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SUPLEMENTO

¿Será el coronavirus el disparador de una nueva recesión global?

Esteban Mercatante

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Fotomontaje: Juan atacho

¿Será el coronavirus el disparador de una nueva recesión global?

Esteban Mercatante

El temor a una pandemia con severo impacto económico produjo esta semana desplomes de las bolsas en todo el mundo. La Argentina entra a la renegociación de la deuda argentina con el pie cambiado.

Las bolsas cerraron una semana para el infarto en todo el mundo. En Wall Street el Dow Jones acumuló pérdidas de 12 % en 5 días, una de las peores desde la crisis de 2008. El FTSE de Londres retrocedió 13 %. El Ibex35 de la bolsa española descendió en cinco jornadas más de 10 %, al igual que el DAX30 de Alemania. El resto de los países acompañaron en mayor o menor medida. El motivo no es ningún secreto: los desplomes estuvieron ocasionados por los temores al impacto del coronavirus (COVID-19) en la economía mundial y en la ganancia de las principales empresas. En China los retrocesos de los paneles de acciones fueron más moderados, del orden del 5 al 7 %, lo que podría resultar curioso. Pero eso es porque hace ya desde mediados de enero vienen siendo castigadas. Quizás lo único sorpresivo del pánico de estos días es que se haya tardado tanto, considerando que hace más de un mes que la alarma por el virus llegó a la primera plana de los medios de todo el mundo.

En China continental –donde se originó el virus a fines del año pasado– elevó el total de casos registrados a más de 79.000, con casi 2.800 muertes. Cuatro países más anunciaron sus primeros casos en estos días: ya son 55 los países y territorios fuera de China con infecciones, con más de 4.350 casos y 67 muertes. Hoy tres cuartas partes de las nuevas infecciones ocurren fuera de China. Por eso el viernes la OMS informó que aumentó a “muy alta” la amenaza por el COVID-19.

China paralizada

El primer interrogante para medir el impacto económico que tendrá la emergencia sanitaria, es lo que ocurrirá con la economía china. Desde finales de enero, las medidas para limitar la propagación del virus han reducido drásticamente la actividad. “Los trabajadores están atrapados en sus pueblos de origen. Los funcionarios quieren planes de salud detallados antes de que las fábricas u oficinas puedan reabrir. Las líneas de montaje que fabrican los automóviles de General Motors y los iPhones de Apple permanecen en silencio”, comentaba Keith Baker en una nota publicada en The New York Times. “Es como Europa en la época medieval”, es la frase de un entrevistado que da el título a la nota: “cada ciudad tiene sus controles y controles cruzados”.

El antecedente inmediato al que se recurre para evaluar los impactos que podría tener en la economía china, es evaluar lo que ocurrió hace 17 años con el brote del SARS (siglas en inglés para síndrome respiratorio agudo y grave) a comienzos de 2003. A diferencia de aquél, el virus actual muestra una tasa de expansión más veloz, aunque una menor tasa de mortalidad; es decir, que las comparaciones deben ser tomadas con pinzas.

En 2003 el PBI de China redujo su crecimiento, que así y todo cerró el año en 10 %. El impacto del brote se concentró en el segundo trimestre del año, en el cual el crecimiento económico se redujo en dos puntos porcentuales, siendo de 9,1 respecto del 11,1 % del primer trimestre. Es decir, la economía no dejó de crecer, sino que lo hizo a un ritmo ralentizado. Para el tercer trimestre (cuando ya el el SARS había dejado de ser considerado una amenaza) el PBI de China había recuperado su expansión, ayudada por programas de estímulo fiscal y monetario.

Para este año, las proyecciones iniciales de crecimiento del PBI estaban bien lejos de las tasas astronómicas de 2003, aunque superan con creces las de la mayor parte de las economías: 6 % era el aumento esperado en 2020. En el escenario más optimista de que el COVID-19 repita el patrón del SARS, las proyecciones de distintos bancos y agencias proyectan una pérdida de crecimiento de 0,5 puntos, es decir un crecimiento en torno de 5,5 % en 2020. Esto podría lograrse si el crecimiento del primer trimestre fuera nulo, pero no negativo. El economista chino Zhang Anyuan, de CFC Financial, hipotetizaba estos días cómo podría llegarse a ese nivel: “suponiendo que en todo enero y marzo el país logra alcanzar los habituales objetivos de crecimiento del 6 % [cada mes], mientras que la economía se contrae en febrero 12 %, entonces, durante los tres meses combinados, el crecimiento para el primer trimestre será del 0 %”. Pero advertía inmediatamente que “a juzgar por una serie de indicadores de alta frecuencia como la tasa de operación, el consumo de carbón en las centrales eléctricas, los envíos de pasajeros, el rendimiento de contenedores, el índice de congestión urbana y las ventas de automóviles de pasajeros, la contracción de febrero claramente excedió este nivel” de 12 %.

De expandirse el efecto del virus en el tiempo, podría cobrarse más de un punto porcentual del crecimiento previsto, es decir ubicarlo entre 4 y 5 % para 2020. Parece un impacto moderado, pero preocupa a la burocracia del PCCh porque puede generar dificultades y sumar descontentos potencialmente desestabilizadores. Para peor, vienen de un final de 2019 sacudido por las movilizaciones en Hong Kong. Por eso el gobierno anunció medidas de expansión fiscal y monetaria para contrarrestar los estragos. Es lo mismo que ha hecho en las últimas décadas ante cualquier amenaza local o externa que pudiera afectar el desempeño económico.

El comercio mundial, infectado

Una diferencia central con el episodio del SARS, es que en la actualidad el peso de China en la economía global es más de cuatro veces el de entonces (pasó de 4 % del PBI global en 2003 a 17 % hoy). Pero además, se convirtió en un epicentro del comercio mundial. En 2003 las importaciones y exportaciones de China representaban el 5,78 % del comercio internacional, hoy alcanzan el 13 %, superando de lejos a otras potencias como EE. UU. (8,57 %) o Alemania (8 %).

Hace semanas que el tránsito de mercancías hacia y desde China se redujo a niveles insignificantes. Esto no sólo golpea las economías de otros países por la interrupción de las exportaciones hacia China y la comercialización de productos finales importados de ese país. El impacto se multiplica por el rol de los manufactureros radicados en ese país como proveedores de las cadenas globales de valor. Desde la producción automotriz en EE. UU. y México hasta el ensamblaje de notebooks y teléfonos en Tierra del Fuego, son innumerables las factorías que ya están frenando y podrían paralizarse completamente en las próximas semanas.

De acuerdo a Cargo Metrics, las importaciones de China se encuentran en “caída libre”. Entre el 7 y 17 de febrero (último día con datos disponibles), el índice del comercio cayó 27 %. Un desplome formidable en tan poco tiempo. La caída es más atenuada por el lado de las exportaciones, pero también es “fea”, según el CEO de la empresa Scott Borgerson. Durante la mayor parte del mes, los containers varados se apilaron en los puertos. Recién para finales de febrero empezaron ligeramente a descongestionarse.

El PIB mundial “no crecerá trimestralmente por primera vez desde el 2009”, pronostica Simon Macadam en un informe de la consultora Capital Economics. “La propagación costará a la economía mundial más de USD 280.000 millones en los primeros tres meses del año, poniendo fin a un periodo de crecimiento mundial de 43 trimestres”, estima el documento. Los costos estimados del SARS fueron USD 40.000 millones.

El impacto ya se hace sentir en el precio de algunos commodities, empezando por el petróleo. La soja, que en estos días calentó las relaciones entre el gobierno de Alberto Fernández y las patronales del agropower por la amenaza de un aumento en las retenciones que aún no se concretó, todavía no acusó impacto.

Un mundo mucho más precario que en 2003

Pero hay un punto que debería llevar a tomar con mucho cuidado las comparaciones entre hoy y 2003. Es ese entonces la economía global se encontraba en una recuperación, empujada por China que acaba de ingresar a la OMC y se volvía un destino cada vez más apetitoso para las inversiones globales, pero también por la burbuja inmobiliaria en EE. UU. replicada también en varios países europeos.

Ahora, en cambio, la economía viene de un período de crecimiento de 10 años, después de la Gran Recesión. La recuperación que siguió a esa crisis, la más devastadora que golpeó a la economía mundial desde de la Gran Depresión de la década de 1930, fue notablemente débil. A tal punto que abrió un gran debate entre economistas del “mainstream” de EE. UU. respecto de si la economía se encontraba en un estado de “estancamiento secular”.

El motivo de este desempeño es simplemente que la inversión en ampliar la capacidad productiva realizada por los capitalistas, que es el determinante fundamental del crecimiento económico en una economía capitalista, fue marcadamente débil a pesar de la recuperación económica, reanimamiento que estuvo centralmente empujado por el crecimiento de China y por un gran activismo de los bancos centrales que inyectaron dinero en gran escala en la economía.

En EE. UU., país en el que algunos analistas locales un poco afiebrados observan en los últimos años un salto inversor arrollador, viene ocurriendo más bien lo contrario. A pesar de los recortes de impuestos impulsados por Trump para las empresas que repatriaran capital, esto no se tradujo tanto en una recuperación de la inversión productiva, sino que más bien se dirigió los fondos repatriados a la compra de acciones y reparto de dividendos. En los últimos tres trimestres la inversión bruta en EE. UU. Se encuentra en caída, y el PBI arrojó en 2019 el menor crecimiento desde que asumió la presidencia el magnate inmobiliario: 2,1 %.

Desde 2018 varios pronósticos empezaron a hablar de una posible recesión, en 2020 o 2021, aunque el arco se va corriendo hacia más adelante. La Reserva Federal norteamericana (su banco central) viene actuando desde el año pasado para extender lo más posible la vida del ciclo actual, y lo mismo han hecho sus pares en Europa, Japón, China y otros países.

Lo cierto es que según el Banco Mundial la economía mundial creció 2,4 % en 2019, y se esperaba apenas una décima de punto más para este año, según sus proyecciones difundidas en enero. Ahora están siendo corregidas a la baja.

Si en 2003 hacía algunos años se había pinchado la burbuja de las empresas “punto com” y se estaba empezando a gestar una nueva a través del boom inmobiliario, hoy venimos de varios años de aumento sin freno de las bolsas alimentado por la expansión monetaria gigantesca que tuvo lugar durante los años que siguieron a la Gran Recesión y que sigue estimulada por las bajas tasas de interés (y en EE. UU. por las rebajas impositivas de Trump que mencionamos). Al cabo de un “rally” bursátil alcista continuado durante 10 años, cortado en varias oportunidades como ocurrió la última semana, o incluso atravesado por años “malos” como 2018, los valores de las acciones se han disociado completamente de la capacidad de generación de ganancias de las empresas. Con casos extremos, como el de Tesla: supera en valuación bursátil a Volskswagen, a pesar de que la firma de Elon Musk nunca dio ganancias, y de que la firma alemana produce y vende 28 veces más automóviles cada año. Esta es una de las muestras más extremas de la “exuberancia irracional” que caracteriza la valorización bursátil, pero en ningún modo un caso aislado. Cuanto más altos los valores y más alejados de los “fundamentals”, mayores las posibilidades de que un evento no esperado produzca una destrucción de valor en gran escala, con fuerte impacto sobre la actividad económica.

Pero hay otra línea de falla, que nos remite a otra consecuencia duradera de la Gran Recesión: se trata del fuerte crecimiento del endeudamiento global. El Banco Mundial advierte en un reciente informe que la “ola de deuda global” generada desde 2010 es la más extendida y de mayor crecimiento de los últimos 50 años. A nivel mundial, el endeudamiento ha trepado hasta el equivalente a 230 % de la economía global. En los países “emergentes” las deudas (del sector público y privado) alcanzan los 55 billones de dólares, que equivalen a 168 % de su PBI. En el caso de China, el endeudamiento llega a 255 % del PBI.

No debería sorprendernos entonces que el COVID-19, a diferencia del SARS, se convierta en un “cisne negro” que pegue de lleno en la línea de flotación de una economía bastante comprometida, acelerando la recesión.

Argentina: una reestructuración a contramano

En estas condiciones de incertidumbre, el gobierno argentino ultima los detalles de la reestructuración de la deuda, que busca completar antes de ingresar en default. La gran incógnita, como analizamos recientemente, es si hay un valor presente (combinando período de gracia, extensión de plazos, y quita de interés y de capital) que pueda tentar a los acreedores y al mismo tiempo satisfacer la expectativa del gobierno, que no es otra que hacer un ajuste “gradualista”. Adornado, eso sí, con planteos de “solidaridad”. Es decir, algo muy alejado de las promesas proferidas en 2019 de “recuperar lo perdido” o “poner en marcha la economía” mediante el gasto público con medidas “keynesianas”.

Si continúa el deterioro bursátil de estos días, podría esperarse un “vuelo hacia la calidad” de los inversores financieros, que siempre que hay incertidumbre se refugian en los activos considerados como más seguros, como son en primer lugar los Bonos del Tesoro de EE. UU. La contrapartida, es que se desprenden de los activos más “tóxicos”. Los bonos argentinos, al borde del default, entran en esa categoría. Una aceleración de la crisis podría hacer que se acelere el pase de los mismos a manos de los fondos buitres, que a diferencia de los rapaces lobos de Wall Street que hoy tienen gran parte de la deuda argentina emitida bajo legislación extranjera, prefieren default e ir a juicio. Si esto ocurriera, la capacidad negociadora del gobierno se vería seriamente perjudicada.

Pero aun si no se produce un cambio de manos de los bonos, la mayor incertidumbre puede volver a los actuales tenedores más reticentes a embarcarse en una negociación con el país. Aunque los rendimientos que pueden dar los bonos, incluso con las quitas que podría plantear el ministro Martín Guzmán, serán muy superiores a los que ofrece la deuda soberana emitida por casi cualquier otro país. Si la Fed y otros bancos centrales intervienen agresivamente para calmar las aguas mundiales y bajan las tasas (algo que por ahora nadie pronostica) estos rendimientos contrastarán todavía más con el promedio internacional. Así y todo, sería aventurado esperar que “la codicia le gane al miedo” y que haya un “número mágico” que contemple las aspiraciones del gobierno y las pretensiones de los bonistas, y todo en los pocos meses que restan para que el país no pueda seguir pagando los vencimientos de deuda en dólares. De esta forma, el default no querido, ya que Alberto Fernández manifestó que busca ante todo ser “responsable” y “respetuoso” con las deudas odiosas dejadas por Macri, empieza a ser cada día una alternativa más real. Y amenaza ocurrir, como en 2001, de la manera más caótica y aventurera, amplificando el impacto económico sobre los sectores de la clase trabajadora y el pueblo pobre más vulnerables. No son de ningún modo estas las únicas alternativas, como pretenden quienes quieren justificar como inexorable la entrega a los acreedores.

El proyecto de Alberto Fernández, de administrar el ajuste buscando hacerlo “tolerable”, renegociando para esto los términos del saqueo con los acreedores y el imperialismo, podría resultar algo intempestivo. Los “tiempos interesantes” que como una maldición china le depara la situación internacional, no van a favor de reeditar la experiencia kirchnerista de 2003, que tuvo a su favor no solo el trabajo sucio realizado por Duhalde, sino el “viento de cola” del crecimiento global y los altos precios de las materias primas.

Amenazas de recesión, “guerras comerciales” y disputas geopolíticas en aumento, junto a nuevo salto de la lucha de clases en todo el mundo, marcan en cambio la tónica del momento actual.

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Esteban Mercatante

@EMercatante
Nacido en Bs. As. en 1980. Es economista. Miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001. Coedita la sección de Economía de La Izquierda Diario, es autor de los libros Salir del Fondo. La economía argentina en estado de emergencia y las alternativas ante la crisis (Ediciones IPS, 2019) y La economía argentina en su laberinto. Lo que dejan doce años de kirchnerismo (Ediciones IPS, 2015), y compilador junto a Juan R. González de Para entender la explotación capitalista (segunda edición Ediciones IPS, 2018).
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