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Red Internacional

Balotaje en Francia. Contra la derecha de Le Pen, no votar a Macron: preparar la resistencia ya

Revolution Permanent, que impulsa La Izquierda Diario en el país galo, convoca a la abstención activa y una política independiente para la construcción de la resistencia. Reproducimos su declaración política.

Viernes 15 de abril | Edición del día

En este balotaje se vuelve a dar un duelo similar al de 2017, tras cinco años de ofensiva antipopular y autoritaria del Gobierno de Emmanuel Macron, que ha ayudado a extender la alfombra a la ultraderecha. A pesar de esto, hay muchos en la izquierda que llaman más o menos abiertamente a usar la papeleta de Macron para "bloquear" a Marine Le Pen. Frente al tándem reaccionario Macron - Le Pen, defendemos la abstención activa y una política independiente al servicio de la construcción ahora de la resistencia para enfrentar futuras ofensivas.

El retorno de la lógica del “mal menor”

El pasado domingo, Emmanuel Macron se clasificó para la segunda vuelta con casi el 28 % de los votos, por delante de Marine Le Pen, que sacó algo más del 23 %. El alto porcentaje para el mandatario es producto del “voto útil” de los sectores más ricos y envejecidos de la población, así como del derrumbe sin precedentes de la derecha tradicional. La derecha clásica no solo no logró llegar al balotaje por segunda vez en la historia de la Quinta República, sino que logró una porcentaje ridículamente bajo, solo superados por los socialistas, cuya candidata Anne Hidalgo sacó el 1,7 %.

Sin embargo, la celebración del primer puesto por parte del macronismo tras la primera ronda se ha desvanecido. Porque si la segunda vuelta podría parecer un "remake de 2017", Macron ya no tiene la ventaja de la novedad. El "candidato disruptivo" de hace cinco años pasó a ser el "presidente odiado" por vastos sectores de la población -como señala el Financial Times, un periódico que a priori está lejos de serle hostil- con un historial antipopular y autoritario.

Por otro lado, la formación de derecha RN de Marine Le Pen pretende aprovechar esta situación, que le permite disfrazar su propio proyecto racista y neoliberal. Una maniobra facilitada por el espantajo Eric Zemmour, candidato cuyos arrebatos petainistas y abiertamente racistas han contribuido a suavizar la imagen de Le Pen. Con tantas ventajas a su favor, RN pudo lograr una puntuación mucho mejor que en 2017.

En este contexto, la diferencia en la segunda vuelta parece más estrecha que nunca. Es cierto que Macron sigue siendo el favorito frente a Le Pen, a pesar del importante caudal de votos de la candidata de RN. Pero una abstención masiva acompañada de una transferencia no natural de votos de una fracción importante del electorado de izquierda hacia la candidatura de Le Pen, en una lógica de "todo menos Macron", podría hacer posible que la extrema derecha llegue al poder. Un escenario, en principio, altamente improbable, pero no imposible.

Sobre todo porque en 2017, la "barrera republicana" sufrió un fuerte revés con 12,1 millones de abstencionistas (25,4 %) en la segunda vuelta, un nivel no visto desde 1969, y algo más de 4 millones de votos en blanco y nulos (casi el 11,5 % de los votantes). Estas cifras deben compararse con las de las elecciones de 2002, con su segunda vuelta entre Jacques Chirac y Jean-Marie Le Pen, para comprender mejor la profundización de la crisis del régimen. En su momento, los analistas hablaron de un auténtico "terremoto", fruto de la toma de los mecanismos institucionales clásicos, pero el "frente republicano" había jugado a fondo, permitiendo a Chirac ganar la segunda vuelta con algo más del 82 % de los votos, un índice de participación superior al 79 % y solo 1,7 millones de votos en blanco o nulos.

Ante el temor suscitado por la reducción de la diferencia entre Macron y Le Pen, la "barrera" ha tendido a recuperar el color en los últimos días. En las elecciones se ha visto la existencia de un polo de izquierda, que se ha expresado en el 22 % (más de 7,7 millones de votos) obtenido por Jean-Luc Mélenchon. Este resultado, que contradice la idea de una sociedad unilateral de "derecha", convierte al electorado de "izquierda" en protagonista de la segunda vuelta, e intensifica la presión por una "barrera", republicana" y "de izquierda".

Mientras el Partido Socialista, Europa Ecológica-Los Verdes y el Partido Comunista llamaron a votar a Macron contra la extrema derecha en la noche de la primera vuelta, Jean-Luc Mélenchon lo hizo de forma hueca. Nada más conocerse los resultados, sostuvo que "ni un solo voto debe ir a Madame Le Pen", consigna retomada, como en 2017, por el Nuevo Partido Anticapitalista, que afirmó, por voz de su candidato Philippe Poutou, que "la instrucción de voto es clara: ni un solo voto debe ir a la extrema derecha". Esta posición también fue adoptada por la dirección confederal de la CGT y por Solidaires.

Esta "apertura", que más o menos llama a un voto "barrera", ha ido de la mano de llamados más explícitos a votar a Macron, incluso en la extrema izquierda, en nombre de una lógica de mal menor. En Mediapart, Ugo Palheta, director de la revista Contretemps y miembro del NPA, llamó a "descartar el peligro inmediato y ocuparse de Macron el día después de la elección". En un texto publicado en la página web Les mots sont importants, Pierre Tevanian va más allá, y denuncia que el eslogan "ni un solo voto para la extrema derecha" es confuso, y explica: "decir en ese contexto que el candidato alternativo (Macron) no es "en absoluto" un baluarte contra la extrema derecha es sencillamente una mentira y una falta criminal. Ocurre que, sean cuales sean las torpezas del presidente Macron, incluso en lo que se refiere a la politización ultraderechista del país, votar a Macron es, de hecho, al menos a corto plazo, al menos durante los próximos cinco años, el único acto que ayuda a mantener a la fascista fuera de la presidencia".

En 2017 esta lógica del mal menor ya era un problema [1]. Tras cinco años de macronismo es aún más inaceptable. En efecto, el pretexto de la defensa inmediata contra el peligro lepenista y la resistencia a la extrema derecha, desarma ideológica, política y materialmente a nuestro campo social en un momento en que lo urgente es preparar la resistencia contra el próximo gobierno.

Macronismo cinco años después: un proyecto autoritario y neoliberal que hace prosperar a la extrema derecha

Desde las ordenanzas de la Ley del Trabajo hasta la reforma del seguro de desempleo, pasando por la abolición del impuesto a las fortunas, la reducción del subsidio a la vivienda, la (abortada) reforma de las pensiones, la inclusión en la ley de las disposiciones del estado de emergencia, el historial de Emmanuel Macron es el de un lustro de guerra social. En terreno racista y de seguridad, las leyes de "separatismo" y de seguridad global, la disolución de organizaciones, las leyes "antidroga", los numerosos regalos a la policía, la restricción de visados para los países del Magreb, el salto a la represión ultraviolenta de los movimientos sociales y de los barrios obreros, la conmemoración de Pétain y la primera entrevista concedida por un Presidente a la revista de la derecha Valeurs Actuelles, muestran que el candidato neoliberal se inspiró sin problemas en el programa de la extrema derecha, reiterando los llamados hacia los sectores más conservadores y reaccionarios de la sociedad.

En los últimos días, ante el estrechamiento de los resultados anunciados para la segunda vuelta, Macron ha multiplicado las señales a su izquierda para intentar dirigirse al electorado de Yannick Jadot y, sobre todo, de Jean-Luc Mélenchon. Así es como, por ejemplo, hizo una referencia a Jean Jaurès, al día siguiente de la primera vuelta, y anunció una posible "movida" sobre la jubilación a los 65 años, mencionando incluso la posibilidad de validar sus contrarreformas mediante referéndum, sólo para olvidar los pasajes vigentes y el 49,3 que han caracterizado al macronismo en el poder. Pero el programa del presidente saliente está en estricta continuidad con el del primer quinquenio, con medidas como la jubilación a los 65 años, la obligación de trabajar de 15 a 20 horas semanales para los beneficiarios de la RSA (ingreso mínimo), el refuerzo de las expulsiones de extranjeros, el redoblamiento de la presencia de las fuerzas represivas "sobre el terreno" o la continuación de la lucha contra el "separatismo". Debilitado tras cinco intensos años que han dado lugar a importantísimas movilizaciones y a un profundo odio hacia el Presidente, la imposición de tales medidas implicaría necesariamente una profundización de los rasgos más autoritarios del primer quinquenio en caso de reelección.

Frente al carácter autoritario y neoliberal del macronismo, cuyo programa económico fue recientemente avalado por el MEDEF (cámara patronal francesa), no hay apoyo político posible. Ante esta constatación, intelectuales cercanos a la formación de Melènchon La France Insoumise como Stefano Palombarini o Dominique Méda, buscan una vía intermedia evocando la idea de un llamado al voto condicionado al abandono de ciertas contrarreformas o "pruebas de respeto". Dada la naturaleza del proyecto de Macron -incluso si abandonara la reforma de las pensiones, ¿aceptaríamos la duplicación de las fuerzas de represión?- tal enfoque es insostenible y refleja las contradicciones insolubles de un llamado a votar a Macron que lleva a situarse de hecho en su campo, en nombre de la lucha contra la extrema derecha. Lo mismo ocurre con estos llamamientos a "imponer" a Mélenchon sobre Macron en Matignon, ya sea eligiendo una mayoría de diputados de LFI o de Unión Popular en el Parlamento, o negociando el apoyo al presidente saliente en nombre de la obtención del puesto de primer ministro. Si la segunda opción es más una broma que un programa político, la primera es funcional a la idea de que habría que votar a Macron el 24 de abril [2], aunque los dirigentes de LFI saben perfectamente que les será imposible obtener una mayoría en el Parlamento en un sistema uninominal a dos vueltas.

Aparte del problema político que plantea, la eficacia del llamado más o menos explícito a votar a Macron es también dudosa, a corto y mediano plazo. En cuanto a las elecciones, la única posibilidad aritmética de que Marine Le Pen gane el 24 de abril reside en una movilización "anti-Macron" sin precedentes de sectores enteros del electorado que se abstuvieron o votaron a la izquierda en la primera vuelta. Un fenómeno así sería inédito, pero no es del todo imposible dada la catastrófica campaña y el odio que despierta el presidente de los ricos. Recientemente, figuras como Priscilla Ludosky o Jérôme Rodrigues han atestiguado la existencia de esa presión entre algunos Chalecos Amarillos, al tiempo que han llamado a su bando a no votar "ni a Le Pen ni a Macron". Su posición tiene la ventaja de partir de una voluntad de diálogo con los sectores de nuestra clase sumidos en la confusión por el odio a Macron. Pero, ¿cómo pueden convencer a la gente de que no vote a Le Pen poniéndose del lado de alguien a quien perciben legítimamente como un enemigo mortal? Esta postura es insostenible y la negativa a pedir el voto de Macron parece ser una condición para la lucha contra una parte potencialmente decisiva del voto de RN.

Sobre todo porque el proyecto macroniano no puede ser vendido, ni de cerca ni de lejos, como ningún tipo de "baluarte contra la extrema derecha". Por el contrario, es la garantía, a largo plazo, de su refuerzo. Tras varios años de ofensiva autoritaria, la extrema derecha nunca ha sido tan fuerte, pasando del 26 al 32 % de los votos en la primera vuelta entre 2017 y 2022 con la aparición del fenómeno Zemmour. La política del ministro de Interior Gérald Darmanin contra los musulmanes o todos los incluidos en esta categoría, pero también en apoyo de las fuerzas de represión, ha desempeñado un papel activo en la derechización del debate político. Esto es lo que ha impulsado a la extrema derecha y le ha permitido prosperar. Como símbolo, hay que recordar que la campaña presidencial se abrió con un debate entre Marine Le Pen y el ministro del Interior, este último reivindicando la seriedad de su historial de seguridad y racismo y considerando a su oponente "demasiado blando".

Las contradicciones del llamado a votar a Macron son, pues, reveladoras del estancamiento de cualquier política que se encierre en la alternativa reaccionaria impuesta por las elecciones. Defender una orientación revolucionaria es también luchar por salir de este callejón sin salida e invitar, contra la corriente de los aparatos reformistas de izquierda, a oponerse ideológica y políticamente a esta binaridad. De hecho, es en la confrontación contra el macronismo, en el conjunto de los movimientos de resistencia y movilización que sus políticas han generado en los últimos cinco años, donde encontramos el trampolín para la lucha contra la derecha y la extrema derecha y los anticuerpos necesarios contra el lepenismo. Cuanto más unido está nuestro campo social, menos terreno puede ocupar la extrema derecha. Así que nos parece urgente trabajar por esta unificación, luchando contra la extrema derecha sin pedir el voto para Macron, y trabajando para movilizar a nuestro campo.

El peligro de Le Pen: la escalofriante hipótesis de un gobierno de RN

Algunos llamarán a votar por Macron "pese a todo" argumentando el peligro inconmensurable que representaría Le Pen frente a Macron. En el caso de su acceso al poder, Ugo Palheta evoca así una aceleración de las tendencias hacia el "fascismo" ya encarnadas por Emmanuel Macron, mientras que otros pintan una victoria de Le Pen como el establecimiento de un régimen fascista donde cualquier posibilidad de resistencia sería inmediatamente aniquilado.

El miedo que suscita la extrema derecha en el poder es tanto más legítimo cuanto que todo en su discurso y en sus prácticas apunta, a veces físicamente, a quienes ya son, en “tiempos normales”, los más vulnerables, precarios y discriminados de nuestra clase. Marine Le Pen, RN y su entorno provienen de movimientos fascistas, imbuidos de muchos elementos ideológicos extraídos de esta herencia. Mantienen vínculos activos con grupos fascistas violentos. Sin embargo, la idea de que una victoria electoral de Le Pen sumiría inmediatamente a Francia en un régimen fascista merece ser discutida, no para relativizar el peligro lepenista sino para captar la dinámica que opera en Francia y las tareas que tienen planteadas las organizaciones del movimiento obrero y popular, en cuya vanguardia está la extrema izquierda.

Es cierto que una victoria electoral de Le Pen radicalizaría aún más las tendencias al autoritarismo y al bonapartismo inscritas en el propio ADN de la Quinta República. Además, fue bajo "la izquierda", con el tándem Hollande-Valls, que estas tendencias se han impulsado como nunca desde 1961. Sin embargo, Le Pen trata de disfrazarlo tras las promesas de renovación democrática. La "revolución del referéndum" presentada esta semana por Marine Le Pen como una renovación democrática al servicio del "pueblo" (y como un guiño a los Chalecos Amarillos), no es por tanto más que la falsa nariz del cesarismo plebiscitario que está en el corazón del populismo de extrema derecha. En el marco del proyecto reaccionario de Le Pen, el referéndum sería, en primer lugar, una herramienta para saltarse las instituciones del régimen, pero también para "pacificar el debate político": entiéndase una herramienta de contención y represión de las movilizaciones, porque "no se manifiesta contra los resultados de un referéndum que se imponen a todos". Lo mismo ocurre con su promesa de introducir la representación proporcional con una bonificación por mayoría para las elecciones legislativas. No se trata en absoluto de una renovación de los mecanismos de delegación parlamentaria, sino de una forma de construir sólidas mayorías parlamentarias mediante nuevos instrumentos, tan antidemocráticos como los de la Constitución de 1958.

Los extranjeros serían, obviamente, junto con la población musulmana, los primeros objetivos de un gobierno así. Simbólicamente, Le Pen querría comenzar su mandato de cinco años adoptando, mediante referéndum, su ley racista y xenófoba sobre la inmigración, que revisaría la Constitución para incluir la noción de "preferencia nacional". Para RN, que históricamente ha hecho del racismo y la xenofobia el cemento del bloque electoral compuesto que la sustenta, tomar medidas xenófobas forzadas y atizar el odio será decisivo y prioritario. La agenda está escrita y es fácil imaginar el activismo racista de un gobierno así, como también su continuidad en las ofensivas contra los derechos de las mujeres o de la comunidad sexodiversa.

En el poder, la demagogia "social" de RN sería duradera y se redoblaría la ofensiva contra los que se oponen a la dinámica racista y los ataques antipopulares del gobierno. Para acallar la protesta, un gobierno así podría contar con el celo de una fuerza policial ampliamente comprometida con la "causa", a la que promete una "presunción de legítima defensa". Pero también se beneficiaría del papel de las bandas de extrema derecha, que se sentirían más seguros que nunca de su impunidad. En los últimos meses, en el contexto del giro autoritario de Macron, los grupos fascistas locales ya han sentido crecer sus alas, multiplicando las amenazas y/o los ataques: contra la manifestación del 8 de marzo, contra un encuentro antifascista en Estrasburgo, contra un encuentro político como el de Anasse Kazib en la Sorbona o Philippe Poutou en Besançon, contra activistas antifascistas o incluso contra una librería anarquista en Lyon. Cabe imaginar el potencial multiplicador que ofrecen los vínculos entre estos grupos y las altas esferas del Estado.

El peligro Le Pen: ¿fascismo o bonapartismo?

Pero los elementos descritos anteriormente, suponiendo que Le Pen fuera capaz de aplicarlos, ¿son suficientes para describir un régimen "fascista"? En una definición rigurosa, el fascismo designa un régimen que rompe con la democracia burguesa, a la que sustituye por métodos de guerra civil destinados a aplastar por la fuerza física el campo de los explotados y oprimidos y sus organizaciones, como hicieron los regímenes fascistas italiano y alemán de Mussolini y Hitler. En este sentido, el fascismo no sólo implica a la extrema derecha a la cabeza del aparato estatal, sino a fuerzas materiales capaces de imponerlo y, sobre todo, a una burguesía en estado de crisis para apoyarlo. En momentos de crisis, la burguesía puede optar por recurrir a este tipo de régimen excepcional, que se apoya en un movimiento de masas, cuya mayoría proviene de las capas desclasadas de la pequeña burguesía, para aplastar toda resistencia y restablecer el orden.

En la actualidad, es hacia Macron que las patronales se inclinan más clásicamente. Si en Francia hay agrupaciones violentas de extrema derecha, activas, desde París a Lyon pasando por Montpellier, Besançon, Lille o Estrasburgo, y si la dinámica de la lucha de clases ha llevado a una radicalización de sectores de la burguesía, detrás de un proyecto como el que lleva Zemmour con algún tipo de apoyo del multimillonario empresario Vincent Bolloré, el escenario de un régimen fascista no es todavía una realidad. Esto no quiere decir que no pueda surgir a medida que la situación política y la lucha de clases se desarrollen. Sin embargo, aún no hemos llegado a ese punto, y las posibilidades de resistencia están lejos de ser aniquiladas.

Las recientes experiencias de la extrema derecha en el poder contribuyen a alimentar esta observación. El gobierno de Salvini-Conte-Movimiento 5 Estrellas en Italia en 2018-2019, por ejemplo, ha demostrado cómo, en última instancia, incluso las corrientes de extrema derecha europeas más radicales, como la Liga de Matteo Salvini, están al servicio del sistema. La burguesía, cuando no los necesita para otras tareas, condiciona su acción y su programa al servicio de la mayor normalidad capitalista posible.

La presidencia de Trump, que ha transmitido la peor retórica supremacista, racista, xenófoba y reaccionaria, es un ejemplo más de cómo la polarización que generan intrínsecamente los intentos de consolidar la extrema derecha también abre brechas y resistencias. En Estados Unidos, las principales movilizaciones juveniles, vecinales y laborales de la última década se han desplegado bajo el mandato de Trump. Han ido desde las movilizaciones contra el racismo y la violencia policial, pasando por el movimiento de mujeres y LGBTI, hasta las durísimas luchas sindicales. El gobierno de Biden ha heredado estos procesos, como la dinámica de sindicalización en Amazon, que por primera vez desde los años de Reagan colocan a la burguesía y a la patronal estadounidense en una posición que ya no es de dominio incuestionable, y que ahora los demócratas intentan frenar mediante la cooptación. También podríamos mencionar las profundas contradicciones que han sacudido a regímenes como el de Bolsonaro, que se encuentra debilitado electoralmente a pocos meses de las próximas elecciones presidenciales.

Todos estos elementos no cuestionan el carácter fundamentalmente racista, autoritario y violento de los gobiernos de extrema derecha. Tampoco pretenden relativizar el peligro que representa RN. Pero nos invitan a subrayar, contra todo escepticismo, las posibilidades de resistencia que existen y existirán sea cual sea el resultado de las elecciones presidenciales, así como a definir las tareas de los revolucionarios y antifascistas en este periodo. Ahora bien, si entendemos a quienes pondrán una papeleta de Macron en las urnas por miedo a la extrema derecha, consideramos que esta cuestión debe ser considerada fuera del marco estrecho y reaccionario de la alternativa electoral Macron - Le Pen al que tienden a adaptarse los llamamientos a una "barrera".

Una abstención activa para preparar la resistencia de nuestro campo

Todo esto implica que las organizaciones del movimiento obrero, popular y de la juventud deben rechazar el actual chantaje de la "barrera" y construir una gran movilización unitaria de nuestra clase. Sólo así se puede pasar de la actual situación de polarización, legada por el régimen de Macron y los que le precedieron, a una ofensiva que haga retroceder a la extrema derecha y le haga tragar sus pretensiones al programa made in Medef que el presidente saliente nos promete en caso de reelección. Por ello, llamamos a contrarrestar a Le Pen sin dar un solo voto a Macron mediante la única política que nos permite tanto luchar contra la extrema derecha como rechazar cualquier apoyo político a Macron: la defensa de una abstención activa, de un "ni Le Pen, ni Macron" que vaya de la mano de la construcción, desde ahora, de una resistencia unitaria al próximo gobierno.

En el periodo entre las dos vueltas, una consigna así, intransigente con el macronismo, acompañada de las primeras demostraciones de fuerza del movimiento obrero y del movimiento social, permitiría dibujar los contornos de una verdadera oposición radical a Macron. Denunciando abiertamente a la extrema derecha, esta dinámica sería un factor activo contra el voto de Le Pen al ofrecer perspectivas distintas a esta opción reaccionaria. Esta política también ayudaría a preparar los próximos cinco años, en los que las movilizaciones serán intensas y decisivas.

Sea cual sea el resultado de la segunda vuelta del 24 de abril, el próximo gobierno que se forme tendrá cimientos frágiles. Contrariamente al discurso de la "derecha" que ha prevalecido en los últimos meses, el último lustro se ha caracterizado por la vitalidad de la lucha de clases, la sucesión de movimientos de huelga y manifestaciones que han sido "sofocadas" por la crisis sanitaria, pero en ningún caso aplastadas. En este sentido, lo que prima es la "polarización", mientras que los diferentes "bloques burgueses", empezando por el de Macron, han mostrado su fragilidad y su débil base.

Incluso en el terreno distorsionado de las elecciones y a pesar de nuestros desacuerdos con el proyecto encarnado por Jean-Luc Mélenchon, los resultados de la LFI muestran una politización hacia la izquierda en una franja no despreciable de la población, especialmente en las grandes ciudades, los barrios obreros y entre los jóvenes. En este contexto, no es casual que sea la juventud la que exprese espontáneamente un rechazo a la elección mortal entre Le Pen y Macron, movilizándose a través del bloqueo u ocupación de lugares de estudio como la Sorbona, Sciences Po o la Universidad de Lorena, mostrando así el camino de una movilización independiente que debe empezar a construirse y organizarse ya de cara a los próximos cinco años.

Sea cual sea el resultado del 24 de abril, hay que tener en cuenta todo el ciclo de movilizaciones y resistencias que se han desplegado en Francia y en las colonias desde la revuelta de los suburbios y la lucha contra el CPE (ley que precariza de primer empleo), que encontraron un nuevo rebote con la movilización contra la Ley del Trabajo y han marcado profundamente, desde abajo, el quinquenio Macron, desde los Chalecos Amarillos hasta las movilizaciones contra el racismo y la violencia policial, pasando por la huelga contra la reforma de las pensiones. Estos movimientos, ricos en enseñanzas y promesas para el futuro, a menudo no alcanzaron el final de su potencial debido a las vacilaciones y titubeos de las direcciones sindicales, cuando no traiciones formales en nombre del pragmatismo o de elecciones que permitieran salvar las jornadas de huelga y ajustar las cuentas con la derecha.

Si hemos podido mostrar nuestra fuerza en las luchas, la pandemia y el autoritarismo sanitario han contribuido a una pasivización en una situación muy polarizada. Pero las brasas siguen calientes y Macron y Le Pen no serían nada frente a la fuerza de nuestro campo social si las direcciones de las organizaciones del movimiento obrero y juvenil popular estuvieran a la altura de una política independiente y de clase. Es esa orientación la que debemos llevar a las luchas que vienen, construyendo desde ahora, con total independencia del régimen, un bloque de resistencia contra Macron, Le Pen y el futuro que nos prometen.

Notas:
[1] Ver el intercambio (en francés) entre Emmanuel Barot y Sylvain Pyro. En ese momento, señalamos que "el nuevo bloque de poder burgués que quiere forjar se enfrentará [a las clases trabajadoras, al mundo obrero, a las centrales sindicales] con un nuevo grado de ofensiva, decidido a poner al servicio de la contrarrevolución ultraliberal tanto el compromiso imperialista del Estado francés, como el conjunto de los resortes autoritarios, represivos, racistas del Estado, antimilitantes que han echado raíces desde el inicio del giro bonapartista en Francia en el verano de 2014 (...). Recordemos que fue Macron quien, durante su debate con Le Pen el 3 de mayo, señaló, como había hecho Valls, a los ’grupos de extrema izquierda’, sin olvidar responderle que disolvería todos los grupos ’violentos’, antirrepublicanos, antifas, etc. (...) Macron, el nuevo campeón de la burguesía, será también el campeón del afianzamiento del estado de excepción."

[2] Al mismo tiempo, participa en el proyecto de reunir a todas las fuerzas de la izquierda, los ecologistas e incluso la extrema izquierda en torno al "Parlamento" y la Unión Popular con vistas a las elecciones legislativas y más allá.




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