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Red Internacional

Efemérides. Día Mundial de la Salud, un debate abierto sobre políticas y prioridades

Hoy se cumplen 74 años de la constitución de la OMS. A dos años del comienzo de la pandemia, algunas consideraciones sobre las políticas de salud en el capitalismo.

Jueves 7 de abril | Edición del día

La Organización Mundial de la Salud (OMS) fue creada el 7 de abril de 1948, luego de 3 años de preparativos al interior de la ONU. El objetivo de la nueva institución era hacer un relevamiento internacional y estadístico de enfermedades transmisibles, del estado de los sistemas de salud nacionales y gestionar la prevención y la promoción de la salud, entendida como el "completo bienestar físico, mental y social y no sólo ausencia de enfermedad". Sus primeros objetivos fueron controlar la propagación de la malaria, la tuberculosis y las infecciones de transmisión sexual y mejorar la salud materno infantil, la nutrición y la higiene ambiental. Se enmarcaba dentro de las políticas de reconstrucción de una hegemonía capitalista global, luego de una guerra mundial atroz y, sobre todo, ante la amenaza de la revolución comunista.

La OMS y el modelo soviético

En el mismo año de su fundación la OMS encargó a un grupo de analistas estudiar el sistema soviético de salud, que en contexto de atraso técnico, pandemias y guerra civil había logrado mejorar todos los indicadores de salud de la población: aumentar la esperanza de vida, disminuir la mortalidad infantil, erradicar o controlar enfermedades infecto contagiosas, además de dar un impulso enorme a la prevención y la producción de tecnología médica.

La OMS propuso, siguiendo el modelo soviético, el programa Salud Para Todos en el Año 2000. Sonaba ambicioso, pero tenía un ligero inconveniente: esperaba los resultados del sistema bolchevique sin ninguna de las medidas que se tomaron desde el comienzo de la Revolución. Porque los rusos pudieron mejorar la salud de los trabajadores a través, entre otras medidas, de expropiaciones de fincas ociosas para convertirlas en centros asistenciales, reorganizaron la educación de los trabajadores de salud, pusieron los institutos de investigación y laboratorios bajo la órbita del Estado y priorizaron la prevención universal y gratuita.

Ninguna de esas medidas fueron propuestas por la OMS. De hecho, el programa Salud Para Todos nació al mismo tiempo en que el imperialismo cobraba empuje en el mundo.

La propuesta sanitarista derivó en los hechos en un asistencialismo paliativo para poblaciones empobrecidas.

No nos engañemos: no fue el caso que la OMS tuvo buenas intenciones y la empresa privada le salió al cruce. Desde siempre la OMS dejó en claro que el sector privado debía ser protegido e, incluso, fomentado. En los últimos años esa política tomó aún mayor fuerza, al promover la Cobertura Universal de Salud (CUS) que entiende a la salud como un servicio que debe ser cobrado y no como un derecho básico. Incluso el modelo de la CUS se transformó en una transferencia de recursos públicos a efectores privados.

Sin ir más lejos, el sistema soviético de salud, ya golpeado por años de desvío burocrático, recibió el golpe de gracia con el avance del modelo privatista de la OMS en Rusia a partir de 1991. Para muestra, un dato: la esperanza de vida en 1917 era de 35 años en Rusia; para 1930 era de 65. En los años 90 descendió a 58 años.

La pandemia y los sistemas de salud

La reciente pandemia de Covid-19 dejó al desnudo varias cosas. No solo al modelo extractivista que puso en contacto a los humanos con un virus zoonótico y la dispersión de ese virus por las cadenas logísticas industriales a nivel internacional. También dejó a la vista brutalmente que los intereses de las patronales giraron en torno a mantener sus ganancias a costa de la salud de sus trabajadores (el caso emblemático fue el de la familia Rocca, que en su sede en Bérgamo se negó a tomar las mínimas medidas sanitarias de protección y convirtió a esa zona de Italia en un epicentro mundial de contagios y muertes).

Pero además quedaron en evidencia las fallas de los sistemas de salud de países centrales como Estados Unidos, Inglaterra, España, Italia y Brasil. Un común denominador de esos países fue que, siguiendo las recetas neoliberales, venían reduciendo el presupuesto destinado a salud (infraestructura, inversión, salarios). La vía neoliberal se cobró cientos de miles de vidas.

La OMS salió a respaldar medidas de contingencia durante la pandemia, pero todos los años anteriores hizo propaganda para que los gobiernos incentivaran el desarrollo de los efectores privados de salud. La FAO (Food and Agriculture Organization), otro organismo creado junto con la OMS, hace lo propio con el agronegocio que origina estas enfermedades zoonóticas. El denominador es el mismo: naturalizar el capitalismo, la salud y la producción de alimentos bajo este sistema, como única posibilidad.

La OMS tampoco impulsó la liberación de patentes para que las vacunas pudieran ser accesibles a bajo precio para todo el mundo. Porque eso, claro, va contra la libre competencia que, según el neoliberalismo, estimula el desarrollo tecnológico.

Entre el sanitarismo y la privatización

En sus intenciones la OMS se plantea principios sanitaristas, es decir, un modelo de prevención y no solo de asistencia, lo que significa atacar las causas y no solo atender a una persona cuando ya está enferma. Ese modelo además incluye saneamiento ambiental, alimentario, de vivienda, de salud laboral, todos conceptos que parten de entender que la salud y enfermedad no dependen sólo de microorganismos, sino de condiciones de vida.

Pero en los hechos una postura sanitarista encuentra un límite al no ir contra las condiciones materiales y concretas que degradan la vida de las personas. Digámoslo así: no hay salud con jornadas laborales extenuantes, sin vivienda digna, con contaminación ambiental, sin educación y alimentación adecuada. Todo lo cual choca directamente con el modo de producción capitalista, que rebaja las condiciones de vida de millones para asegurar la tasa de ganancia de unos pocos.

Muy por el contrario al sanitarismo, la OMS junto al Banco Mundial y sus préstamos "sociales", ha venido incentivando el desarrollo del sector privado. Su lógica de autonomía de los sistemas de salud en los hechos descentraliza los sistemas y deja a las poblaciones como únicas responsables de proveerse salud, aun las más empobrecidas.

Los sistemas de salud hoy consisten en una salud privada de cierta calidad para quien puede pagarla y una salud pública desfinanciada y sostenida a base de precarización de sus trabajadores, bajos salarios, horarios de trabajo extenuantes, etc.

La lógica del sector privado es económicamente un modelo de eficiencia para aumentar las ganancias de los empresarios del sector, sean prestadores o productores de tecnología médica o laboratorios. Pero al mismo tiempo es una lógica reduccionista en términos científicos: la salud y la enfermedad están explicadas como si las personas fueran sólo organismos biológicos que reaccionan a otros organismos biológicos. Retomando el ejemplo del covid 19, la lógica reduccionista considera que los virus se combaten solo con vacunas y que la forma de explotación del ambiente o de otras especies animales o las condiciones de vida de las poblaciones ni siquiera son variables a tener en cuenta. Así, millones de personas transitaron la pandemia en condiciones de hacinamiento, sin agua potable, viajando a sus puestos de trabajo en transportes abarrotados o pasando horas en fábricas sin las medidas sanitarias correctas. Sin contar con que las y los trabajadores de salud en muchos casos, como sucedió en Argentina, tuvieron que pelear por algo tan básico como los equipos de protección personal de calidad.

En nuestro país el presupuesto en salud ha venido mermando y es cada vez menor. Los índices de inflación destruyeron el poder adquisitivo de los trabajadores del sector y del nivel de vida general. Muchos trabajadores y trabajadoras que sostienen la atención de la población realizan tareas ad honorem o por salarios muy por debajo de la canasta familiar. Es de esperar que bajo los dictados del FMI las condiciones económicas sean aún peores.

Solo un sistema de salud público, universal, gratuito, con presupuesto suficiente y controlado por sus trabajadorxs junto a las comunidades puede dar una adecuada prevención, promoción y atención de la salud.




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