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10 de febrero de 2020 Twitter Faceboock

OPINIÓN
And the Oscar goes to... el fantasma de la lucha de clases: Parasite, Joker y la política en EE. UU.
Juan Ignacio Román | Sociólogo-Becario Conicet Candidato al Consejo Directivo FCPYS por Egresados

¿Qué puede expresar que Parasite y Joker sean las dos grandes ganadoras de la industria cultural hegemonizada por EEUU? Ambas películas tratan sobre la lucha de clases, las desigualdades y las marcas que estos fenómenos dejan en las historias de vida familiares de los “de abajo”, en su salud mental, en sus relaciones afectivas e –incluso- en como huelen. Pero también retrata la vida de los ricos.

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Ya sea como en Joker, donde admiramos a los famosos y poderosos viendo la tele y leyendo los diarios, asistiendo como colados a sus fiestas -como la gala organizada por Thomas Wayne (padre de Bruce) o generando estallidos violentos contra las injusticias sociales. O que conocemos porque cocinamos sus comidas, lavamos sus platos, los llevamos a sus casas o educamos a sus hijos, como relata muy bien la película Parasite.

Si todo fenómeno cultural es expresión mediada de lo que sucede en el mundo, debemos pensar qué resortes de la realidad muevan estas películas que las hacen un “éxito”. ¿Cómo cobra importancia “universal” un fenómeno que expresa la vida particular de dos familias en Korea del Sur o la vida de un outsider que intenta insertarse en una ciudad decadente inventada como Gótica? Si comparamos los presupuestos de Joker de 62.5 millones de dólares contra la producción de Parasite de 11 millones de dólares, cabe preguntarse cómo logró colarse esta película nada menos que en la premiación de la gran industria mundial del cine. En palabras del director de Parasite donde cuenta que solo quería relatar un sentimiento muy profundamente surcoreano y que “luego de proyectar el filme, todas las respuestas de audiencias diferentes eran básicamente la misma, lo que me hizo comprender que el tema es universal”, explicó el director. “Esencialmente todos vivimos el mismo país llamado capitalismo”, sentenció el director que además de obtener el premio a mejor película extranjera y mejor guion original, se convirtió en la primera película de no habla inglesa en ganar la estatuilla como mejor película.

EEUU en el reflejo de los Oscars

Si la premiación no es ajena al contexto social y político. Los Oscars también expresan como se procesan los conflictos dentro de EEUU. Ejemplos de esto fue como ante el impacto de los fenómenos del racismo y el crecimiento de los movimientos raciales como el Black Lives Matter, el cine empezó a tomar la cuestión racial y dio premios a mejor película a 12 años de esclavitud (premiada 2013), Moonlight (2016) y Greenbook (2018).

La entrega de este año no dejo de tener polémica. La presentación del vestido de Natalie Portman donde tenía bordado los nombres de las directoras que no fueron nominadas a mejor dirección, denunciando así el machismo que existe en la academia a la hora de proponer las premiaciones. Hagamos el homenaje: Greta Gerwig (‘Mujercitas’), Lulu Wang (‘The Farewell’), Lorene Scafaria (‘Estafadoras de Wall Street’), Marielle Heller (Un amigo extraordinario), Mati Diop (Atlantique) y otras más, bordadas en la prenda de la actriz. Incluso el mismo Joaquín Phoenix al recibir la estatuilla por mejor actor recordó las injusticias de género, raciales y ambientales en el mundo. Otra perlita de la premiación fue cuando la ganadora a mejor documental, Julia Reichert por "American Factory" – producida por la pareja Obama-, dijo “los trabajadores la tienen muy difícil y más difícil en estos días – y creemos que las cosas mejoraran cuando los trabajadores del mundo se unan”, parafraseando así a Karl Marx y metiéndose en la interna del partido demócrata.

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Todo esto no puede ser olvidado en particular en un año electoral en EEUU. El gobierno de Trump pudo sortear el intento de Impeachment por parte de la oposición demócrata y se mantiene como el único candidato del partido Republicano. Pese al incumplimiento de las promesas de volver a hacer grande EEUU producto del lento crecimiento de su economía desde la crisis del 2008 –pronostico que se mantiene para el año 2020. Se ven cada día más eclipsadas las expectativas por la crisis comercial con China. Sumado a esto, las aventuras imperialistas en Venezuela o la escalada bélica en Irán no prosperan, por el costo político interno que traía el primero, y por el enfriamiento de las relaciones con China, del segundo.

A esto se le suma una nueva ola de miles de jóvenes estadounidenses movilizados por la crisis ambiental y las posibilidades reales de que el planeta se vuelva inhabitable en el mediano plazo. Fenómeno que es parte del profundo cuestionamiento de las consecuencias del sistema capitalista. Incluso hace que estos vean con buenos ojos la idea del socialismo, como denunciaba hace unos años la revista The Economist. Todo esto nada menos que en EEUU, el corazón del funcionamiento de la economía capitalista mundial.

Ante estos procesos, los partidos políticos tradicionales están intentando capitalizar estos nuevos movimientos. Dentro de la interna demócrata, el candidato socialista Bernie Sanders, se posiciona como la figura favorita que no para de crecer en las encuestas. Con propuestas como “la universalización de la salud” y la condonación de las deudas a los millones de estudiantes universitarios, ha sabido darles espacio a demandas básicas tan sentida en la juventud estadounidense. Pese a que en materia de política exterior mantenga posiciones pro imperialistas como durante la guerra de Yugoslavia y Afganistán, o que existan serios límites de avanzar en un “New Green Deal” sin que se toque la matriz productiva y de consumo del país.

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Si reconocemos que los fenómenos culturales como los Oscars son expresión de una realidad, las dos películas dejan un mensaje poderoso para EEUU: vivimos mal, no estamos contentos y podemos hacer algo. El imperio huele lucha de clases.

 
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