OPINIÓN

Chile: la rebelión popular que impone agenda en la Argentina

El domingo, durante el debate presidencial, Nicolás del Caño fue el primero en hablar del enorme levantamiento del pueblo chileno. Este lunes, Pichetto y Bullrich inventaron un complot continental. El kirchnerismo reivindica haber impulsado un camino de pasividad ante el ajuste.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Martes 22 de octubre | 17:54

Foto: Efe

La derecha continental adolece del temor al ridículo. Enfrentada a las masivas rebeliones populares de Ecuador y Chile, repite las mismas estupideces una y otra vez. En su limitado pensamiento policíaco, ve “conspiradores cubanos o venezolanos” donde marchan y luchan cientos de miles de campesinos, trabajadores, mujeres y jóvenes. Donde pueblos enteros se levantan contra las políticas de ajuste, Pichetto o Bullrich ven “una mano oculta”.

La realidad es más cristalina. América Latina empieza a ser recorrida por una ola de masivas luchas que enfrentan las políticas de ajuste. Oleada que continúa y complementa rebeliones como la de los Chalecos Amarillos o la lucha independentista catalana.

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Del otro lado, el pseudo-progresismo colonizado acude a explicaciones correctas pero empobrecedoras. Detrás de los levantamientos de Ecuador y Chile está “la desigualdad social”.

En Chile la distancia sideral entre los sectores más ricos y los más pobres no nació bajo la gestión de Piñera. Se construyó y perpetuó por décadas. El “modelo” reivindicado por los libertontos argentinos es heredero directo de la dictadura pinochetista. La responsabilidad de la actual situación hay que buscarla entonces tanto en los gobiernos de la derecha como en los de la Concertación.

De inmediato surge el nombre de Michelle Bachelet, quien gobernó Chile durante dos períodos. Ocho largos años de jubilaciones miserables, educación inaccesible, trabajo precario y desigualdad manifiesta. Sin embargo, para Alberto Fernández y Cristina Kirchner se trató de una aliada en esa empresa fallida que fue la Patria Grande latinoamericana. Igual que sucede con Lenín Moreno, prefieren no acordarse de la gestión de aquella ex mandataria.

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Una rebelión reivindicada

Mientras el pueblo chileno se levantaba contra el toque de queda, Argentina asistía al segundo debate presidencial. Macri y Alberto Fernández se dedicaron a cruzar chicanas y acusaciones.

Dando cuenta de la nueva realidad latinoamericana, Nicolás del Caño fue el encargado de llevar la realidad latinoamericana al encuentro. Ya lo había hecho, una semana antes, denunciando la represión que tenía lugar en Ecuador al servicio del FMI.

Este domingo por la noche, el candidato del Frente de Izquierda Unidad reivindicó la enorme rebelión popular que tenía lugar en el país vecino. “Demuestra que cuando los gobiernos intentan aplicar estos brutales planes de ajuste los pueblos salen a las calles y les dicen basta”, señaló.

La razón asiste al dirigente de izquierda. En Ecuador, la masividad de la rebelión impuso a Lenín Moreno la anulación de la suba en los combustibles. Aquí, al otro lado de la frontera, la juventud, los trabajadores y el pueblo chileno ya obligaron a Piñera a retroceder en el aumento del subte y ahora exigen su renuncia y el fin de la militarización.

Las enormes movilizaciones, la lucha en las calles y el desafío a las fuerzas represivas muestran una perspectiva para todos los explotados y los oprimidos del continente. Son la confirmación evidente, empírica, de que los planes de la derecha pueden ser impugnados y derrotados.

Cuestionan, al mismo tiempo, a los cultores de la pasividad. A los constructores de una espera infinita hasta que llegue el próximo turno electoral.

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Sincericidios

Hace poco, en un acto de honestidad brutal, Gabriela Cerruti tuiteó que “las imágenes de Chile y Ecuador no se repiten hoy en la Argentina sólo porque al fuego lo apagó la esperanza del 27 de octubre. Un poco más de paciencia, un mucho más de sueños por delante. Vamos que ya se van”.

Este martes, Alberto Fernández recordó la sinceridad del ex ministro Dujovne cuando afirmó que el ajuste implementado había pasado "sin que la gente reaccione".

Desde aquel diciembre caliente de 2017, cuando las calles le dijeron no a la reforma previsional, el peronismo propuso un camino distinto al de Chile y Ecuador. El espacio que hoy encabeza Alberto Fernández se dedicó a enfriar cualquier tendencia que llevara a enfrentar activamente el ajuste.

Gobernadores, intendentes y legisladores se convirtieron en una maquinaria de darle gobernabilidad a Macri. La conducción de la CGT y el resto de las centrales jugó un papel fundamental, dejando aisladas las múltiples luchas que tuvieron lugar.

Traducida en términos sociales, la espera del “Hay 2019” vino a significar más de 2 millones de desocupados y 16 millones de pobres. Solo esta semana, ese pedido de “paciencia” equivaldrá a por lo menos 1.200 despidos, por el cierre de la cadena de supermercados Luque.

Amargos acuerdos

Un preocupado Joaquín Morales Solá se preguntó este lunes por la noche “cuál es el grado de acuerdo, no solo político sino también social con sindicatos, empresas, movimientos sociales (...) para que no se produzca lo mismo que se produjo en Chile y Ecuador”.

La respuesta popular a las políticas de ajuste incomoda al columnista de La Nación. Mirando el futuro, sondea los obstáculos al ajuste que proponen el gran empresariado y el FMI. El discurso derechista de Pichetto y Bullrich debe anotarse en la misma sintonía.

“Acuerdo” es, también, una de las palabras reiteradas por el candidato presidencial peronista. Sin embargo, la realidad se emperra en demostrar el que los actores convocados para esa instancia lejos están de privilegiar los intereses populares.

Los caciques sindicales han estado entre los militantes más activos de la gobernabilidad macrista. El actual oficialismo les debe gratitud casi eterna. En Azopardo ya calientan motores para jugar el mismo papel lamentable bajo el nuevo gobierno.

Los empresarios llamados a consensuar son los mismos que siguen despidiendo, suspendiendo y bajando salarios. Son, también, quienes reclaman a gritos una reforma laboral esclavista. En estas condiciones, cualquier acuerdo no puede traer más que amargura a las mayorías populares.

Otro horizonte

A pesar de los límites que imponen las direcciones conciliadoras del movimiento de masas (CUT, Conaie), las rebeliones populares de Ecuador y Chile marcan una perspectiva opuesta a la de la resignación y la espera pasiva. Ponen en escena la potencialidad de los trabajadores, las mujeres, los campesinos y la juventud para impedir el avance de las políticas de ajuste. Demuestran que no hay necesidad de consensos con quiénes se enriquecen a costa del hambre del pueblo.

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En el escenario político argentino, solo el Frente de Izquierda Unidad plantea la necesidad de atacar las ganancias capitalistas para que la crisis no la sigan pagando las mayorías populares. Como señaló Nicolás del Caño en el primer debate presidencial, hay claros ganadores de los años macristas: bancos, privatizadas y petroleras, entre otros. Allí están los recursos necesarios para que millones no sufran hambre, pobreza y desocupación.

Esa es una de las razones por las que se vuelve fundamental el voto a la izquierda este domingo. Significa fortalecer una perspectiva de lucha de los sectores populares, frente a quienes llaman a acordar con los responsables de la miseria popular.






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