×
×
Red Internacional

La crisis de los chips destapa de nuevo lo errático y grave del sistema de producción capitalista. Desde finales del año pasado, esta escasez ha afectado a múltiples sectores. Sus empresas han iniciado una auténtica pandemia de despidos para salir a flote y salvaguardar sus pérdidas.

Lunes 3 de mayo | Edición del día

¿Qué es la crisis de los chips?

Pocas veces podemos contemplar una demostración tan patente de las tesis de Lenin respecto al imperialismo y a la generación de monopolios.

La producción automovilística lleva cinco meses agonizando de hambre de chips. Con el descenso del consumo de vehículos durante la pandemia y las ayudas de distintos Estados para asumir las pérdidas, las fábricas y empresas automovilísticas frenaron la producción. Esto hizo que cesaran en sus contratos con los fabricantes de piezas, en particular de microchips.

El mercado de microchips es un gigantesco monopolio controlado principalmente por cuatro empresas: TSMC, Samsung, Globalfoundries y STM Electronics. Las dos primeras, afincadas en Taiwán y Corea del Sur suponen el 83% del mercado mundial de chips. Con la pandemia, la producción de electrónica se disparó a tiempo que cayó la de automóvil. Todos los esfuerzos de esta empresa era explotar esa nueva mina de oro que eran los confinamientos, alcanzando cifras record.

Cuando la industria automovilística volvió a abrir, las existencias de semiconductores estaban extenuadas. Esto está llevando no sólo a problemas para satisfacer la demanda, sino que los precios se han disparado (hasta un 20%, por ejemplo, el principal semiconductor, el silicio).

Sin embargo, esto no se debe sólo a un control monopolístico de la producción, una consecuencia directa de la globalización y de la producción capitalista. La tesis de Lenin se aprecia también en la disputa de los Estados. En el marco de la guerra económica entre Estados Unidos y China, ambos países han tomado posiciones para proteger sus intereses y tratar de imponerse a su rival. Sólo China gastó más de 226.500 millones de euros en importar chips semiconductores (un 25% de lo que invirtió en petróleo). A esto se suma que China es el mayor productor del mundo de silicio, aunque no tiene las infraestructuras necesarias para convertirlo en piezas electrónicas. A pesar de la protección militar estadounidense, tanto Taiwán como Corea del Sur dependen económicamente del gigante asiático, una situación que EE.UU. ve con temor.

Esta crisis ha afectado a la producción también de EE.UU. No sólo la producción automovilística, también la electrónica. Tanto Intel como Google han hecho un llamamiento a Joe Biden para crear medidas proteccionistas y mover la industria del sudeste asiático a Norteamérica. Es, sin embargo, una jugada difícil si contemplamos las condiciones laborales y la filosofía de producción que hay en la Asia del Pacifico. De hecho, ya EE. UU. había disputado a China los componentes, pero esta comenzó a acaparar para tener stock suficiente para no frenar su producción, lo que ha desestabilizado los mercados.

Los intereses capitalistas, tanto de las empresas propias como de los Estados, se muestran aquí completamente descarnados. La ironía es la contradicción del dogma neoliberal. El capitalismo que se erige como el sistema que más riqueza produce genera tales contradicciones que toda su arquitectura pende siempre de un hilo. Tiene la perfecta estabilidad de un castillo de naipes, basta que apenas tocar uno para que caiga todo.

Sin embargo, las víctimas no son precisamente las empresas o los Estados como tal. Es una crisis que los especialistas creen que se alargará, como mínimo, hasta otoño, aunque hay algunos que creen que hasta el año que viene no volverá una producción normal. Esto ha conducido a las empresas a lidiar con una crisis que sólo saben resolver de una manera: precariedad y despidos.

El sector automovilístico contra la clase trabajadora

Ya desde el inicio de la pandemia pudimos comprobar los escrúpulos de los capitalistas. El gobierno progresista ofreció como medida para proteger las ganancias los ERTES (los cuales no han llegado para muchos). En el sector automovilístico no podemos olvidar la lucha que dieron los trabajadores de Nissan contra los despidos en masa que, pese a todo, estaban dispuestos a efectuar las subcontratas afiliadas a la empresa automovilística.

Hoy esta situación se reaviva, igual que la lucha obrera. En España, de forma directa, esta crisis ha afectado ya a 57.000 trabajadores del sector, que han perdido su puesto de trabajo. A esto hay que contar todo un abanico de empresas anexas que viven del sector y que se pueden ver afectadas y no están contabilizadas (se calcula que aproximadamente 200.000 trabajadores puedan ver peligrado su empleo).

Con ERTEs cíclicos o tretas varias, el 17.3% de la producción en España ha sido paralizada. SEAT abría el año con un ERTE para 14.000 trabajadores. Ford paralizaba de forma absoluta su planta de Almussafer. Renault hizo paros interrumpidos. Stellantis prevé despidos y Opel está en vistas de negociar un ERTE para 5.500 trabajadores.

Las cifras muchas veces blanquean la realidad. Si consideramos lo antes expuesto, estamos por ver una auténtica oleada de despidos (permanentes o temporales) como consecuencia de la especulación monopolística de chips, de la guerra económica de Estados guiados por los intereses corporativos; cientos de miles (por ahora) de trabajadores, sin contar con sus respectivas familias que puedan depender de su sueldo, pueden verse abocados a la más absoluta miseria.

Al tiempo que muchos son mandados a sus casas, el resto de trabajadores (tanto los de aquí como los de las plantas surasiáticas) mantienen el trabajo bajo condiciones infrahumanas, con exceso de trabajo, precariedad sin mesura, sometidos al dictatorial capricho de la patronal dispuesta a ahorrarse a otro trabajador en cualquier momento.

Ante esta situación, la combatividad de los sindicatos brilla por su ausencia. En lugar de organizar a los trabajadores contra estas medidas, firman los despidos y los ERTEs y colaboran con la patronal agachando la cabeza.

Contra los despidos y la miseria: control obrero de la producción.

Muchos trabajadores todavía confían en las burocracias sindicales, pero estás han demostrado ser aliados de los capitalistas a la hora de implantar recortes de plantilla. Sin embargo, el desengaño es patente, y la clase trabajadora está cada vez más dispuesta a echar el pulso a las patronales.

Así lo ha demostrado la plantilla de la NISSAN, que tras la lucha del año pasado, reanuda la huelga indefinida esta semana para poner sobre la mesa las indemnizaciones que la empresa a través de sus subcontratas se niega a reconocer tras advertir su inminente cierre este año. Esto ocurre después de que las direcciones sindicales pactaran el cierre de la Nissan y traicionaran la lucha de una plantilla de decenas de miles.

Las consecuencias de la crisis son inciertas, aunque se puede prever procesos de lucha en distintas fábricas que no pareen alcanzar un acuerdo con las burocracias que satisfaga a los trabajadores. Lo único claro son las lecciones que luchas como la de Nissan expresan.

El capitalismo es un sistema irracional cuyo motor son los beneficios económicos de unos pocos a costa de la miseria de muchos. Es una violenta locomotora desbocada hacia su fin por mandato de las empresas. Sus crisis son abruptas, devastadoras y frecuentes, tanto como los deseos de negocio de los capitalistas.

Es una locomotora que sólo puede ser controlado bajo el mando obrero. Frente a una crisis que a todas luces generará más miseria, la única solución es la lucha, la auto-organización de los trabajadores por encima de las burocracias sindicales. Ello en vistas de que la producción, el soporte que sustenta la vida de millones de personas, sea controlada en ritmo y calidad y no se subordine a los dividendos de un pocos, sino a las necesidades de la mayoría. En otras palabras, planificación económica para crear los bienes necesarios sin depender de los antojos del mercado.




Comentarios

DEJAR COMENTARIO


Destacados del día

Últimas noticias