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Tratados como ganado: El problema del transporte en la Ciudad de México

Cuando Carlos sale de su casa a trabajar desde muy temprano, las calles de la Ciudad de México están repletas de automóviles, como si en la madrugada hubiera caído una tormenta de chatarra que inundó de carros, camiones y tráileres las principales avenidas de la ciudad. Pero a él no le asombra esto y se apresura a abordar rápidamente el metro.

Sábado 14 de noviembre de 2015

Al llegar al trabajo, el guardia de seguridad le dice que llegó a tiempo para empezar su día laboral. Pero Carlos sabe que su jornada ha iniciado desde hace tres horas, cuando se tuvo que despertar muy temprano para llegar puntual, pues emplea dos horas para trasladarse de su casa a la fábrica.

Cuando suena la campanada de la hora de salida, Carlos no se siente tranquilo. Sabe que aún le queda más cuerpo que agotar en dos horas y media de ajetreo del transporte público, donde su fatiga se combina con la de cientos de miles más, resultando una masa de represiones y frustraciones con olor a sudor, una bomba insoportable.

Cuando por fin llega a casa, luego de un pesado día de trabajo y un no menos tortuoso traslado, sus hijos reciben con gran entusiasmo el beso que papá les da en la frente, pues desde que se despertaron para ir a la escuela no lo habían visto. No de la misma manera lo recibe su esposa. Ella está disgustada y él se ha dado cuenta. Ya lo advertía desde que hizo el primero de los dos trasbordes del metro que lo separan de casa. Carlos le había prometido que llegaría a las 6 de la tarde y ya son las 7:30. Sin embargo, poco le interesa a ella reclamarle, ya que Carlos, cumpliendo con la rutina, se dirige a su cama para caer desfallecido.

La realidad del resto de los trabajadores del país no es distinta. Nos vemos obligados a subir a un autobús que sigue subiendo gente a pesar de que su capacidad ya ha sido superada en un 150 por ciento. Somos humillados hasta el punto tal de ir a tener que viajar a velocidades excedidas en el primer escalón del autobús. Tratados como ganado, el transporte público ha terminado por domesticarnos.

La culpa no es de los choferes

Desde que se privatizó el ferrocarril, los tráileres remplazaron el traslado de mercancías ocasionando más caos en las calles y desgaste del concreto reflejado en los baches.

Bajo tanta humillación, con el calor asfixiándonos en los andenes del metro, con la presión de llegar tarde más el cansancio que genera ir más de una hora de pie, descargamos todo el estrés que genera esto contra los choferes.

Pero la culpa no es de ellos. Es del capitalismo que los mantiene con salarios de hambre, orillándolos a competir entre unidades para ganar pasaje y a operar con unidades viejas y descompuestas. Al gobierno no le interesa dar mantenimiento a las autopistas, avenidas ni vías del metro, o comprar nuevas unidades de transporte ya que prefieren ahorrar los suficientes fondos como para solventar sus cuantiosos salarios. Los trabajadores del metro tienen que arreglárselas para manejar en vías a las que no se les ha dado mantenimiento desde hace 40 años, con trenes con claras fallas en los frenos. “Hasta los trenes nuevos fallan en el metro” se lee en el “Diagnóstico del Sistema de Transporte Colectivo Metro”. Basta recordar el accidente en metro Oceanía provocado por la falta de mantenimiento, que dio como resultado la muerte de un trabajador y el reciente descontento generado por declaraciones que apuntan al alza de tarifas.

Es espeluznante cómo nos hemos acostumbrado a tal humillación. La gente se empuja y se jala en el metro sin importar si lastima a otro. Las cosas no deben seguir así. No tenemos por qué acostumbrarnos a esa degradación de nuestra calidad de vida. Es importante darnos cuenta de que las cosas sí pueden ser de otra manera y que sí hay responsables de que viajemos así.

Es ampliamente conocido el desfalco millonario que se dio en la construcción de la línea 12 provocado por la corrupción entre gobierno-iniciativa privada (vía licitaciones). Hasta hoy, los señalados responsables siguen sin pisar la cárcel a pesar de haber expuesto la vida de millones de usuarios y de los trabajadores. Al grifo de la corrupción se van millones de pesos que podrían tener otro destino. A esto se le suma los excedidos salarios que los altos funcionarios se embolsan año con año.
Con toda esta cantidad, se podría dar mantenimiento al metro, tener más trenes y construir más líneas y extender las que ya existen. Sin embargo, para mejorar las avenidas y los sistemas de señalamiento y mejorar de conjunto la problemática de transporte, que afecta a miles de trabajadores, es necesario un mayor aumento presupuestal y este mismo no puede salir de más impuestos al pueblo trabajador, sino del no pago a la deuda externa y del impuesto progresivo a las grandes fortunas. Sólo la administración del metro bajo el control de sus trabajadores (operadores, taquilleras, trabajadores de limpieza y administrativos) y echando a sus directivos (que se quedan con millones de pesos) podría poner en marcha una eficiente plan para dar servicio de calidad a los millones que cada día se trasladan, así como mejores condiciones laborales y de seguridad.

Esto debería exigir también la participación de usuarios. De esa manera los proyectos serían de calidad y se evitaría la corrupción. Esto en perspectiva de imponer una administración del transporte público bajo control de los trabajadores.






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