×
×
Red Internacional

El suelo, fuente de alimentación y agua para la vida en el planeta, tiene muchas propiedades necesarias para mitigar la crisis climática global. El capitalismo le declaró la guerra.

Valeria Foglia@valeriafgl

Sábado 5 de diciembre de 2020 | Edición del día
Foto: Freepik

El suelo es mucho más que donde pisamos: es también la base de la continuidad de la vida en el planeta que habitamos. Desde 2013 todos los 5 de diciembre se celebra el Día Mundial del Suelo para generar conciencia sobre la desertificación, la degradación de la tierra y la sequía, problemas de alcance mundial agudizados por los fenómenos extremos originados por el contexto de crisis climática y ecológica.

En la resolución aprobada el 20 de diciembre de 2013, la ONU reconoce “su contribución al crecimiento económico, la diversidad biológica, la agricultura sostenible y la seguridad alimentaria, la erradicación de la pobreza, el empoderamiento de la mujer, las medidas para hacer frente al cambio climático y el aumento de la disponibilidad de agua”.

El suelo brinda la base principal para la biodiversidad y la supervivencia humana, incluidos el suministro de alimentos, agua dulce y otros tantos aportes a los ecosistemas, sostiene el reporte del IPCC [1] sobre tierra y crisis climática. A su vez, juega un rol fundamental en el sistema climático.

El suelo es tanto una fuente como un sumidero de gases de efecto invernadero (GEI) y juega un papel clave en el intercambio de energía, agua y aerosoles entre la superficie terrestre y la atmósfera. Por eso mismo, el mantenimiento de un suelo saludable es condición necesaria para mitigar la emergencia global del clima.

En la actualidad, más de un 70 % de la superficie terrestre que no está cubierta por hielo se ve afectada por la acción humana. De acuerdo a datos que proporciona el mismo IPCC, se calcula que desde 1961 el crecimiento poblacional y el cambio en consumos alimenticios, energéticos y de la madera han provocado tasas sin precedentes en el uso de la tierra y el agua dulce a nivel mundial.

El salto exponencial de la agricultura y la ganadería, extendidas territorialmente para abastecer a una población cada vez mayor, ha derivado en un aumento sostenido de la emisión de GEI, que al acumularse en exceso en la atmósfera generan el calentamiento global y otros desequilibrios climáticos. El agronegocio también hace su aporte a la liquidación de ecosistemas como bosques, sabanas y humedales, junto a la biodiversidad que los habita, a través de desmontes, quemas, sistema de arado y expansión de monocultivos transgénicos adictos a los agrotóxicos.

A su vez, la contaminación del suelo es provocada directa o indirectamente por desechos industriales, basurales a cielo abierto, uso de pesticidas, derrames de petróleo y sustancias tóxicas de la megaminería, que además afectan flora y fauna del lugar.

El capitalismo no deja respirar al suelo

En uno de los clásicos círculos viciosos de la crisis global del sistema Tierra, el aumento de la temperatura respecto de períodos preindustriales contribuye a la degradación y desertificación del suelo. “Desde 1850-1900 la temperatura media observada del aire en la superficie terrestre ha aumentado considerablemente más que la temperatura media global de la superficie (tierra y océano)”, afirma el IPCC en su estudio.

El suelo se ve golpeado por la crisis climática a través de sequías, pero también por olas de calor y lluvias extremas. Y los cambios en el suelo han traído más perjuicios a la seguridad alimentaria. África, regiones de altas montañas en Asia y América Latina son áreas particularmente afectadas. La erosión puede ser hasta cien veces más rápida que la tasa de formación del suelo.

Te puede interesar: El Senado aprobó la ley de fuego: límites de una iniciativa “tribunera”

Los ataques del sistema de producción y consumo del capitalismo dañan a su vez la capacidad del suelo de absorber emisiones de carbono y otros gases contaminantes. Es decir, echa más leña al fuego del calentamiento de la superficie terrestre.

El daño no es menor: el secuestro de carbono en ecosistemas terrestres y acuáticos es capaz de reducir niveles atmosféricos de concentración de CO2. No obstante, la deforestación y la conversión de praderas en áreas de cultivos implican la pérdida del dióxido de carbono del suelo. Según la FAO [2], “el desarrollo de la agricultura durante los últimos siglos y especialmente en los últimos decenios ha implicado el agotamiento sustantivo de las reservas de carbono”.

Te puede interesar: El desafío de preservar los bosques nativos para mitigar la crisis climática

En condiciones normales, el suelo es capaz de secuestrar más del 10 % de las emisiones antropogénicas. Para restablecer estas contribuciones, los expertos recomiendan aforestación, reforestación y un manejo sustentable del suelo a través de la agroecología, libre de agrotóxicos y organismos genéticamente modificados.

Los aportes del suelo a la sostenibilidad planetaria no son infinitos. Su degradación es uno de los mayores desafíos que enfrenta la humanidad: mantenerlo vivo es una misión indispensable e inmediata ante la emergencia global.


[1Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático

[2Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura





Comentarios

DEJAR COMENTARIO


Destacados del día

Últimas noticias