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Trump y Clinton en la recta final

Un final explosivo: escándalos, acusaciones cruzadas y guerra de encuestas. Se achica la diferencia entre Clinton y Trump y todo apunta a un resultado voto a voto. ¿Quién se queda con la Casa Blanca?

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Domingo 6 de noviembre de 2016

El final de campaña que nadie soñó a comienzos de 2016. Una campaña presidencial que estuvo atravesada de principio a fin por la crisis del sistema bipartidista y el descontento extendido con el establishment político y financiero. Esta crisis se transformó en la ventaja de Trump y el obstáculo de Clinton.

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Después de derrotar a los 16 contendientes de la primaria republicana, Donald Trump se transformó en el candidato y el vocero de la bronca antiestablishment.

Hillary Clinton no tuvo el camino de rosas que había imaginado en la interna demócrata y, en cambio, enfrentó una pelea larga con el senador Bernie Sanders, que despertó un entusiasmo en la juventud, comparable (incluso más importante en varios aspectos) con el que generó Barack Obama en 2008.

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El partido demócrata cuenta con el apoyo de sectores electorales clave como las mujeres, la juventud y las comunidades latina y afroamericana. Pero tiene una candidata cuestionada y señalada como la imagen misma del establishment político: ex primera dama, exsenadora, ex secretaria de Estado; lo que parecía ser un activo para Clinton, su experiencia, se transformó en su contrario a la luz de la crisis política.

Los últimos días, los demócratas usaron toda su “artillería pesada”, incluidos Michelle y Barack Obama, las dos figuras más populares que tiene el partido. El propio Obama salió a hacer campaña por Hillary en los principales estados peleados como Carolina del Norte y Florida. Aunque sus dos gobiernos no cumplieron las promesas de reforma migratoria ni mejoraron la situación de la comunidad negra que, al contrario, vive las peores consecuencias del racismo institucional, Obama llamó a los sectores que lo llevaron al poder en 2008 a confiar en Clinton.

La principal, y casi única, ventaja de Clinton fue, es y será hasta el 8N, Donald Trump, y su principal problema, Hillary Clinton.

El partido republicano llegó desangrado a la campaña presidencial. Las primarias terminaron de sellar la profunda crisis que atraviesa el partido que se vió acelerada desde el surgmiento del movimiento derechista Tea Party hace unos años. Donald Trump, que corría como perdedor en las primarias, terminó nominado pero sin el apoyo del establishment y con varias figuras prominentes del partido anunciando que votarán por Clinton.

Su retórica hacia el electorado se basó en dirigirse a los sectores que perdieron con el neoliberalismo, especialmente a los sectores blancos, trabajadores y pobres que se sintieron relegados y despreciados por las elites de Washington y Wall Street. Mediante su discurso misógino, xenófobo y racista, Trump explota los peores miedos y prejuicios de estos sectores.

Trump se transformó en el principal miedo de esas elites y del establishment, no solo republicano, sino de las altas esferas del poder político y económico. Por ese motivo, vimos durante toda la campaña a exasesores de seguridad, exfuncionarios, legisladores y empresarios expresar su alarma y su apoyo a Clinton.

Las últimas encuestas muestran que los resultados del 8N no están cantados. Aunque Clinton encabeza las encuestas nacionales, todavía pelea muchos estados (que son clave en el sistema estadounidense por ser una elección indirecta con Colegio Electoral).

La campaña demócrata ha dilapidado gran parte del capital político que representa el miedo a que gane Trump, que a pesar de haber caído luego de la catarata de acusaciones de acoso y abuso sexual, se mantiene competitivo y supo capitalizar el último (¿último?) escándalo por el anuncio del FBI sobre los nuevos correos de Clinton.

Las matemáticas electorales prometen una noche electoral sin definiciones rápidas ni resultadlos cantados.

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