Géneros y Sexualidades

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Contra el acoso: que la rabia se vea en las calles

Caminando por las calles, en el transporte público, centros de trabajo y aulas, las mujeres enfrentamos piropos obscenos, groserías, comentarios sexuales de "tipo libidinoso" y miradas lascivas. Pero, ¿Quiénes justifican y legitiman toda esta violencia permanente, invisible y cotidiana contra las mujeres?

Francisca Daniela

Estudiante de la Universidad Pedagógica Nacional

Sábado 23 de abril de 2016 | 11:34

En las universidades, bachilleratos y secundarias a diario se presentan denuncias de compañeras que han sufrido acoso por parte de compañeros de estudio y principalmente de profesores hacia las estudiantes mujeres, quienes, desde su posición de poder, realizan prácticas machistas. Todo esto es tolerado por las autoridades, sobre todo cuando se trata de docentes afines a su política.

Las medidas por excelencia que utilizan para silenciar y atenuar escándalos son: años sabáticos, movilidad académica, (pareciera que los premian con proyectos académicos fuera del salón de clases) e incluso su carta fuerte es persuadir a las víctimas a que se desistan de dichas denuncias.

No es distinta esta situación en las fábricas, maquilas, oficinas, call center en los que, resultado de la feminización de la pobreza, son los varones con rangos superiores, los que sacan provecho de su posición para condicionar, obligar y presionar a las obreras por favores sexuales a cambio del otorgamiento de permisos, vacaciones, ascensos e incrementos.

Estos abusos, que viven muchas asalariadas, se evidenciaron con la irrupción en escena de las jornaleras de San Quintín, mujeres mestizas e indígenas, en su mayoría mixtecas y triquis, quienes al trabajar en condiciones de “semi-esclavitud”, el año pasado protagonizaron una rebelión por la exigencia de mejores condiciones laborales, alto a los malos tratos, discriminación, violaciones y abuso sexual.

Meses después se paralizaron las maquilas en Ciudad Juárez, sus trabajadoras en la primera línea denunciaron que estaban cansadas de sufrir acoso sexual y laboral por parte de sus supervisores o jefes directos, los cuales las intimidaban con argumentos nefastos: “si se atreven alzar la voz, se les despedirá acusándolas de provocadoras”.

No nos vamos a callar

El acoso sexual y laboral siempre ha existido. Sin embargo, en los últimos años se viene evidenciando, repudiando y denunciando con mayor fuerza por amplios sectores. Bajo el contexto exacerbado de asesinatos sistemáticos contra mujeres, desapariciones y fortalecimiento de las redes de trata y prostitución, no resulta casual que adquieran relevancia las violencias machistas cotidianas que forman parte del último eslabón letal como lo es el feminicidio.

En una sociedad patriarcal es de vital importancia alertar de estas violencias que se trasladan al terreno de lo privado partiendo de la consideración de que las mujeres somos propiedad de los varones.

Para hacerle frente consideramos que lamentablemente no basta con no callarse y denunciarlo, ni aislándonos de los varones, ya que estas acciones siguen siendo salidas individuales.

Nos parece que en primer lugar debemos conquistar la voluntad de cientos de miles de mujeres. Ya que lo que sufrimos diariamente no es meramente "algo personal"; en realidad, compartimos las mismas experiencias, no estamos solas y podemos organizarnos contra toda esta situación de opresión.

No podemos, por ningún motivo, depositar nuestra confianza en que la solución vendrá por parte de las instituciones y el Estado. Puesto que este último sostiene toda la ideología patriarcal, a la par de mercantilizar nuestros cuerpos. Es sabido que son cómplices en mantener intactas las redes de trata y prostitución por las altas ganancias que estas les genera.

Y no obstante que son estas mismas instituciones las que se niegan a calificar como feminicidio cuando el delito ocurre, mismas que ocultan o modifican las pruebas del delito, y sí, las mismas que procuran la defensa sí, pero de los feminicidas, y más aún cuando estos pertenecen al aparato estatal o políticos como Cuauhtémoc Ruíz.

Por ello, tal como señala Andrea D´Atri (fundadora de Pan y Rosas): La lucha por la deconstrucción de esos mandatos sociales, las críticas arteras contra todo aquello que está naturalizado, las palabras dichas donde se espera la aceptación silenciosa, los combates permanentes contra las imposiciones nos encuentran aunadas para acabar con todas las formas de violencia contra las mujeres. Contra la violencia machista, de las mafias criminales, de los explotadores, de las instituciones de este podrido régimen político, de la Iglesia oscurantista, del Estado capitalista... respondemos "¡Si tocan a una, nos organizamos miles!".

Al tenor de estas ideas planteamos la necesidad de ganar las calles de la mano de poner en pie un gran movimiento de mujeres jóvenes y trabajadoras que luche contra la violencia machista desde una perspectiva independiente del Estado y sus partidos patronales.






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