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14 de marzo de 2019 Twitter Faceboock

VATICANO
Jorge “Francisco” Bergoglio, seis años de mentiras irradiadas desde Roma
Daniel Satur | @saturnetroc

Al igual que con los abusos sexuales, el papa argentino tiene un método particular para buscar que siempre el Vaticano caiga políticamente bien parado. La defensa de las riquezas, una clave del “papa de los pobres”.

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“Cómo me gustaría una iglesia pobre y para los pobres” (Roma, 16 de marzo de 2013, hablándole a muchas personas ricas que lo aplaudían).

“No se dejen llevar de las narices por los zurdos que son los que armaron la cosa. No sean tontos. Abran su corazón a lo que Dios dice y no se dejen llevar por las macanas que dice toda esa gente” (Roma, 6 de mayo de 2015, hablándole a víctimas de abusos sexuales de Chile).


La noche del 13 de marzo de 2013 en Argentina el tradicional “Habemus Papam” emitido desde Roma generó un sismo. El cardenal Jorge Mario Bergoglio se convertía en el primer prelado de América Latina (y el primero no europeo) en sentarse en el sillón de San Pedro. O lo que es lo mismo, en asumir como máximo monarca de uno de los estados más chicos y ricos del mundo.

Su primer golpe de efecto fue autobautizarse Francisco, en honor al austero y empobrecido santo de Asís, motivando a las usinas de merchandising clerical a remover las simbologías y dar rienda suelta a las estampitas, gorros, banderas y vinchas del “Papa de los pobres”.

Es que desde el primer minuto de su papado, Bergoglio asumió el desafío para el que lo eligió la cúpula eclesiástica: cambiarle la fachada a la Iglesia en medio de una profunda crisis plagada de escándalos, crímenes y corrupción. Crisis originada desde el seno mismo de la institución y de la que unos pocos ejemplos fueron ventilados por los Vatileaks, causantes en última instancia de la renuncia del alemán Joseph “Benedicto” Ratzinger.

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Como si, apenas ungido papa, una mano sobrenatural hubiera intervenido algunas conciencias, en Argentina Bergoglio pasó de ser un fiel exponente de la derecha eclesiástica reaccionaria a un símbolo de paz y unidad nacional. Hasta le hallaron dotes carismáticas y un halo de progresismo que, dijeron, venía de décadas atrás.

Esos cambios tienen protagonistas muy conocidos, sobre todo en el peronismo de corte kirchnerista que siempre hizo pie en el discurso de los derechos humanos y la zaraza de la “redistribución de la riqueza”. Para no hablar de la burocracia sindical, que más que conversión pareció haberse enamorado perdidamente de Su Santidad.

Pero Bergoglio nunca dejó de ser lo que siempre fue. A los 77 años (cuando lo encumbraron en la Plaza San Pedro), justo él no iba a andar cambiando su esencia. Por eso la mentira, la hipocresía y el engaño siguieron siendo sus más fieles acompañantes luego del 13 de marzo de 2013.

Pese a que no sorprende, cuesta leer en un diario como Página|12 una loa tan desmedida a Jorge Bergoglio como la que se escribió este miércoles de aniversario papal. Con la firma del colega Washington Uranga, el diario “progre” de Buenos Aires destaca que “Francisco puso su prioridad en una iglesia que mire a la realidad de los pobres, de los desplazados de todo tipo, crítica del mundo capitalista y preocupada por el cuidado del ambiente”.

No es que dice lo que quiere aparentar Bergoglio, sino que afirma que Bergoglio tiene genuinamente esas preocupaciones. Y si bien reconoce que “pocos han sido los cambios reales”, culpa de esas limitaciones franciscanas a las “serias resistencias” de “parte de los sectores más conservadores” de la Iglesia. Pobre Pancho.

El escriba debería reconocer al menos dos cosas. Por un lado, que a Bergoglio lo eligieron esos mismos cardenales a los que ahora les adjudican zancadillas y conspiraciones. Por otro, que en todo caso las traiciones, vendettas y pujas internas están en el ADN de la Santa Iglesia Católica, por los siglos de los siglos. Y ambas cosas Bergoglio las sabe. Y las acepta sin chistar.

Pero aún si no las aceptara, aún si renegara de ellas, en su misma carrera eclesiástica quedaría enredado, toda vez que aquello que condena de la boca para afuera él mismo lo hizo en su propio beneficio o encubrió a quienes lo hicieron.

Abusos y poder

Página|12 afirma que, “sin duda, lo que más desvela hoy al Papa es la gravedad del problema de la pedofilia”. Para eso se basa en las recientes declaraciones de Francisco, donde habló del “dolor y la pena insoportable que causa en todo el cuerpo eclesial la ola de los escándalos de los que los periódicos del mundo entero están llenos”.

Obviamente si no se quiere perder los privilegios del acceso a las alfombras vaticanas, nadie con llegada a Bergoglio se atrevería a preguntarle el por qué, si las cosas son como él las dice a la prensa, lleva años encubriendo tenazmente a criminales sexuales de la talla de Julio Grassi, Edgardo Storni (ya fallecido), Justo José Illaraz, Nicola Corradi, Horacio Corbacho, Héctor Giménez, Eduardo Lorenzo, Agustín Rosa Torino, Gustavo Zanchetta y decenas y decenas de curas argentinos (algunos de ellos obispos y capellanes) con investigaciones canónicas que siempre terminaron decretando inconsistentes inocencias.

Ni siquiera a los poquísimos curas condenados en estrados judiciales Bergoglio los echó de la Iglesia. Aunque a decir verdad, si no excomulgó al genocida Christian Von Wernich, condenado por delitos de lesa humanidad, ¿a título de qué excomulgaría a un puñado de “desviados” que cayeron presas del “pecado” y la “tentación”?

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Sin vergüenza, hoy Francisco pide perdón a los cuatro vientos pero al mismo momento sella con los suyos un pacto de extrema confidencialidad para la salvación terrenal. Es que si por algunos miles de abusos en Estados Unidos el Vaticano debió desembolsar hasta ahora U$S 4 mil millones, ¿cuánto les costarían a las arcas de Roma indemnizaciones similares por los millones de crímenes cometidos por miles de sus protegidos en los cinco continentes a lo largo de tantas décadas?

Nadie debería dudar de que el pedido de perdón golpeándose el pecho es una hábil maniobra para conjurar la bancarrota del reino que conduce, buscando convencer a las víctimas de que semejantes “errores” fueron involuntarios y así obtener algo de piedad y mucho de condonación.

Derechos y Humanos

Francisco no dudó en fotografiarse en Santa Marta con Hebe de Bonafini y con Estela de Carlotto, íconos del movimiento por los derechos humanos de Argentina, referentes de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, respectivamente. Hizo público un mensaje solidario a Milagro Sala, detenida en Jujuy como parte de una política de criminalización de la protesta social. Y hasta canonizó a monseñor Angelelli.

Parece que el papa se siente inmune ante los archivos, aún aquellos que desmienten de plano el supuesto pasado de resistencia a la dictadura. Cuando tenía 40 años, siendo cabeza de la congregación Jesuita de Argentina, al menos una vez supo del secuestro de una bebé por parte de los militares que habían dado el golpe del 24 de marzo de 1976. Y no solo no hizo nada, sino que colaboró con la maquinaria del terror.

Estela de la Cuadra conserva una carta de puño y letra de Bergoglio, escrita en 1977. Allí el provincial jesuita se mostraba dispuesto a interceder para lograr dar con el paradero de Ana Libertad, hija de Elena (la hermana de Estela hoy desaparecida) y nieta de Licha de la Cuadra, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo. Nada menos.

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En “democracia”, Bergoglio testimonió dos veces en causas por delitos de lesa humanidad. Primero en noviembre de 2010, en la megacausa ESMA y por los secuestros de los curas Francisco Jalics y Orlando Yorio, ocurridos cuando él era superior de ellos. Después en junio de 2011, en el juicio por el plan sistemático de robo de bebés.

Bergoglio quiso hacer uso del privilegio exclusivo que le daba el Código Penal por su condición de cardenal y propuso atestiguar por escrito. Pero las querellas reclamaron que se le tomara declaración en el Arzobispado de Buenos Aires. Querían preguntarle cara a cara.

Allí fueron la abogada Myriam Bregman y su colega Luis Zamora en representación de las familias denunciantes. Pero solo obtuvieron evasivas y vaguedades de parte de Bergoglio. Consultado sobre cuándo había escuchado por primera vez del secuestro de bebés en dictadura, respondió “hace poco, hará diez años…”. ¿En 1990? ¿Y la carta que escribió en 1977, Su Santidad?

Zanahorias y garrotes

Volvamos a Página|12. En su evaluación de los seis años de papado, Uranga afirma que “el Papa incorporó como parte de su misión la tarea de contribuir a la paz en el mundo”, avanzando “en mediaciones y diálogos con los líderes mundiales”. A juzgar por las gestiones de Bergoglio en dos casos emblemáticos de América Latina, Cuba y Venezuela, esa conclusión suena un tanto llamativa.

En el caso de la isla caribeña, la “mediación” y “diálogo” de Francisco fueron totalmente funcionales a los intereses imperialistas de Estados Unidos. Obama le terminó agradeciendo enormemente su apoyo para buscar la aceleración de la restauración capitalista, liquidando una a una, con el aval de la burocracia castrista, las conquistas de la Revolución Cubana aún en pie.

En el caso de Venezuela, Bergoglio se declaró en estado de “neutralidad positiva”, avalando en los hechos el intento de golpe de Estado digitado por Donald Trump y apoyado por las derechas latinoamericanas del Grupo de Lima. A espaldas del pueblo trabajador venezolano, verdadera víctima de la crisis económica y social, se ofreció como mediador entre el régimen de Maduro (a quien pasó de llamarlo “presidente” a llamarlo “señor”) y la derecha proyanqui que quiere desbancarlo.

Mentiras y relato

Encubrimiento de miles de abusos sexuales, lo que denota una verdadera política de sometimiento al rebaño precoz. Consustanciación con los hacedores del terror de los centros clandestinos, de las desapariciones y del robo de criaturas recién nacidas. Intervención en la política internacional como garante de la paz, de la paz de los cementerios.

Habrá que sumar los múltiples negociados mafiosos en los que interviene el Vaticano como parte interesada.

Lógicamente, también la cruzada clerical contra el derecho elemental de las mujeres a acabar con embarazos no deseados, lo que en los hechos significa avalar el gran negocio privado del aborto clandestino y la muerte cotidiana de niñas, adolescentes y mujeres.

Y, desde ya, la vocación de seguir interviniendo coercitivamente para imponer sus propios valores en la educación del conjunto de la población, estigmatizando y avalando la desigualdad de las disidencias sexuales.

Pese al intento de quienes quieren ver en Francisco la representación viva de un garante de la búsqueda de justicia para los buenos y de lucha contra los malos, seis años de papado son más que suficientes para concluir que Jorge Bergoglio sigue siendo el mismo de siempre. Con sus mismas mañas y con sus mismos métodos.

 
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