Cultura

EFEMÉRIDES

20 años sin Sabines: Amamos al poeta, odiamos al priísta que llevaba dentro

Me prometí no leer al poeta Jaimes Sabines en estos días de asueto y desconsuelo. Pero sus poemas hoy llegan al alma. Un día como hoy falleció el poeta de "Los Amorosos” y lo seguimos leyendo a décadas de distancia.

Sergio Abraham Méndez Moissen

México @SergioMoissens

Martes 19 de marzo de 2019 | 22:27

Dicho poema es un emblema de los que realmente quieren. Extrañar es aún más cruel. Pero Sabines como poeta era un gigante de la literatura mexicana y siempre lo vamos a querer. El poeta nació en Chiapas el 25 de marzo de 1926, estudió medicina en Ciudad de México.

En 1983 ganó el premio nacional de poesía. Ganó premios como el Xavier Villaurrutia. Un día como hoy murió por cáncer. Amamos al poeta de “Los amorosos” esos que “andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor.”

Pero odiamos al priísta que llevaba dentro. Sabines fue diputado en 1988 de Representación Proporcional por el PRI, y por así disponerlo la Constitución Política formó parte del Colegio Electoral que calificó la elección de Carlos Salinas de Gortari.

En plena guerra sucia en 1976 “mereció ser democráticamente electo diputado federal por Chiapas, su estado natal y, en 1988, diputado por el Distrito Federal, ambas veces por el PRI.” Leemos el informe de Letras Libres; bien cita Guillermo Sheridan el poema de Sabines en dicho informe sobre la militancia del Sabines en el PRI

“Estoy metido en la política otra vez. Sé que no sirvo para nada, pero me utilizan y me exhiben. “Poeta, de la familia mariposa-circense, atravesado por un alfiler, vitrina 5” (Voy, con ustedes, a verme.)Y punto.”

Pero nosotros amaremos al amoroso poeta, y detestaremos al político priísta. Por ello pegamos aquí el texto de Sabines “Los amorosos”

LOS AMOROSOS

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.






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