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Red Internacional

Un alegato rimbombante para defender la gestión ante la pandemia que ya costó más de 200 mil personas fallecidas en México.

Bárbara FunesMéxico D.F | @BrbaraFunes3

Viernes 26 de marzo | 15:07

La mejor defensa es el ataque para el subsecretario López-Gatell. Una conferencia vespertina épica en la que se pasó un récord lúgubre, que de verdad nadie hubiera querido. Más de doscientas mil personas que ya no están, y con sus ausencias, México llega al tercer lugar mundial en número de muertes, luego de Brasil y de Estados Unidos, un dato terrible que Gatell decidió no abordar.

Qué lecciones dejó esta pandemia, la pregunta pivote para desplegar la justificación del manejo de la crisis sanitaria que, en México, como en otros países, apostó a no frenar la cadena de contagios con la negativa persistente a realizar pruebas masivas, periódicas y gratuitas, junto con la falta de seguimiento de contactos.

Denunció López-Gatell que los grandes medios, como El Universal, Reforma, Milenio, con titulares sobre las 200 mil muertes buscan más ganancias, que se arrogan la representación de cientos de miles de familias en duelo, que representan grupos de interés económico y político opuesto al gobierno de AMLO. Nada nuevo bajo el sol.

Eso medios son los que respaldaron las reformas a la seguridad social -la de 1997 de Ernesto Zedillo y la de 2007 de Felipe Calderón-, los que con campañas persistentes golpetearon por décadas contra las y los trabajadores del IMSS y del ISSSTE para legitimar la subrogación de servicios, la descapitalización, la falta de inversión, la precarización laboral.

Cuatro factores, como cuatro jinetes del apocalipsis, desfilaron galopando con las crines al viento en el discurso de López-Gatell.

Primero, el estado deplorable del sistema de salud en México, ante lo cual postuló un sistema de salud universal, público y gratuito. Segundo, la epidemia de enfermedades crónicas no transmisibles: diabetes, múltiples cánceres, obesidad, EPOC. Los responsables: un modelo alimentario invadido por productos procesados y el daño ambiental. Pero en México las trasnacionales siguen teniendo vía libre para el extractivismo, el saqueo de recursos y la devastación ambiental, todo refrendado con el T-MEC, la modernización del TLCAN aplicado desde 1994, durante los gobiernos neoliberales. Incluso AMLO, con ocasión del desencuentro sobre la reforma a la Ley de Energía Eléctrica, se aseguró de aclararles públicamente que no se plantea expropiaciones ni problemas con el gran capital.

Tercero, la desigualdad social. “Hay unas pocas familias de ricos muy ricos muy millonarios que tienen la mayoría de la riqueza del país y una gran cantidad de familias que tienen insuficiente cantidad de recursos o que no tienen un empleo estable o que su salario es notoriamente inadecuado, que no puede cubrir las condiciones de vida de la persona trabajadora y su familia […] y la desigualdad implica carencias sociales”. En nombre de la desigualdad es que el gobierno apresuró la reapertura económica exigida por el imperialismo estadounidense y las trasnacionales, con la justificación de que sin vuelta a la “nueva normalidad” no tendrían ingresos para subsistir.

Y aquí apeló a los grandes medios, a los que avalaron los planes neoliberales con el TLCAN como punta de lanza, para que trabajen juntos para mejorar las condiciones sociales de la población, para que se reduzca “la prevalencia de enfermedades asociadas a los productos industrializados y la necesidad de tener un sistema de salud público de cobertura universal. Quizá eso convoque la generosidad de estas personas ricas para ayudar a mejorar estas condiciones sociales.” Como si a Carlos Slim, Ricardo Salinas Pliego, Germán Larrea y todos los de su calaña les importara algo más que acrecentar sus fortunas y sostener su vida de privilegios a costa de la explotación de millones de trabajadoras y trabajadores.

Cuarto, “la manera en que como seres humanos nos relacionamos con el planeta”. López-Gatell en un arrebato de inspiración declaró “Y es no solamente con los ecosistemas silvestres que los hemos sobreexplotado e invadido, precisamente por un sistema económico que busca extraer y con ello destruye el planeta, contamina los ríos, contamina el mar, contamina la atmósfera, contamina los suelos, por esta avidez por la producción que se va a muy pocas manos que concentra la riqueza. Por lo tanto, no es un consenso social generalmente es para enriquecer a esas mismas minorías”. “El modelo de vida consumista, egoísta, poco solidario” también tuvo su cuota de crítica.

El carácter casi “anticapitalista” del discurso del subsecretario -aunque el capitalismo es el “innombrable”- podría ser verosímil, si no fuera porque apela a que los grandes empresarios compartan algunas migajas de su fortuna con el pueblo pobre, pero sin que el gobierno haya planteado en ningún momento la creación de impuestos extraordinarios a magnates y trasnacionales, y dejar de pagar la deuda externa para aumentar el presupuesto para salud y educación. Tampoco está en cuestión el extractivismo de mineras ni la devastación ambiental que crean los corredores industriales que florecieron a la sombra del TLCAN.

Durante la pandemia, la desigualdad social se acrecentó: el gobierno de AMLO impuso cientos de miles de despidos en el sector público -antes de 2020 hubo medio millón y el año pasado, sólo en la Ciudad de México se calculan unos 60 mil-, adeuda salarios -como el caso de los profesores de asignatura de la UNAM-, y evitó prohibir millones de despidos y recortes salariales en el sector privado, tanto formal como informal.

En este contexto, a pesar de que el gobierno de AMLO llevó a cabo algunas medidas que marcan distancia con los gobiernos neoliberales como la reforma eléctrica o el anuncio de aumento a las pensiones, y éstas generan simpatía en amplios sectores, son insuficientes para lo que requiere la crisis actual que golpea a la mayoría de la población y a la vez no cuestionan la dependencia y la subordinación profunda del país.

Aunque AMLO plantea regular la subcontratación, la realidad es que mantiene a trabajadoras y trabajadores en el sector público sin prestaciones, incluso en hospitales, y esto consolida la precarización laboral en las empresas, que incluye jornadas laborales cada vez más extensas. Además, aún con los aumentos al salario mínimo, los ingresos de la clase trabajadora siguen por debajo del costo de la canasta básica y los servicios esenciales.

Con estas condiciones materiales, para la mayoría de la población una vida saludable y una alimentación equilibrada que prevengan las enfermedades crónicas no transmisibles son objetivos por completo inalcanzables.

Nadie puede dejar de reconocer que López-Gatell, como subsecretario es un gran orador, de la escuela de la utopía reaccionaria de su mentor AMLO, quien asumió con la promesa de gobernar para pobres y ricos, y ante la primera gran crisis se ubicó del lado de los empresarios al tiempo que endilga a la responsabilidad individual el cuidado familiar durante la pandemia.

El capitalismo, donde la vida humana se concibe sólo como mercancía capaz de generar ganancias a los empresarios, es lo que nos llevó a esta catástrofe y, al contrario de lo que parece creer el subsecretario, es por completo irreformable.




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