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El ateneo de los excéntricos

Reseña sobre “La última navidad de Julius” de Edmundo Bejarano. Premio FIPRESCI y mención especial en la Competencia Latinoamericana del 18 BAFICI.

Sábado 23 de abril de 2016 | Edición del día

Una escena: un hombre entrado en años se sube al pasamanos de una plaza de juegos. Con una habilidad física sorpresiva se pone a hacer piruetas en el barral, flexiones de brazos con gracia y destreza. La cara del hombre muestra el avance del tiempo; su performance artística se gana, cuando pone los pies en el arenero, la mirada y el aplauso de los niños que detienen sus juegos para acercarse a darle la mano, felicitarlo, tratar de imitarlo, expresar su admiración. El viejo acróbata se llama Julio Barriga, fue albañil y peón toda su vida, es un erudito en poesía, escribe versos, homenajea poetas locales, cita a Borges con insistencia, le roba a Pavese y es fanático de Amy Winehouse. Fanático en serio, fanático mal, fanático perfecto.

La escena está en La última navidad de Julius , película sobre el último de los poetas malditos del Altiplano, y se puede ver el sábado 23 de abril en el Bafici y luego -tal vez, con suerte- en algún rincón de la web. En la película se ve al poeta punk de la Puna andar por las calles, los bares, la noche y el día de Tarija. Julius toma vino en damajuana, se trepa a los árboles, conversa con los vecinos que se asoman a su pieza y va citando en ese paso su heteróclita biblioteca de poesía occidental, de Ovidio a Cucurto, encarnando cuesta arriba la vida bohemia del poeta decadente: “Ya estás teniendo mucho rock and roll / con la misma camisa” dice uno de sus poemas, toda una declaración de principios y límites. En una pieza diminuta como el mítico cuarto de Van Gogh, la cámara hace proezas para poder registrar los trabajos y las noches de Barriga: sus movimientos de saltimbanqui, sus poemas (“casi te estás sintiendo parte/ de una embajada de la muerte”), la forma en que se afeita entre desperdicios en el lavadero común de la casa que ocupa, su amor por Amy Winehouse (“un ángel con alas de murciélago”, su musa de la mala pata).

El director de la película, Edmundo Bejarano, nació en 1978 en Bolivia y hoy vive en tránsito rimbaudiano entre las galerías de arte de Berlín y la remota Etiopía. Con “La última navidad de Julius” sella una trilogía delicada y vertiginosa sobre vida, poesía y amistad que había inaugurado con “Atolondrado” (sobre el itinerario migrante de Washington Cucurto) y que se continuaba en “Los lemmings contraatacan” (sobre Fabián Casas). El círculo detrás de escena se cierraahora con el cruce del poeta de Tarija y lo mejor del circuito under de La Plata, surgido de garages y antros nocturnos: Juan Rux de Festín Mutante, Javier Sisti Ripoll de 107 faunos y Santiago Motorizado de Él mató producen, ilustran y musicalizan la película.

De la obra de Julio Barriga la crítica ha dicho que algunos “se dejan seducir por la vida marginal que lleva el artista” y no tienen en cuenta la calidad “cuestionable” de su poesía. Esta película rebate ese argumento hilando secuencias que arrastran vida y obra, genio y figura, atravesadas por un aura de malditismo literario a la que el film no deja de profesar devoción.

¿Artista genial o loco del barrio? Muchos autores no son comprendidos a tempo por las academias ni por los centros de poder y prestigio. Algunos versos sólo son escuchados por oídos anónimos que no tienen nada que perder. Lo que esta película va construyendo es un ateneo de los excéntricos, un círculo de reconocimiento de marginales, malos y malditos, de los desclasificados, de aquellos cuyas palabras se perderían de no ser por las formas de ese reconocimiento desde abajo, de esa canonización lateral y alternativa, la de los jueces de la alcantarilla.

Aunque los diálogos cotidianos en Tarija no siempre sean fáciles de decodificar para el oído rioplatense, frente a cámara Barriga revisa papeles amarillentos y fotocopias y lee sus últimas composiciones en una lengua que, de pronto, no hay que esforzarse por entender, como si la poesía eligiera los escenarios más destartalados y polvorientos para hacer su entrada epifánica: “Ahora es la hora /de la mendicidad, del reciclaje/ de buscar versos en el basurero./ Heme aquí mientras trato/ de plasmar mi mentira en un espejo/ a la vista de nadie./ Ser poeta como una forma que te ofrece/ la vida de no ser en absoluto./ Seguirás siendo un resumen de la nada/ siempre abortando tu suicidio,/ rescatando una cotidianeidad/ que no tiene precio, que no vale”.




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