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CONTRAPUNTO
#8M El movimiento de mujeres frente a la extrema derecha y los “cantos de sirena” del progresismo

Ilustración: Diógenes Izquierdo

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Este 8M masivas manifestaciones del movimiento de mujeres han inundado las calles de importantes ciudades del mundo. Desde Madrid y Barcelona a Roma, Río de Janeiro, Santiago de Chile, Buenos Aires, México DF, Estambul, Lisboa y Berlín, una ola global por los derechos de las mujeres, de las trabajadoras, de las migrantes y personas LGTBI hizo temblar la tierra en una nueva huelga internacional de mujeres. Un grito internacional contra la violencia patriarcal, pero también contra la precariedad laboral, el racismo y precariedad general de la vida que impone el capitalismo a miles de millones de mujeres en todo el mundo.

Si la irrupción del movimiento de mujeres estuvo marcada por la lucha contra las múltiples violencias machistas, este año, el movimiento marca un nuevo hito también como una respuesta al crecimiento de la extrema derecha y los populismos reaccionarios que defienden políticas antigénero, de xenofobia, racismo y ataques a conquistas sociales de la clase trabajadora.

En el Estado español se vivieron las manifestaciones más masivas a nivel mundial: 400.000 personas en Madrid, 250.000 en Barcelona, 200.000 en Zaragoza y otros cientos de miles en Andalucía, el País Vasco, Galicia, Valencia y la mayoría de las comunidades. El movimiento de mujeres 8M en el Estado español se define como un movimiento “antipatriarcal, anticapitalista, antirracista, anticolonial y antifascista” y ha incorporado muchas reivindicaciones de las migrantes y contra la precariedad laboral a su programa. La huelga de mujeres -convocada como huelga laboral, de cuidados, estudiantil y de consumo- se sintió muy fuerte durante toda la jornada en el sector educativo, donde se vaciaron institutos y universidades, y con impacto en la sanidad y entre funcionarios públicos. Aunque en menor proporción, la huelga también paralizó muchas empresas privadas altamente feminizadas. Los sindicatos mayoritarios CCOO y UGT cifraron el seguimiento de la huelga en 6 millones de personas. Habían convocado paros de dos horas por turno, aunque en Federaciones como Enseñanza la huelga fue de 24 horas con un altísimo acatamiento, mientras que la izquierda sindical convocó huelga de 24 horas. Por la mañana hubo piquetes de trabajadoras frente a centros de trabajo. En Barcelona, las camareras de piso organizadas en Las Kellys, junto a jóvenes y estudiantes, recorrieron sedes de grandes cadenas hoteleras que explotan a sus trabajadoras con trabajos precarios. También tuvieron visibilidad los piquetes informativos de trabajadoras frente a sedes de grandes bancos y comercios en Madrid, en el puerto de Bilbao y en muchas empresas.

En Argentina, más de 100.000 personas se movilizaron por el centro de Buenos Aires donde miles de pañuelos verdes se agitaron al grito de “aborto legal para no morir”. En ese país, la jornada se inició con una acción reivindicativa de las trabajadoras despedidas de Coca Cola, acompañadas por trabajadoras de la metalúrgica SIAM en lucha, del Hospital Posadas, del metro, telefónicas y docentes, junto a diputadas del PTS en el Frente de Izquierda. “Los despidos también son violencia” era una de sus consignas. Santiago de Chile vivió una de sus manifestaciones más grandes de mujeres en las últimas décadas. Y en el Brasil de Bolsonaro, decenas de miles marcharon en las principales capitales del país. En San Pablo más de 10.000 mujeres se manifestaron contra la ofensiva derechista y homófoba del gobierno, exigiendo justicia por Marielle Franco, a pocos días de que se cumpla el primer aniversario del asesinato de esta diputada de izquierda y activista LGTBI.

El movimiento Non Una Di Meno convocó manifestaciones en varias ciudades italianas, reuniendo más de 40.000 manifestantes en Roma. Las mujeres, apoyadas por sindicatos y organizaciones de migrantes, protestaron contra las políticas misóginas y xenófobas del gobierno de Salvini (Liga-Cinco Estrellas). Pocos días antes había tenido lugar una masiva manifestación de más de 100.000 personas en Milán contra el racismo y las políticas de la extrema derecha, llamada por cientos de colectivos de migrantes, sindicatos y partidos, incluyendo al PD del exprimer ministro Renzi.

Pero la novedad este año en Europa ha sido la convocatoria a la huelga feminista en países como Portugal, Bélgica y Alemania. En Berlín, 40.000 personas se reunieron para declarar el 8 de marzo “un día de combate para las mujeres”, con una masividad que no se veía desde hace décadas. El gobierno de la ciudad, en manos de la coalición centroizquierdista del SPD- Verdes-Die Linke decretó día de fiesta en la capital alemana. En Bruselas, el colectivo 8Maars sumó a más de 15.000 manifestantes detrás de la consigna “todas en huelga”. En Francia, donde el movimiento de los chalecos amarillos viene sosteniendo contundentes acciones callejeras durante todos los sábados desde hace más de tres meses, este 9 de marzo han sido las mujeres de los Gillet Jeunes las que han dado un paso al frente, confluyendo en una gran manifestación con sectores del movimiento feminista.

Las mujeres argelinas se pusieron al frente, este 8M de las impresionantes manifestaciones que hace varias semanas conmueven al país del norte de África, contra los anuncios de un quinto mandato presidencial de Bouteflika. “"Solo podremos tener los derechos que merecemos como mujeres si el régimen cambia. En Argelia las mujeres estamos discriminadas doblemente, por el gobierno y por la propia sociedad", explicaba una manifestante.

En Estambul, una multitudinaria manifestación nocturna de mujeres fue reprimida violentamente. Previamente, un fuerte operativo policial había bloqueado con barricadas todas las calles adyacentes al punto de concentración. Las mujeres trabajadoras de la fábrica de cosméticos Flormar, que llevan 295 días en lucha desde que fueron despedidas por intentar organizarse sindicalmente, protestaron otra vez frente a las puertas de la empresa: “Solía pensar que el 8 de marzo tiene que ver con comprar flores y dárselas al otro. Mientras resisto aquí, he aprendido la historia del 8 de marzo. El 8 de marzo, de hecho, significa resistencia”, aseguraba ante la prensa Aylin Bülbül, una de las trabajadoras sindicalizadas que fue despedida.

En Estados Unidos, las acciones no han tenido un carácter masivo como cuando hace dos años miles de mujeres se movilizaron en la multitudinaria Women’s March a Washington contra la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. En ese país, sin embargo, viene habiendo un incremento de las huelgas protagonizadas por mujeres, como entre las maestras, enfermeras y trabajadoras de los hoteles.

Aún con grandes desigualdades a nivel global, el movimiento de mujeres es un profundo fenómeno de dimensión internacional y las celebraciones del 8 de marzo han adquirido un carácter mucho más masivo y militante que en décadas previas, expresando como catalizador un conjunto de malestares sociales. A un lado y otro del mundo destaca la participación de la juventud: nuevas generaciones que salen a la lucha y se politizan a través del movimiento de mujeres, que participan en las marchas contra el cambio climático en varias ciudades de Europa o que son parte de aquellos que adhieren a la idea del socialismo -aunque sea forma sentimental- en Estados Unidos.

Las derechas y el género: como blanco de ataque o como excusa para políticas reaccionarias

Una semana antes del 8M, un bus azul muy particular salió a recorrer las calles céntricas de Madrid y otras ciudades españolas. Pintada en tamaño gigante, podía verse una imagen de Hitler, con los labios pintados de rojo y el símbolo feminista en su frente. A su lado, una frase: “No es violencia de género, es violencia doméstica. Las leyes de género discriminan al hombre”. La organización misógina y homófoba “Hazte Oír” había sacado a pasear este bus con el lema #StopFeminazis para exigir a los partidos de la extrema derecha y la derecha española que si llegan al gobierno deroguen las leyes de violencia de género. Argumentos en el mismo sentido antifeminista se repiten en formaciones de extrema derecha en varios países.

En un contexto político mundial de grandes polarizaciones a derecha e izquierda, con la crisis de los partidos del “extremo centro”, los populismos de derechas despliegan un discurso que cuestiona a los “partidos tradicionales” y que apunta contra la corrupción o las consecuencias de la crisis. Más allá de matices entre ellos, todos lo hacen desde posiciones xenófobas, convirtiendo a los inmigrantes en el blanco principal de sus ataques. Pero muchas de estas formaciones también se atrincheran en posiciones “antigénero” y se ubican a la vanguardia de una reacción conservadora frente al ascenso del movimiento de mujeres.

La antropóloga española Nuria Alabao [1] señala que “para algunos autores, el ‘género’ en estos movimientos sirve como ‘pegamento simbólico’ en el campo conservador y de extrema derecha, lo que les permite actuar conjuntamente y establecer agendas sobre las que proyectar sus opciones políticas en otros ámbitos. Una suerte de ‘guerra cultural’ con la que pueden ganar posiciones a los partidos liberales”. En esta tipología se puede incluir a diferentes grupos, desde corrientes de la Alt Right en Estados Unidos con medios digitales como Breitbart -cuyo expresidente ejecutivo fue el derechista Steve Bannon-, Donald Trump, Bolsonaro, Salvini en Italia, la extrema derecha conservadora de Jobbik en Hungría o Vox en el Estado español. Estos sectores expresan posiciones abiertamente reaccionarias hacia las libertades democráticas y derechos conquistados por las mujeres en las últimas décadas, abogando por volver a un modelo de familia más tradicional y por la derogación de las leyes de matrimonio igualitario, contra el derecho al aborto o por la derogación de las leyes de violencia de género. Pretenden restituir relaciones patriarcales más tradicionales, que vuelvan a situar a las mujeres como “ángeles del hogar”, al mejor estilo de la sección femenina del franquismo.

Pero existe también otro tipo de instrumentalización del género por parte de la extrema derecha, que es utilizar la supuesta defensa de los derechos de las mujeres, para fortalecer políticas de xenofobia, racismo o islamofobia. El ejemplo paradigmático es Marine Le Pen en Francia, o Alternativa por Alemania, que tuvo a su cabeza hasta hace poco a Frauke Petry y que tiene entre sus filas a una diputada abiertamente lesbiana, Alice Weidel. Para estos sectores, la defensa de las “mujeres occidentales” y sus “libertades” pasa por aumentar las políticas de expulsión de los inmigrantes -hombres, mujeres y niños- ya que estos serían una amenaza para los valores “igualitarios”, “laicos” y “democráticos” de Europa. Las políticas de prohibición del velo en Francia, o la instrumentalización de casos de violencia de género en Italia contra los inmigrantes por el gobierno de Salvini, van en este mismo sentido. En muchos casos, esta “extrema derecha renovada”, tiene un acercamiento al feminismo que se podría asimilar más con los valores que defiende el feminismo liberal o un feminismo esencialista identitario con fuertes rasgos racistas e imperialistas.

Otras derechas se posicionan más abiertamente en la defensa de un feminismo liberal, como es el caso de Ciudadanos en España, o los partidos conservadores franceses y alemanes. Un feminismo que en Estados Unidos estuvo representando por la figura de Hillary Clinton, quien se ponía a sí misma como ejemplo de que las mujeres podían “romper los techos de cristal”. En el año 2013, la CEO de Facebook, Sheryl Sandberg, publicó el libro Lean in: Women, Work, and the Will to Lead. (Vayamos adelante: Las mujeres, el trabajo y la voluntad de liderar, Conecta). Lean In figuró en la lista de los libros más vendidos en Estados Unidos durante varios meses y fue traducido a varios idiomas. En su trabajo se resumen los valores de un feminismo meritocrático e individualista que propone “empoderar” a las mujeres por la vía de la “confianza en una misma”, junto con la presión por la obtención de cuotas en los órganos de administración de las empresas y otras medidas similares. Cabe señalar que Sandberg figura en la lista de las mujeres más ricas de Estados Unidos, donde en el año 2018 ocupaba el doceavo puesto, con una fortuna personal de U$S 1500 millones. Este mismo tipo de feminismo liberal y corporativo es defendido en el Estado español por Ana Botín, presidenta del grupo Santander. Este 8M, un piquete de mujeres quiso ingresar a la sede central del Banco Santander en Madrid para informar a las trabajadoras de su derecho a huelga. La seguridad del banco prohibió la entrada al comité de huelga. Las trabajadoras respondieron cantando: “Ana Botín no es feminista” y denunciando el despido de trabajadoras embarazadas. Una escena que valió más que mil palabras para impugnar el carácter reaccionario del “feminismo liberal”.

Movimiento de mujeres, “neoliberalismo progresista” y políticas del “mal menor”

Hacer un recorrido por los diferentes “usos” del feminismo es necesario, ya que desde diversas corrientes políticas burguesas -no sólo de la derecha y la extrema derecha, sino también social liberales y progresistas- se intenta capitalizar o instrumentalizar el movimiento para fortalecer sus estrategias políticas. Más aún en momentos electorales. Muchos analistas del movimiento de mujeres lo muestran intencionalmente como si fuera un fenómeno homogéneo, sin contradicciones ni luchas políticas a su interior. Sostienen la idea de que es un movimiento que por sí mismo -sin desarrollar elementos de radicalización de su programa político y sus métodos de lucha- puede convertirse en un freno o una alternativa a las políticas de la extrema derecha. Y en este sentido, sobre todo, actúan las tendencias políticas que buscan fortalecer alternativas de “mal menor” contra la extrema derecha y que, por lo tanto, pretenden que el movimiento de mujeres modere sus consignas, se torne más “trasversal” (‘ni de derechas ni de izquierda’) y renuncie a objetivos mayores, para poder traducirse en el terreno electoral de forma mayoritaria.

La irrupción de la ultraderecha de Vox en las elecciones regionales de Andalucía, y las proyecciones electorales que muestran que podría ingresar al Congreso de los Diputados en las próximas elecciones generales del mes de abril, han fortalecido enormemente los discursos del “malmenorismo” en la izquierda española y entre los movimientos sociales. De este modo, en estos días se multiplican los periodistas, analistas y opinólogos que sostienen que las enormes movilizaciones del 8M deben expresarse en el ámbito electoral para frenar el ascenso de la extrema derecha. Es decir, garantizar las condiciones para que pueda formarse un nuevo gobierno del PSOE apoyado por Unidos Podemos.

Las propuestas del “mal menor” defienden que el “neoliberalismo progresista” del PSOE es la única alternativa frente al fantasma de la extrema derecha. Pero esconden el hecho elemental de que es el propio PSOE el que defiende políticas reaccionarias que solo abren el camino a la radicalización de la derecha. La defensa del PSOE de las políticas austeritarias de la Unión Europea, las leyes represivas como la Ley mordaza o el encarcelamiento de los presos políticos catalanes, el mantenimiento de los CIEs como cárceles para migrantes y las expulsiones exprés en las fronteras, la defensa de los intereses de la banca y los especuladores financieros e inmobiliarios, mientras miles de familias son desahuciadas de sus casas, la continuidad de las reformas laborales precarizadoras de Zapatero y el PP, son solo algunos ejemplos. Las políticas del “feminismo de la igualdad” que defiende el PSOE, no son otra cosa que la versión progre de la impostura feminista liberal que defienden sectores de la derecha. Las condiciones materiales de la vida de millones de mujeres siguen siendo vulneradas por la precariedad laboral, el desempleo, la violencia machista y la falta de presupuestos para casas de acogida. Las políticas neoliberales de recortes en sanidad, educación y dependencia recaen principalmente sobre las espaldas de las mujeres pobres. Las trabajadoras del hogar siguen exigiendo que se les reconozcan derechos laborales elementales y las migrantes siguen sufriendo la triple opresión por ser mujeres, trabajadoras y racializadas.

Ante esta realidad, las políticas del “mal menor” que proponen desde Unidos Podemos y las llamadas “confluencias” en distintas ciudades del Estado, apoyando un gobierno “progresista” con el PSOE, solo pueden llevar a nuevas frustraciones.

Intentos similares de fortalecer políticas de “mal menor” contra la extrema derecha también están presentes en otros países, desde los intentos del Partido Demócrata en Estados Unidos de recomponer ese partido liberal por la vía de una cooptación del movimiento, a los intentos del PD en Italia de resurgir a través de las movilizaciones contra la extrema derecha, o la política para fortalecer electoralmente al PT en Brasil contra Bolsonaro o el rol del kirchnerismo en Argentina, pasivizando al movimiento de mujeres detrás de una política de alianzas conservadoras dentro del peronismo.

Pero si la vía del recambio electoral con los sectores “progresistas” o “democráticos” del establishment capitalista ya se han mostrado en los últimos años como una trampa con resultados catastróficos, surge entonces la urgente necesidad de responder a la pregunta de cómo enfrentar a la extrema derecha y qué desafíos puede plantearse el movimiento de mujeres. Porque no se trata solo de defender posiciones desde la resistencia frente a los ataques reaccionarios de la extrema derecha “antigénero”, sino también de enfrentar las trampas del feminismo neoliberal, ya sea en sus versiones más conservadoras o con sus rostros más “progresistas”.

La alternativa pasa por fortalecer un movimiento internacional de mujeres que sea anticapitalista, antirracista, de clase y revolucionario. Es decir, que radicalice la lucha de clases y adopte un programa para dar una salida a la crisis actual cuestionando las ganancias de los capitalistas y proponiendo una serie de medidas transitorias que permitan unificar las fuerzas de todas y todos los oprimidos junto a la clase trabajadora, contra este sistema capitalista y patriarcal. Las feministas socialistas de Pan y Rosas consideramos que la lucha contra el patriarcado, el racismo y todas las opresiones es inseparable de la lucha contra el capitalismo, y, por lo tanto, necesita ser parte de la lucha por la expropiación de los expropiadores y por la construcción de una sociedad socialista.

 
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