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Red Internacional

HISTORIA.Cien años de la muerte de Porfirio Díaz: sigue la opresión y la miseria

El pasado 2 de julio se cumplió un siglo de la muerte de Porfirio Díaz, a quien algunos reivindican como modernizador del país y muchos otros recuerdan como el represor de las heroicas huelgas de Cananea y Río Blanco.

Martes 7 de julio de 2015 | 02:03

Porfirio Díaz fue presidente de 1876 a 1911. Bajo las banderas del liberalismo, ocupó el poder gracias a su participación destacada en la Revolución de Ayutla contra Antonio López de Santa Anna y contra la intervención francesa en el Ejército de Ignacio Zaragoza.

El inicio del mandato de Porfirio Díaz cerró el período de rivalidades entre liberales y conservadores que caracterizaron los primeros años del México independiente, y abrió una nueva etapa de conciliación, basada en la anexión al gobierno de grupos contrarios a los liberales, como los conservadores y diversas facciones de la clase dominante, muchas de las cuales se habían beneficiado partir de la implementación de las Leyes de Reforma.

Durante los treinta años en que Porfirio Díaz fue presidente, la política internacional estaba signada por la búsqueda y conquista de mercados y materias primas por parte de las potencias europeas y la disputa entre éstas por llevarse la rebanada más grande del pastel llamado mundo. Era el inicio de la fase imperialista del capitalismo.

Estas exigencias del mercado internacional aterrizaron en el país con el predominio del capital extranjero, mayoritariamente norteamericano. En treinta años, la atrasada industria mexicana cobró un empuje inédito en ramas como la minería, la petrolera o la textil, configurando nuevas concentraciones urbanas articuladas entre sí por una inmensa y poderosa red ferroviaria que facilitó enormemente el desarrollo del mercado y la transportación de mercancías.

Además, durante el porfiriato se vivió un boom en las exportaciones, una profunda centralización de la economía a través de la administración directa del gobierno y un fortalecimiento de las finanzas y la banca.

Sin embargo, los beneficios de la bonanza económica no fueron disfrutados por toda la sociedad sino que se concentraron exclusivamente en unas pocas manos, profundizando una enorme brecha entre ricos y pobres, entre los grandes propietarios y los oprimidos y explotados.

La paz de los sepulcros
Este acelerado desarrollo estuvo subordinado, no obstante, a una onerosa deuda externa y al incremento masivo de las inversiones extranjeras que ocasionó el sometimiento del país a las potencias imperialistas en ascenso, en particular Estados Unidos.

Además, el inusitado auge económico fue allanado por la criminal ley de deslinde de colonización de terrenos baldíos -continuación y profundización de la ley de desamortización de bienes civiles y eclesiásticos (1856) y de la Ley de Nacionalización de

Bienes Eclesiástico (1859)- que se tradujo en la invasión y ocupación de los territorios que habían habitado ancestralmente los pueblos originarios. Esta campaña de colonización debe su éxito a la sangrienta represión de parte del Ejército de Porfirio Díaz contra los campesinos e indígenas que resistían hasta la muerte antes que dejar que les arrebataran su suelo pacíficamente. El resultado de esta modernización sin precedentes fue el avance de México a la inanición.

El gobierno de Díaz declaró la guerra al pueblo yaqui y exilió a miles de familias al trabajo forzado en las zonas del henequén en Yucatán. Al gobierno de Díaz se le debe la más importante masacre de yaquis en la Batalla de Mazocoba.

La estabilidad de la que presumía Porfirio Díaz estaba marcada por una gran pobreza. En el campo, regía la esclavitud, la miseria y la indefensión. La hacienda y la tienda de raya se encargaban de endeudar a los campesinos y el Ejército de perseguirlos. La consigna “mátalos en caliente” fue la respuesta de Díaz frente al cada vez más constante descontento contra este estado de cosas.

Los obreros mexicanos no corrían una mejor suerte. Tenían que soportar una asfixiante jornada laboral de no menos de 14 horas para poder percibir un salario que les alcanzara apenas para pagar sus deudas. Entraban y salían de las factorías sin ver la luz del sol.

Estas condiciones, agudizadas por la crisis de 1907, llevarán a los trabajadores de las minas de Cananea y a los textileros de Río Blanco a protagonizar heroicas huelgas que, sin embargo, Porfirio Díaz mandó a masacrar. Este episodio será uno de los más sangrientos del siglo XX en la historia de México.

En 1910 despertará el México bronco. Serán estas mismas masas vilipendiadas de campesinos y obreros las que ocuparán el proscenio de la historia rebelándose contra su situación de ignominia y obligando a Porfirio Díaz a salir del país para no volver jamás, en la que será una de las revoluciones campesinas más radicales de América Latina.

En nuestros días sigue la miseria
Díaz muere el 2 de julio de 1915 en París. A cien años de su muerte, muchas cosas parecen no haber cambiado demasiado.

Como entonces, la riqueza se sigue concentrando en unas pocas manos. El régimen de esclavitud salarial no dista mucho del México de Porfirio Díaz. En las fábricas contemporáneas, las jornadas laborales llegan a ser de más de diez horas y además se han aniquilado todas las conquistas laborales que se conquistaron con la Revolución Mexicana

En el campo, el sojuzgamiento de los peones al patrón no ha cambiado en lo sustancial, como lo muestra la lucha de los jornaleros de San Quintin, que denunciaban que vivían en una auténtica esclavitud. Hoy, como en la época de Díaz, la tribu yaqui sigue reprimida y no se garantiza el respeto de su cultura y su territorio. Hoy Mario Luna su principal dirigentes está preso por luchar por denunciar el despojo de tierras.

El despojo de tierras se sigue perpetuando, ahora bajo el patrocinio de la reforma energética, que arrebata las tierras de los campesinos para instalar gasoductos,
termoeléctricas, autopistas y acueductos en beneficio de los capitales imperialistas profundizando el sometimiento a éstos, incluso más que cuando gobernaba Díaz.

La Revolución Mexicana no liquidó el régimen de explotación y opresión. Por eso, en el siglo veintiuno, para llevar hasta el final la obra de Emiliano Zapata, es necesario poner en pie un poderoso partido revolucionario arraigado fuertemente en la clase obrera, que levante la demanda histórica de los pueblos originarios y campesinos, el reparto de tierras, que motorice fuertemente a los campesinos hacia la revolución, como lo hicieron en 1910.

Pero, para esto, es preciso que las amplias masas pobres confíen en sus propias fuerzas y no vayan tras de ninguna ala de la burguesía, que por más radical que quiera parecer, ya se demostró que no están dispuestas a hacer un total reparto de tierras, ni liberar a los trabajadores de las cadenas de las máquinas.

A 100 años de la muerte de Díaz se ha ha renovado el debate sobre su carácter dictatorial o progresista reeditando la discusión entre “liberales“ y “conservadores”. Hay algunos que opinan que hemos vuelto al país de los restos de “Don Porfirio” denunciando la opresión y la miseria. El gobierno federal reivindica al dictador coincidiendo con el Partido Acción Nacional (PAN) en el reclamo de repatriación de los restos del dictador. Esto expresa un gran giro a la derecha del régimen y del Partido de la Revolución Institucional, que ven los tiempos de desarrollo e inversión que compartió el dictador parecidos a las necesidades de hoy con la aplicación de los planes y las reformas llamadas “estructurales”.




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