Juventud

MOVIMIENTO ESTUDIANTIL

1968: un movimiento contra la represión

Publicamos para nuestros lectores la cuarta entrega del análisis de Jimena Vergara sobre el movimiento estudiantil de 1968. Un análisis marxista.

Jimena Vergara

@JimenaVergaraO

Jueves 1ro de octubre de 2015

Como es sabido, el detonante inmediato del movimiento de 1968 es la represión. El régimen asentó su dominación sobre la base del garrote, reprimiendo de forma despiadada tanto a los trabajadores disidentes como a los estudiantes. Éstos últimos sufrían en lo cotidiano una suerte de “criminalización de la juventud”, siendo agredidos en conciertos, festivales y partidos deportivos por la policía. Del 22 al 30 de julio de 1968, la represión da un salto y también la respuesta de los estudiantes.

Después del “incidente” en la Ciudadela, donde un grupo de jóvenes de una preparatoria privada se enfrenta a estudiantes de las vocacionales y son agredidos por la policía, los siguientes días van a estar signados por la cada vez mayor intervención policial en preparatorias, plazas públicas y encuentros estudiantiles.

Con descaro, la policía capitalina arremete contra el IPN, las vocacionales, la preparatoria nacional número 5 y contra las movilizaciones estudiantiles del 26 de julio, a propósito de la conmemoración del asalto al cuartel Moncada y en repudio a la violencia policiaca.

La envergadura del ataque genera que los estudiantes ya no respondan pasivamente si no que se atrincheran, levantan barricadas y resisten en las instalaciones educativas con piedras, bombas molotov y desperdicios. Más importante aún, la escalada de violencia empuja a los estudiantes a organizar asambleas por escuela. Las viejas direcciones cooptadas por el PRI, como la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos, son desconocidas.

Como plantea Daniel Cazes: “En otra asamblea, la Escuela Superior de Economía del IPN acordó parar y convocar a huelga general desde el lunes 29. El Comité de Lucha exige: 1. Desaparición de la FNET. 2. Expulsión de sus dirigentes y de seudoestudiantes miembros del PRI y agentes del gobierno. 3. Desaparición de los cuerpos represivos. Se informó que 9 escuelas del IPN han integrado sus propios Comités de Lucha” (Cazes, 1993:25).

La policía capitalina no estuvo a la altura de la respuesta estudiantil, y el gobierno decide la intervención del ejército al tomar la preparatoria de San Ildefonso y la vocacional número 5, además de lanzar una ofensiva militar sobre otras instalaciones universitarias. Según el mismo Cazes, la madrugada del 30 de julio “soldados de la 1a. zona militar al mando del general José Hernández Toledo tomaron las Prepas 1, 2, 3 y 5 de la UNAM. Venían del Campo Militar No. 1 en yips, camiones y tanques ligeros, armados con bazucas y cañones de 101 mm. A bayoneta calada marcharon sobre los estudiantes que se refugiaron en sus escuelas (Cazes, 1993:30).

En la toma, los estudiantes resistieron heroicamente con lo que tenían a la mano, con ayuda de profesores y en algunos casos de los directores de los planteles, el saldo de la toma militar de San Ildefonso fue de 400 heridos y mil detenidos. Es en este momento cuando el rector Barros Sierra, producto de la presión estudiantil, repudió la violación de la autonomía e izó la bandera nacional a media asta en la explanada de rectoría. Se gestaba así, un extendido apoyo democrático a los estudiantes.

Por su parte, el aparato del régimen, incluido el charrismo sindical, se pronuncia a favor del gobierno. Fidel Velásquez, dirigente de la CTM plantea: “La CTM apoya las demandas de la clase estudiantil si se relacionan con sus intereses y se tramitan adecuadamente, pues vivimos en un régimen de derecho y no es admisible que grupos sociales pretendan romperlo aspirando a privilegios que no disfruta toda la población (…) la CTM expresa enérgica condenación al estudiantado dirigido por agitadores profesionales que quieren minar el orden y la autoridad del gobierno, y llama al estudiantado de todo el país para que rechace injerencias extrañas” (Cazes, 1993:37).

La propaganda mediática, es acompañada de detenciones clandestinas, tanto de dirigentes del Partido Comunista de México, como de activistas estudiantiles protagonistas de la defensa de las instalaciones universitarias. Pero la mecha está encendida: la represión actúa como acelerador del proceso estudiantil que cimbró al país y que concitó el apoyo de académicos y estudiantes por todos lados de la provincia. El primer ejemplo de la extensión del movimiento, se dio en la masiva marcha del 1º de agosto, encabezada por el entonces rector Barros Sierra, que aglutinó a más de 100 mil personas.

A pesar de la violenta represión, las desapariciones clandestinas y la toma militar de instalaciones universitarias, el movimiento estudiantil avanza en su cohesión y organización.

El 4 de agosto se publica masivamente el primer manifiesto de los estudiantes, que incorpora la firma de la UNAM, el IPN, Chapingo y muchas otras universidades públicas del país. El mismo, sintetiza los seis puntos del pliego petitorio: 1) Libertad a los presos políticos 2) Destitución de los generales Luis Cueto Ramírez y Raúl Mendiolea Cerecero, jefes de la policía capitalina y de Armando Frías, comandante de granaderos, 3) Extinción del cuerpo de granaderos, instrumento directo de la represión, 4) Derogación de los artículos 145 y 145bis del Código Penal (que tipifican el delito de disolución social), 5) Indemnización a las familias de los muertos y a los heridos víctimas de la agresión desde el viernes 26 de julio y 6) Deslinde de responsabilidades de los actos de represión y vandalismo por parte de la policía, granaderos y ejército.

“Todos somos el consejo”

En las asambleas de algunas escuelas no ocupadas por el ejército se resuelve la toma de instalaciones, asumiendo la iniciativa la Facultad de Economía. Se organizan cursos de formación política y económica y surge uno de los puntales fuertes del movimiento: las brigadas. Conformadas por entre tres y cinco estudiantes se desplazan por toda la ciudad a repartir volantes y hacer pequeños mítines informativos: mercados, plazas públicas, fábricas, colonias populares, se llenan de pequeños destacamentos de estudiantes (5).

En los mítines, un llamado y una expectativa se hace oír, Genaro Alanís, estudiante de vocacional plantea en una manifestación: “La historia de la represión iniciada en 1942 contra el IPN y recrudecida en 1956, cierra su más negro capítulo el 26 de julio de 1968”. Según Cazes en este mismo discurso, “se llama a “combatir el charrismo sindical y estudiantil y a depurar los sistemas viciados, mediante la unidad entre estudiantes y pueblo, porque ya es tiempo de que marchen juntos hasta la victoria” (Cazes, 1993:42).

En las escuelas han surgido asambleas, verdaderos órganos de decisión democrática que, mediante delegados electos, organizados en los Comités de Lucha, llevarán las resoluciones de la base al máximo órgano de decisión: el Consejo Nacional de Huelga (CNH).

El CNH aparece en la prensa por primera vez el 8 de agosto, en un comunicado donde se informa que el mismo, está compuesto por representantes del IPN y la UNAM en huelga y de las universidades de Sinaloa, Baja California, Tabasco, el Tecnológico de Veracruz y las Normales Rurales de todo el país. El CNH se pronuncia además por que la resolución del pliego petitorio se de a través del diálogo público.

El CNH es el elemento más avanzado de la insurgencia estudiantil de 1968. Utilizando un método característico de la clase obrera –que en momentos álgidos de la lucha de clases, se organiza en forma democrática para la toma de decisiones– los estudiantes sientan una nueva tradición que permanecerá como sedimento en la conciencia de la juventud en ascensos posteriores; la dinámica de la lucha, empuja hacia un funcionamiento democrático para que el movimiento golpee como uno solo, mediante delegados revocables que, sancionados por la base, respeten las decisiones de los estudiantes que sostienen las tomas, las brigadas, las cocinas y las barricadas.

Luis González de Alba, en su novela testimonial Los días y los años, relata con elocuencia lo que significó esta poderosa herramienta de la lucha estudiantil:

“También en esos días quedó integrada la representación de las escuelas en huelga y surgió el nombre que marcaría cada uno de los futuros acontecimientos: el Consejo Nacional de Huelga. Nació con todos los defectos y virtudes inherentes a un organismo demasiado vasto, heterogéneo y horizontal. En pocos días la frase ’todos somos el Consejo’ cundió por las escuelas y alcanzó las calles, las plazas.

Se escuchaba en las intervenciones que los brigadistas hacían en los mercados, a la salida de las fábricas, de los cines, de los cafés, como un martilleo constante. En las épocas de aparente calma, cuando parecía amainar la tormenta (aunque era sólo un respiro), también desaparecía de la circulación la frase; pero bastaba que una nueva creciente agudizara la represión para que, automáticamente, el CNH se viera protegido por la coraza que los estudiantes y la población ofrecían: “todos somos el Consejo” iniciaban otra vez su ascenso, se internaban en la convicción de cada brigadista, se proclamaba en cada mitin relámpago.

Los estudiantes mexicanos, por primera vez en muchos años, creían en la honestidad de una dirección porque se sabían parte de ella; porque preguntas y proposiciones formuladas por la asamblea de una escuela recibían respuesta al día siguiente por boca de los propios delgados al CNH, y porque el mismo Consejo había enarbolado una exigencia más, no la séptima, sino un “transitorio” que señalaba el medio por el cual debían solucionarse las seis demandas del pliego petitorio: diálogo público. En esta ocasión, los estudiantes no verían defraudadas sus esperanzas” (González de Alba, 1984:59).

Efectivamente, la autoorganización surgida al calor de la propia lucha, era el elemento de mayor fortaleza y sobre todo, generaba la certeza de que las direcciones oportunistas no podrían fácilmente pactar acuerdos a espaldas de los estudiantes.

La toma de instalaciones y la democracia asamblearia, politizan y cohesionan a una vanguardia que discute, no sólo las medidas de la lucha por el pliego de reivindicaciones, si no cómo generar un modelo autogestivo de universidad y cómo tender puentes con los trabajadores y campesinos del país.

Esta forma de organización será parte fundamental de la tradición del movimiento estudiantil mexicano y reaparecerá en 1987 con la emergencia del Consejo Estudiantil Universitario (antes de su transformación en un apéndice del PRD) y en 1999 con la aparición del Consejo General del Huelga. En particular, el CNH, tenía además a su favor que se erigía como representación política no sólo de la UNAM y el IPN sino del movimiento estudiantil a nivel nacional.






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