilizando a los miles de jóvenes que, en los últimos días, enfrentaron y soportaron las cargas de la represión conjunta del Estado español y del gobierno catalán, fueron golpeados, heridos con balas de goma, detenidos y procesados.

La única consigna que encabezaba la manifestación era la de “Llibertat” y los organizadores se encargaban de arengar el grito de “Unitat” contra los sectores que querían hacer oír su voz contra el gobierno catalán, exigiendo la renuncia del Consejero de Interior Miquel Buch. Mientras tanto, la CUP –que es el sector de la izquierda independentista que tiene representación parlamentaria en Cataluña- marchaba en un bloque con otras organizaciones sindicales de izquierda, sociales y políticas, donde también participó la Corriente Revolucionaria de Trabajadores (el grupo hermano del PTS en el Estado español). La cabecera llevaba una pancarta que rezaba: “Abajo el régimen.” Los gritos de “Buch, dimisión!” y contra la policía se hacían sentir más fuertes en este bloque que también había impulsado la huelga general que paralizó Cataluña el pasado viernes 18.

Al finalizar la marcha, el presidente de Cataluña, Quim Torra, tuiteaba: “Muchas gracias a todos los que os habéis manifestado por la libertad, por los derechos políticos y sociales y, sobre todo, por la independencia de Cataluña. Llegaremos tan lejos como la gente quiera llegar. Sin miedo.” Pero, enseguida, surgieron respuestas indignadas: “qué vergüenza de manifestación... por si usted no se acuerda tenemos unos cuantos de nuestros jóvenes encarcelados”; “Cataluña no es libre por la mierda de clase política que representa el independentismo que, en los momentos clave, no ha hecho lo que se esperaba que tenía que hacer y se ha encargado de desactivar la fuerza de la gente, dejándola sola ante la brutalidad del Estado y siendo cómplice.”; “He estado y me ha avergonzado la juerga festiva. Sólo al final se han referido a nuestros jóvenes, el resto del tiempo han hablado de los políticos encarcelados. Debería haber sido un día de recriminación por las cargas policiales y la actitud de Buch”.

La alcaldesa de Barcelona, brilla por su ausencia. La “progresista” Ada Colau no convocó a movilizarse en todos estos días desde que se conoció la sentencia condenatoria, alineada con Pablo Iglesias, el líder de Podemos que hace pocos años se presentaba como el emergente político del proceso de “los indignados” y que ahora indigna con su infame sostén al PSOE y su llamado a acatar la sentencia del Tribunal Supremo que enardeció al pueblo catalán.

El día previo a esta convocatoria masiva, políticos independentistas firmaron la Declaración de la Llotja de Mar, impulsada por los partidos soberanistas catalanes, vascos, gallegos, valencianos y baleares que reclaman la mediación internacional en el conflicto que mantienen con el Estado español. Además de exigir la libertad de los presos políticos, la declaración constata “el carácter democrático y pacífico” de sus acciones políticas. La misma fue suscripta –entre otros- por el vicepresidente catalán, Pere Aragonès, quien viene insistiendo en un diálogo con el presidente español Pedro Sánchez Castejón, el mismo que ordenó la violenta represión en Cataluña y tuvo el atrevimiento de venir a Barcelona –en medio de un gigantesco operativo militar- para felicitar a los policías por su brutal actuación. Desde los co-responsables de la represión hasta la CUP terminaron firmando una declaración vacía que no responde a los verdaderos problemas acuciantes que abruman a la clase trabajadora, la juventud y a todo el pueblo catalán en su lucha por la autodeterminación.

Informando para La Izquierda Diario desde Passeig de Gracia (Barcelona), durante la huelga general del 18 de octubre

La otra mani

Mientras rápidamente disolvían la convocatoria, con una cellista tocando una pieza musical en el escenario, más de dos mil jóvenes se convocaban en Vía Laietana, la que fue el centro de las barricadas durante estas dos semanas pasadas. Alguien le escribía al presidente Torra en Twitter: “La mani de verdad es la que hay ahora en Vía Laietana. El otro es un insulto a los compañeros que tenemos en prisión.”

Y verdaderamente, la “revolución de las sonrisas” que habían propuesto los líderes soberanistas terminó con 31 nuevos presos políticos, más los 7 integrantes de los Comités de Defensa de la República (los organismos territoriales que defendieron el referéndum de 2017) detenidos el pasado 23 de setiembre en un feroz operativo y encausados con un proceso plagado de irregularidades y atropellos a los más elementales derechos de defensa. Por eso, hay una juventud que ya no prepara flores para regalarle a “nuestra policía” (como llamaban a los Mossos en 2017) y que le gritó “traidores” y abucheó a los diputados de Esquerra Republicana cuando aparecieron en una movilización que reclamaba la libertad de los detenidos, para pedirles a los manifestantes que se marcharan.

En Vía Laietana, nuevamente hubo cargas policiales y aún, mientras escribo estas líneas, hay corridas, palazos y detenciones. Es una nueva generación sacando conclusiones, en las calles, sobre sus propias direcciones políticas: aquellos líderes y partidos soberanistas que prometieron la república catalana en la que ellos esperaban vivir mejor, poder acceder a la universidad, dejar de tener trabajos precarios, que se terminaran los alquileres imposibles y los desalojos… Jóvenes que ven a estos mismos líderes pedirle al gobierno español “sentarse y dialogar”, de manera vergonzante, mientras ellos reciben los balazos de goma y los gases lacrimógenos del Estado represor, pero también de los propios líderes soberanistas que están en el gobierno catalán.

Pese a todo, hubo una huelga general sin precedentes el pasado 18 de octubre. Pese a todo, la juventud –en su mayoría estudiantes universitarios- bloquearon uno de los aeropuertos internacionales más importantes de Europa. Pese a todo, volvieron a salir una y otra vez a todas las manifestaciones a los que fueron convocados. Pese a todo, volvieron a recordarle al mundo que Barcelona es la “Rosa de Foc” (Rosa de Fuego) por la que Federico Engels escribió, alguna vez: “Barcelona, la ciudad industrial más grande de España, ciudad cuya historia registra más luchas de barricadas que ninguna otra villa del mundo”.

Su normalidad son nuestras cadenas

Las declaraciones y las mesas de diálogo, los llamados a desmovilizarse y la persecución a la juventud que se manifiesta no parecen ser el camino para conseguir “decidirlo todo”. Sánchez Castejón en España, pero también Torra y los demás políticos del régimen quieren “normalizar” la situación para encaminarse a las elecciones del próximo 10 de noviembre. Para conseguir esa “normalización”, la cuestión catalana sigue siendo una piedra en el zapato del régimen español y la monarquía.

Los partidos históricos catalanes forzaron una renegociación del pacto autonómico y se pusieron al frente del proceso para evitar, con algún que otro “acto simbólico”, que las masas catalanas tomaran un curso independiente. El brutal régimen español ni siquiera les agradeció semejante favor y les aplicó condenas de entre 9 y 13 años por haber osado hacer un referéndum. La mayoría abrumadora de las organizaciones que se reclaman de izquierda apuestan a una regeneración “democrática” de este régimen, sin sacar los pies del plato. Pero no se trata de seguir a ciegas a las direcciones catalanas de este proceso, sino de desarrollar un amplio movimiento democrático, obrero y popular, independiente de todas las fracciones de la burguesía catalana. Y en el resto del Estado español, desarrollar un movimiento de lucha antimonárquico y contra el régimen, independiente de todos los partidos que hoy quieren recomponerlo, como el PSOE, y quienes se subordinan a esta perspectiva buscando un gobierno de coalición con ellos, como Podemos.

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Ninguna de las legítimas demandas de las masas catalanas ni de ninguna región del Estado español puede conquistarse con la “democracia” imperialista española. Es necesario avanzar en la lucha por procesos constituyentes libres y soberanos en el Estado español y todas las nacionalidades que históricamente reclaman su derecho a la autodeterminación, para decidirlo todo. No podremos imponerlo sino es mediante la lucha obrera y popular que abrirá el camino para desarrollar una verdadera democracia del pueblo trabajador, como parte de la lucha por una libre federación de repúblicas obreras en el territorio que hoy aplastan la corona y el régimen imperialista español comandado por el PSOE.

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