Sociedad

TRIBUNA ABIERTA

Racismo y xenofobia: una mirada desde la Psicología

El asesinato de George Floyd por parte de la policía norteamericana y las posteriores movilizaciones han vuelto a poner a debate uno de los grandes problemas estructurales de las sociedades capitalistas modernas: el racismo y la xenofobia.

Jueves 18 de junio | 09:06

No en vano, los prejuicios y la discriminación hacia los miembros de determinados grupos sociales han sido objeto de intenso estudio a lo largo de las últimas décadas, también desde el terreno de la psicología social.

Aculturación, desigualdad y discriminación racial

La relación que se encuentra entre prejuicio y discriminación es evidente: los grupos excluidos suelen ser objeto de prejuicio por parte de la población general. Y, a la inversa, los grupos sobre los que la población mayoritaria manifiesta prejuicio suelen ser condenados a la discriminación social

Estos prejuicios y discriminación aplicada a personas inmigrantes y racializadas en la actualidad es el resultado de las formas de dominación imperialistas de las principales potencias capitalistas, herederas directas del colonialismo. Las consecuencias de estos procesos fueron diversas en este terreno, tanto desde un punto de vista material como cultural. De esta manera hubo un espectacular aumento de la desigualdad entre la riqueza de los países del llamado primer mundo y el resto, que a pesar de solo concentrar el 15% de la población consumen cerca del 76% de los recursos mundiales, según El Informe de desarrollo Humano de la ONU. O como también las diferencias de ingresos entre el 20% más rico y el 20% más pobre de la población mundial son cada vez más importantes.

Tanto ese porcentaje de población más pobre como los habitantes de los países que concentran la menor parte de la riqueza mundial, están fuertemente representados por personas racializadas.

Por otro lado, también se produjeron fenómenos que destruyeron la identidad y tradiciones de los pueblos de los países periféricos. Es lo que algunos expertos denominan, procesos de aculturización. Por el cual la cultura de un grupo de seres humanos es remplazada por una, supuestamente superior, con la que ha entrado en contacto recientemente. Este proceso está caracterizado por pérdida o debilitación de lazos sociales y culturales, además de tradiciones, formas artísticas y hasta dialectos e idiomas.

La aculturación está fuertemente ligada al colonialismo, por no decir que es una consecuencia de este. Esta se da donde dichos grupos de seres humanos que pertenecen a cierto pueblo se ven obligados a adaptarse en su mayoría a la colonia y su cultura. De esta manera, también podemos observar este proceso en los inmigrantes, ya que, cuando abandonan su cultura natal, deben adaptarse a las políticas de asimilación promovidas por el gobierno de su país de acogida.

Los historiadores han estudiado a lo largo de la historia el contacto entre culturas, donde se encuentras los procesos de conquista, la colonización y la dominación, referidos a Europa, África, Asia y Oceanía. El fin del mundo antiguo en Europa se caracteriza por complejos y profundos fenómenos de aculturación o transculturación. Asimismo, se ha podido presencias la creación de objetos híbridos provenientes de distintas culturas como los ritos, los mitos, textos, etc.

En América Latina, uno de los máximos exponentes de este fenómeno, la forma más típica de aculturación ha sido el mestizaje, donde al principio hubo un mestizaje biológico y, tras ello, tuvieron lugar los procesos de aculturación o transculturación. Aunque aún quedan tribus y pueblos donde se siguen utilizando lenguas indígenas, como el quechua, guaraní o aimara, la mayor parte de los descendientes de los colonizadores no conservan la lengua de los ancestros, a raíz del anteriormente mencionado, mestizaje. En su lugar, en Latinoamérica sobre todo se habla español y portugués, en cambio en América del norte se habla inglés y francés.

Igualmente, uno de los principales factores en la colonización de América fueron las misiones y órdenes religiosas que buscaban evangelizar a los aborígenes. Hoy en dia esto tiene su expresión en los distintos métodos de dominación cultural a través del cine, la televisión o incluso la economía, promoviendo en todos los casos una lógica colonial con el imperialismo europeo y norteamericano.

Estos procesos son en gran parte los causantes de la discriminación y prejuicios en el comportamiento de importantes capas de la población, y que en muchos casos desemboca en racismo. Hoy en día se pueden observar nuevas formas de prejuicio, aunque estas estén más camufladas, al menos en las sociedades occidentales, que a su vez facilita la normalización de distintas actitudes racistas.

Racismo y xenofobia en el Estado español

A lo largo de los últimos años en España y el resto del mundo se ha observado un aumento incesante de las carencias sociales y desigualdad. De esta manera se empieza a entender como la exclusión social, especialmente grave entre los sectores racializados, tiene su origen en un conjunto de factores socioeconómicos e ideológicos que se fueron agudizando desde mediados de los años setenta (crisis del petróleo, ofensiva neoliberal, nuevos modelos productivos) y condujeron al aumento de los niveles de paro y a la precarización del empleo. Sin embargo, sería un error hacer equivalentes exclusión social e insuficiencia de ingresos o pobreza. La exclusión social tiene múltiples facetas y desborda el ámbito laboral para introducirse en otros muchos de relevancia social tales como vivienda, educación, salud y acceso a servicios, entre otros. Pero va mucho más allá, puesto que el núcleo duro de la exclusión social es la “no participación en el conjunto de la sociedad” y tiene como consecuencia directa la inclusión en la categoría de ”no ciudadanos”.

La exclusión social de los inmigrantes sobreviene, en primer lugar, por razones estructurales, pero además hay que añadir la cuestión de su identidad, diferente a la de la mayoría. Respecto a las razones estructurales, es evidente que cuando emigran al “país de acogida”, mayormente de forma “irregular”, se vean forzados a aceptar trabajos sin contratos, mal remunerados que los locales han rechazado, lo que impide que, muchas veces, vivan de manera adecuada, adaptándose al nuevo país en barrios marginales y/o infraviviendas, sin poder acceder a los “sistemas de bienestar social”.

Esta realidad se ajusta, curiosamente, con la percepción que tienen una gran parte de los españoles alrededor de la inmigración. Un 75% de los jóvenes del estudio de Mateos y Moral creen que los inmigrantes procedentes de países menos desarrollados desempeñan trabajos que lo españoles no quieren. Asimismo, según una encuesta del CIS, el 77% de los encuestados consideraban que las condiciones de vida de los inmigrantes eran “peores” que las de los españoles, y el 62% reconocen que en España los inmigrantes viven “mal” o “bastante mal”. Seguramente la inmensa mayoría de quienes opinan de esta manera son la propia población nativa que habita en los barrios obreros y populares, y que conoce de primera mano la situación real de los trabajadores inmigrantes.

Esto sin obviar que existan fuertes tendencias racistas y xenófobas, también entre las clases populares. Un estudio realizado con 99 inmigrantes de todas las comunidades autónomas españolas indicó que todos los grupos de inmigrantes declaraban haber sido objeto de algún tipo de rechazo por parte de la población autóctona, aunque había diferencias según su procedencia. Sobre todo, los inmigrantes procedentes de Magreb y del África subsahariana relataban con más frecuencia casos de rechazo y de choque cultural con la población autóctona que los latinoamericanos.

Además, la inmigración en España ha provocado un racismo institucional que ha sido respaldado por la política del Estado Español y la Unión Europea (UE). En el año 2008, el Comité de Representantes Permanentes de los países miembros de la Unión aprobó la propuesta de proyecto de la Directiva sobre la detención y la expulsión de las personas extranjeras, abordando cuestiones sobre el encierro, la retención y la expulsión de las personas indocumentadas, el fondo económico para los retornos, los vuelos compartidos, etc. Además, fija un periodo de encierro de hasta 18 meses en los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE), centros de reclusión para personas cuya supuesta culpa es la de querer vivir en Europa. Este proyecto implica en sí mismo una lógica inhumana: la generalización de una política de encierro de las personas extranjeras y, consiguientemente, su normalización como gran pilar de la política europea de extranjería.

Del mismo modo, se ha criticado fuertemente la Ley de Extranjería y las reformas que se ha propuesto, ya que adjudicaban nuevas obligaciones a las personas inmigrantes, ignorando por completo las causas de la inmigración y las violaciones de la legalidad y los derechos que están suponiendo el control de las fronteras a cualquier precio. Además de controlar y repatriar, el Estado Español se preocupo de remarcar la distinción entre personas inmigradas en situación irregular y las que se encontraban en situación regular, evidenciando cómo los actuales mecanismos regulares de ingreso son completamente inadecuados a la situación del hecho migratorio. Esta irregularidad en la que se ha encontrado muchas personas inmigrantes (y aún se encuentran otras miles) ha sido un problema estructural, permanente y crónico provocado por la misma Ley de Extranjería.

Según el Ministerio del Interior en 2015 la xenofobia y el racismo aumentó en 505 casos, un 6,3% más que el año anterior, teniendo en consideración que no siempre se denuncian estos casos, por lo que damos por hecho que el número de casos es mayor.

Por todo esto, en general, las personas estigmatizadas son conscientes previamente de las connotaciones negativas que tiene su identidad social a ojos de los demás. Esto, inevitablemente, conduce a una perdida de la autoestima a nivel personal y colectiva, sin embargo, según unas investigaciones, constar de una identidad social negativa no conduce automáticamente a su disminución.

Además, se ha constatado que el prejuicio se ha vuelto sutil e indirecto en los últimos años. Es decir, que el rechazo abierto hacia personas de otra cultura o etnias a las que se considera inferiores está siendo sustituida por una fobia a la mezcla y una obsesión por evitar el contacto con los otro “diferentes”.

De esta forma, el rechazo y la estigmatización ha normalizado la situación en la que se encuentran miles de personas en el Estado Español que, además de soportar la exclusión económica a la que se les expone, tienen que lidiar con la exclusión psicosocial y psicológica que los lleva a ser rechazados e ignorados.

Prejuicio y discriminación racial como parte del proceso histórico de dominación de clases

A lo largo de la historia se ha justificado el uso del color para legitimar procesos de discriminación históricos significativos. De esta manera, en el segundo milenio antes de nuestra era, los arios y tribus indoeuropeas invadieron el subcontinente indio, utilizando el término “varna”, asociado a las personas, distinguiéndolas entre sus tintes de piel. Esto establecía una primera distinción estamentaria entre sacerdotes, guerreros, ciudadanos y labradores en general.

Además, el darwinismo y el evolucionismo han sido cómplices del concepto de razas, clasificando entre inferiores y superiores.

Y según varios estudios, el término “raza” es una construcción social creada por el imperialismo europeo en el s. XV:

“Las diferencias fenotípicas —lo visible— se reconstruyeron de acuerdo con las relaciones de dominación, que codificaron las diferencias, entre colonizadores y colonizados, a partir de una supuesta diferencia biológica y hereditaria que ubica a estos últimos en una categoría natural de inferioridad, legitimando y justificando el sistema de encomienda, la esclavitud y la servidumbre. Así, durante la Colonia surge una pigmentocracia que concibe a la raza blanca como superior a nivel intelectual, conductual y moral”.

De esta forma, el racismo se sitúa en un contexto colonial, poseyendo un fundamento cultural, social e histórico, y cuya finalidad es legitimar un sistema de dominación. El colonialismo como periodo histórico no ha sido superado a lo largo del tiempo, se mantiene en el modelo preestablecido que muchos describen como “modernidad” o “capitalismo neoliberal” para defender que la civilización se ha modernizado, excusando la esclavitud asalariada.

Además, sigue estando presente en instituciones coloniales, sujetos coloniales, en la violencia racial, en las perspectivas legitimadas y naturalizadas por el colonialismo económico, en la identificación y representación de los sujetos sociales constituidos como “los otros”. Esto indica que la colonización no es solo del pasado y, sin embargo, se pretende ocultar, alegando que nos encontramos en otro estadio histórico; lo cierto es que la colonización simplemente ha cambiado de rostro.

De esta manera, podemos ver la vinculación íntima que existe entre racismo y xenofobia con la cuestión de clase y con el propio sostenimiento del capitalismo. Debido a esto, no se pude entender el mantenimiento de los prejuicios y la discriminación hacia los sectores racializados, sin la necesidad que tiene el sistema capitalista de sostener y promover estos comportamientos como una manera de dividir a los sectores oprimido y explotados de la sociedad y asi garantizar el mantenimiento de su régimen de dominación. Aunque la lucha por concienciar de este problema a sectores es cada vez más amplio, lo cierto es que sólo se puede acabar definitivamente con el racismo y construir una sociedad reconciliada sobre las ruinas del sistema de clases.






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