Sociedad

PUEBLOS INDÍGENAS

Consideraciones sobre nómadas y sedentarios en Oasisamérica: la defensa del espacio común

En 1680, el territorio de Nuevo México contaba con alrededor de 30 mil habitantes originarios, la mitad de los que había al arribo de los invasores europeos en busca de las míticas ciudades de oro, la población indígena había sido reducida, a causa de las epidemias, el hambre, los desplazamientos y el trabajo forzado en las tristemente recordadas Encomiendas.

Viernes 25 de septiembre | 15:18

Cuando los “Indios Pueblo” se rebelaron en 1680 y lograron liberarse, durante al menos 12 años, de los conquistadores iberos al servicio de su decadente majestad Carlos II “El Hechizado”; tanto la llegada de, la resistencia a, la lucha en contra de y el restablecimiento del dominio español en los confines del camino real Tierra Adentro estuvieron atravesados por una idea central: de qué manera hacer viable la existencia en esta tierra precaria de culturas milenarias (Sí, milenarias, aunque cueste creerlo a nuestros caros hermanos de origen mesoamericano).

En 1680, el territorio de Nuevo México contaba con alrededor de 30 mil habitantes originarios, la mitad de los que había al arribo de los invasores europeos en busca de las míticas ciudades de oro, Cíbola y Quivira. Al paso de un siglo, la población originaria había sido reducida a la mitad de los 60 mil que eran; esto a causa de las epidemias, el hambre, los desplazamientos y el trabajo forzado en las tristemente recordadas Encomiendas.

Esta región, llamada por arqueólogos y antropólogos Oasisamérica, era, en ese momento, un territorio habitado por no pocos pueblos sedentarios como los Hopi y los Zuñi (que perviven hasta nuestros días en reservaciones norteamericanas) presumiblemente descendientes de los Anasazi, una cultura milenaria de quienes existe evidencia material de cómo ejercieron una presión excesiva sobre su entorno que pudo haber provocado un "colapso" ecológico por la sobreexplotación de los bosques, lo cual podría haber tenido efectos adversos en el clima de la región y en el nivel de erosión del terreno que se mantiene hasta nuestros días.

Jared Diamond en su libro “Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen” pone a los Anasazi como uno de sus ejemplos del colapso social en culturas antiguas por falta de sostenibilidad ecológica.

Pero Oasisamérica no solo fue un espacio de pueblos sedentarios que dejaron huella con su arquitectura de adobe, con su cerámica decorada, con su ingeniería hidráulica que dio viabilidad a sus cultivos en tierras de ríos no navegables y, claro, también por su insostenibilidad ecológica como en el caso de los Anasazi.

Oasisamérica también fue territorio de nómadas. Ya desde el siglo XVI (y seguramente con anterioridad), se dejaban sentir sus incursiones, en este caso de Apaches (“enemigo” en Zuñi), quienes, junto a sus prácticas de caza y recolección, veían en el despojo a los pueblos sedentarios una forma válida de subsistencia ante la escases (Una forma violenta de expropiación para hacer compartir a “los otros” los frutos escasos de la naturaleza).

Así pues, nómadas y sedentarios fueron dos formas de vida que se cruzaron y coexistieron en esta región, no sin conflictos pero también con periodos de convivencia e intercambio (trueque) en paz; esto, claro está, mientras el entorno lo soportaba. Dos alternativas de convivencia con la naturaleza que también se manifestaron en los territorios que abarca Oasisamérica de los actuales estados mexicanos de Chihuahua y Sonora donde, por ejemplo, la sedentaria cultura Paquimé sucumbió, presumiblemente, ante los embates de las tribus nómadas, mal llamadas bárbaras.

Esto, poco antes de la llegada de los conquistadores españoles. Así pues, lo mínimo que podemos decir ante la destrucción de la cultura Paquimeíta es preguntar: ¿Quién amenazaba a quién?

Podemos inferir que ante el consumo irracional, ante la acumulación como "la presión excesiva sobre el entorno” por parte de los pueblos sedentarios; esto podría verse como una amenaza a los espacios vitales de los pueblos nómadas, un proceder, en apariencia pacífico que pudo, muy bien, ser leído como una declaración de guerra, como una amenaza de exterminio, producto de la insostenibilidad ecológica del desarrollo cultural de un determinado pueblo sedentario.

Una devastación paulatina a la que los pueblos nómadas serían particularmente sensibles dada su integración al espacio vital que los sustentaba. Querer ver el nomadismo como un estadio inferior en el desarrollo de las sociedades humanas que tarde o temprano aterrizan o escala al sedentarismo, es una visión -considero- miope o torpe que no nos ayuda a comprender, al menos, esta particular región que ya para el siglo XVIII se conocería como la Apachería.

El historiador Ricardo León nos dice, a propósito de los tarahumaras, un pueblo nómada que en el siglo XVIII se extendía desde el suroeste de Chihuahua hasta la región sur de Oasisamérica, en un área donde la orden religiosa de los Jesuitas intentaba incorporarlos al sedentarismo y al cristianismo mediante la evangelización, en su propia lengua, y mediante el trabajo en sus Misiones:

“El rarámuri, al ver que todo su trabajo agrícola podría convertirse en nada por una fuerte helada, por una sequía o por una plaga que arrasaban con todos sus cultivos, no podía menos que impugnar los defectos de la vida sedentaria, pues si no se movía del lugar al que estaba atado, moriría de hambre o de viruelas; pero si se trasladaba de un lado a otro, dejando a la naturaleza reproducirse, el país que tenía a su disposición era lo suficientemente grande para encontrar varios lugares en los cuales su vida no estuviera amenazada.” (León, 36)

El rarámuri, como nos explica Ricardo León, si bien era nómada, no consideraba vacío el espacio por donde se movía, ya que dependiendo de la época del año tal o cual lugar era aprovechado para refugiarse, cazar, recolectar, o incluso para sembrar maíz y calabaza. El espacio y su uso era común, alejado de cualquier apropiación privada, comunión que condiciona la articulación de sus relaciones interpersonales, su auto subsistencia sin acumulación, la práctica de la trashumancia (pastoreo migratorio) y su preferencia por las fiestas profanas o ceremoniales por sobre el trabajo.

Los Rarámuri, no rechazaron, de entrada, la migración del hombre blanco a sus espacios vitales, sino hasta que se vieron amenazados en su forma de vida y convivencia con la naturaleza. Nos dice Ricardo León: “Hacer producir a la naturaleza a través del trabajo ajeno se contraponía a recoger de la naturaleza lo que ofrecía.”

Los rarámuris del siglo XVII terminaron rebelándose y combatiendo a los “chabochi”, un conquistador español envalentonado, tras las reformas borbónicas, es su “espíritu emprendedor”, que empezó a disputar la fuerza de trabajo a las Misiones Jesuitas hasta la expulsión de éstos en 1767, porque, a decir del muy liberal Carlos III, “nacieron para callar y obedecer”.

“La lucha del rarámuri, según León, era contra el trabajo [enajenado] que los ataba y para devolver a la tierra la libertad despojada por hombres, bestias y plantas que depredaban el medio ambiente en poco tiempo” La ganadería española transformó el paisaje, sus lugares de pastoreo devinieron en yermos no aprovechables para su trashumancia.

Hombres y animales “salvajes” se vieron en la necesidad de emigrar a las serranías ante el embate de los españoles, las vacas y el trigo, pero no sin antes luchar y derramar no poca sangre en defensa del territorio.

Quisiera concluir diciendo que, ya en el siglo XIX, los nómadas apaches combatieron, no pocas veces, en defensa de su territorio y su forma de vida contra los colonos mexicanos y norteamericanos, los nuevos sedentarios del espacio común en la ahora llamada Apachería.

Algunos derrotados aceptaron el destino sedentario de la Reservación. Otros pelearon hasta ser reducidos a pequeñas bandas. En el caso de los aguerridos Chiricahuas, lucharon prácticamente hasta su exterminio.

Durante estas luchas, cada incursión apache fue acompañada de la expropiación altamente violenta a los nuevos autoproclamados propietarios de lo común de ambos lados de la frontera. Cada golpe despiadado y crueldad de sus enemigos a los suyos lo devolvieron con la misma intensidad hasta donde les fue posible. Si algo nos legaron en su despiadado proceder contra nosotros fue un espejo de nuestra barbarie civilizada contra los suyos.

Ya sin la fuerza combativa del s. XVII, el rarámuri de hoy nos interpela cuando se acerca a nosotros en la calle a solicitar “Korima”, palabra que suele interpretarse erróneamente como limosna, cuando es en realidad el mismo reclamo de hace más de 300 año en estas tierras: El derecho que tiene todo rarámuri a solicitar que compartamos de lo que estamos acumulando del espacio común en detrimento de otros.

Fuente: León García, Ricardo. Misiones Jesuitas en la Tarahumara Siglo XVIII. UACJ. Juárez. 1992. 177 pp






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