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Red Internacional

El cambio de Sabina Frederic por un “duhaldista de paladar negro” es mucho más que un intento de resolver por derecha la crisis del Frente de Todos. Los crímenes del pasado en los que el “nuevo” ministro tuvo responsabilidad política son un prontuario que no se puede esconder tras sus promesas dialoguistas. Aunque la barba quiera hacer olvidar el bigote, lo que no cambia es la doctrina de la zanahoria y el garrote.

Rosa D'Alesio@rosaquiara

Daniel Satur@saturnetroc

Sábado 25 de septiembre | Edición del día

El ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, al asumir (nuevamente) el mando de las fuerzas represivas federales, aseguró que su gestión buscará “resolver mediante el diálogo” los cortes de calles y las protestas sociales. Apuntaló este supuesto objetivo con una monumental mentira: “yo cuando me fui de la gestión de Seguridad, entre 2004 y 2009, no tuve ningún herido ni ningún muerto, no estoy dispuesto a cambiar mi récord”.

La promesa del flamante titular de la cartera de Seguridad perimió a las 48 horas. Este viernes los autoconvocados “Ferroviarios en Lucha” que fueron despedidos bajo el gobierno de Cambiemos, se convocaron en la Estación Darío y Maxi (Avellaneda). Cuando se dirigieron en tren a la altura de Barracas con la intención de protestar sobre las vías, un fuerte operativo de la Policía Federal buscó evitarlo con golpes y terminó arrojando a uno de ellos del terraplén, donde cayó desde una altura de tres metros y terminó con una fractura de una de sus rodillas.

Este es el debut de Aníbal Fernández. No podía ser de otro modo. Como dijo en este diario Christian Castillo, “aunque en estos días venga probablemente algún anuncio para tratar de aliviar algo los bolsillos de los que protestaron el 12 de septiembre con su voto o no votando, lo que se contornea es un gobierno como clara expresión de ‘partido del orden’ más que como ‘partido de la contención’”. El cambio de gabinete del gobierno de Alberto Fernández tras la derrota electoral es una clara expresión de ello.

El resultado de las urnas fue una alarma para el Frente de Todos, que debe profundizar el ajuste para cumplir con los pagos de la deuda odiosa. Como suele repetir la vicepresidenta Cristina Kirchner, el peronismo es un pagador serial de las deudas contraídas -desde gobiernos dictatoriales hasta el macrismo, pasando por el propio kirchnerismo- con organismos internacionales.

Las promesas de campaña del Frente de Todos, que volvían para ser mejores y que prometían llenar la heladera de los sectores populares chocaron con la realidad de un aumento de la desocupación y la pobreza (que ya había dejado en altos índices el macrismo) causado por medidas concretas de gobierno y no por los graves efectos sanitarios que produjo la pandemia del coronavirus. Ante esta realidad, el gobierno de los Fernández temen que la conflictividad social aumente. Y se preparan para enfrentarla en las calles.

Por esto, ante la primera crisis política en la coalición gobernante salió eyectada del Ministerio de Seguridad la ministra “progre” Sabina Frederic y Aníbal Fernández, “amigo” del Presidente, desembarcó en su reemplazo.

El fin de la “ilusión”

Hay que recordar, sin embargo, que bajo la gestión de Frederic la Gendarmería y las demás fuerzas bajo su mando no dejaron de practicar el gatillo fácil y otras formas de represión contra los jóvenes de los barrios populares. En el Bajo Flores de la Ciudad de Buenos Aires, en plena cuarentena estricta de 2020, un grupo de gendarmes asesinó a sangre fría al joven Facundo Scalzo en un caso que se quiso hacer pasar como de combate al “delito” y que sigue impune.

También bajo la gestión de Frederic hubo represión a la protesta social con las fuerzas federales. En noviembre de 2020 en Córdoba, una delegada municipal recibió un perdigón en el ojo por parte de Gendarmería en el marco de una represión a la lucha por recomposición salarial. Asimismo la ministra envió a esa fuerza a Catamarca, para amedrentar a los manifestantes ambientalistas de Andalgalá.

Y no hay que olvidar que, más allá de algunos gestos simbólicos, también bajo la gestión de la ministra “progre” continuó la impunidad de Gendarmería y Prefectura respecto a los crímenes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, ocurridos durante el macrismo y con Patricia Bullrich como ministra. En agosto pasado, ante un nuevo aniversario de la desaparición del joven artesano en Chubut, su hermano Sergio Maldonado denunció que “al Frente de Todos no le interesa lo que pasó con Santiago”.

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Frederic, al frente de las fuerzas represivas, usó un discurso que se emparenta al de quienes agitaron en los últimos años la doctrina de la “seguridad democrática”, promovida especialmente por el ala “socialdemócrata” del gobierno de Cristina Kirchner. Un discurso que es parte de un relato para ejercer la represión estatal con un barniz de “trato humanitario” a las víctimas de las balas, los gases, los palos y las detenciones. Sin embargo, como se vio en las últimas semanas, esto no le fue suficiente al Gobierno en su objetivo de contener un posible ascenso de la conflictividad social.

En 2010, durante el primer gobierno de CFK y luego de la represión en la toma de tierras en el Parque Indoamericano a 1.500 familias que reclamaban vivienda (donde las policías Federal al mando de Aníbal Fernández y Metropolitana creada por Mauricio Macri asesinaron a tres trabajadores inmigrantes) se creó el Ministerio de Seguridad. Una respuesta reaccionaria a un reclamo por un legítimo derecho.

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Con la creación de ese ministerio, por un lado se realizó un cambio de cúpulas de las fuerzas federales para limpiar las caras corruptas más visibles y, por otro lado, se profundizaron los métodos de criminalización y judicialización de la protesta social. Cuando Myriam Bregman acompañó a las obreras y obreros de Kraft en la denuncia del Proyecto X, el plan de espionaje ilegal que llevó adelante Gendarmería Nacional al mando de Nilda Garré (una de las cultoras de la “seguridad democrática”), quedó demostrado cómo se le armaban causas judiciales a los trabajadores y sectores populares que salían a luchar.

Once años después, Aníbal Fernández retoma parte de ese relato de la “seguridad democrática” que encubre la represión lisa y llana, sosteniendo que la seguridad es un problema de “diálogo” y “conducción política”. Un verdadero vendedor de humo que este viernes volvió a demostrar su verdadero rol como ministro en la represión a los trabajadores ferroviarios en Barracas.

Apenas asumido, Aníbal defendió a las cúpulas de las fuerzas represivas federales. Sobre la Gendarmería y la Prefectura dijo que “tienen una historia propia que hay que fortalecer”. Y elogió en particular al comisario Néstor Roncaglia, quien fuera jefe de la Federal durante el kirchnerismo y el macrismo. Consultado sobre qué opinaba de las críticas a su nombramiento de parte de Patricia Bullrich y Elisa Carrió, Fernández sostuvo que Roncaglia fue parte de su gestión pasada en Seguridad para llevar la pelea contra la droga y cuando asumió Cambiemos lo eligieron como “líder de la Policía de ellos”, por lo que quedaría demostrado que habían “elegido buenos profesionales para trabajar”.

Como parte de las mismas declaraciones, Aníbal no tuvo más que elogios sobre Sergio Berni, con quien tiene “una relación muy buena desde hace muchos años”. Poco después ambos se reunieron y el derechista ministro bonaerense le devolvió el cumplido diciendo que con el nuevo titular de Seguridad nacional no puede más que estar “satisfecho y feliz”.

Además Fernández ratificó a las autoridades de Gendarmería, Prefectura la Federal y la Policía de Seguridad Aeroportuaria. “Los llamé a cada uno a su teléfono, las cuatro cúpulas me satisfacen y por eso quiero trabajar con ellos”, sentenció.

Zanahorias y garrotes

Aníbal Fernández es el prototipo del dirigente peronista que puede acomodarse fácilmente a los cambios de época, modificar su discurso y hasta su aspecto físico con tal de mantener incólume su capacidad de acción en áreas gubernamentales donde la violencia contra los sectores populares es norma, como la de la Seguridad.

El “duhaldista de paladar negro” (tal como se autodefinió) que tuvo responsabilidad directa en hechos tan graves como la Masacre de Avellaneda de 2002, el encubrimiento en la desaparición forzada de Jorge Julio López de 2006, las represiones a trabajadores ferroviarios que terminaron con el crimen de Mariano Ferreyra en 2010, los asesinatos a inmigrantes en el Indoamericano y tantos otros, en los últimos años logró incluso ganarse la simpatía y “amistad” de algunas personas que en en el pasado lucharon contra lo que el mismo Aníbal representa.

Además de cancherear con su verba “nac&pop”, de reivindicarse “ricotero” y de tirarle una onda a la juventud reivindicando el porro, en 2013 recibió nada menos que de manos de Hebe de Bonafini un pañuelo blanco, símbolo de las Madres de Plaza de Mayo. La operación ideológica para pasar de ser un represor y encubridor de crímenes atroces a un “defensor de derechos humanos”, sin dejar de ser nunca un duhalista de paladar negro, pareció ser todo un éxito. Al menos para algunas y algunos.

Pero, a esta altura, queda claro que el problema no es de Aníbal. Él hace lo que sabe y le sale bien. Él es un funcionario que sí funciona y para eso lo convocaron Alberto y Cristina en plena crisis política del Frente de Todos y en medio de una profunda crisis económica y social. El problema está, más bien, en quienes pretenden hacer pasar a Aníbal como un ministro que será capaz de “dialogar” con todo el mundo y hacer de la represión algo más digerible.

Si de algo sirvió el paso de Sabina Frederic por el Ministerio de Seguridad durante 650 días fue para demostrar lo falaz y, en última instancia, reaccionario de la doctrina de la “seguridad democrática” y todas sus variantes ideológicas. Mientras el peronismo y el macrismo ensanchan su grieta discursiva respecto a cómo formar y conducir a las policías y demás brazos armados del Estado, en lo que no hay discusión es en el rol concreto que esas fuerzas cumplen en esta sociedad.

Ni manoduristas ni “progres” tienen diferencias cuando desde la Casa Rosada y las gobernaciones se trata del control social y de reprimir a quienes luchan con fuerza por derechos elementales. La interna entre Frederic y Berni no era más que una exteriorización de matices sobre cómo abordar cada tema, pero no sobre el rol que debían cumplir en el esquema de gerenciamiento del Estado capitalista.

Nilda Garré, León Arslanián, Marcelo Saín (amigo de Aníbal), Sabina Frederic y varios progresistas más escribieron libros y hablaron hasta el cansancio de lo posible que es transformar a policías, gendarmes y prefectos en servidores públicos de la comunidad, comprometidos con la defensa de los derechos humanos y las garantías constitucionales. Todo lo cuál, aseguran, depende de la “conducción política” de las tropas para evitar el “autogobierno” de las fuerzas.

Pero bastó que el peronismo perdiera las PASO de medio término para que, en un veloz pase de manos, todo ese andamiaje discursivo cayera cual castillo de naipes y el sillón del Ministerio de Seguridad vuelva a ser ocupado por el duhaldismo. Encima de paladar negro.

Hace una década, cuando la crisis económica expulsaba trabajadores a la calle y las luchas por tierra, techo y trabajo se multiplicaban, el peronismo respondió como siempre lo hizo, con falsas promesas y represión. Hubo muertos, heridos, procesados y detenidos. Allí estaban Aníbal y muchos otros funcionarios que hoy también acompañan a Alberto y Cristina en el Gobierno.

Pero es necesario salvar todas las distancias entre aquellos años y este presente. La crisis económica y social es mucho mayor que entonces. Las ataduras asumidas por el Gobierno con el FMI y demás exprimidores de las riquezas nacionales son también mayores. También pueden ser muy diferentes las respuestas de la clase obrera y los sectores populares cuando el hambre y la miseria aprieten en extremo. Y por eso el peronismo sabe que el poder de fuego del Estado debe tener mucho más volumen.

Por eso vuelve Aníbal. Por eso Berni está feliz. Por eso Frederic, tras su olvidable gestión, vuelve a refugiarse en sus investigaciones antropológicas. Y por eso, también, las trabajadoras y los trabajadores debemos prepararnos. Con más organización y evitando comprar doctrinas y teorías que no son más que zanahorias que anteceden al garrote.




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