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Red Internacional

La guerra en el Cine de Ucrania y Rusia, películas y directores

En el lapso que va desde el inicio del enfrentamiento entre Ucrania y Rusia en 2014 a la guerra abierta en 2022, el cine a ambos lados de la frontera trató el conflicto y sus consecuencias. De la propaganda al cine reflexivo, de la distopía al antibelicismo, las películas hablan tanto de las intenciones de los gobiernos como de las múltiples sensibilidades que se manifiestan ante la guerra. Este artículo rescata algunas películas de los últimos años y recuerda otras que marcaron la historia centenaria entre los dos territorios.

Javier Gabino@JavierGabino

Viernes 4 de marzo | Edición del día

En diciembre de 2021 se estrenó en Rusia El piloto: Una batalla por la supervivencia de Renat Davletyarov. Trata de un piloto ruso que en la II Guerra Mundial (la Gran Guerra Patriótica para Rusia) es derribado tras las líneas enemigas (no se sabe el territorio exacto) y emprende un camino de regreso al borde de la muerte. Asediado por los nazis, sobrevive ayudado por campesinos de los territorios ocupados con la voluntad de volver a pelear a pesar del terrible sufrimiento. Con todos los tópicos del gran cine de guerra incluyendo la historia de amor, El piloto tiene algo de El renacido (2016) de Iñárritu y también es la última muestra del renacido cine bélico ruso y las épicas históricas de la gran potencia en la era Putin.

El rol protagónico de El piloto es del actor Pyotr Fyodorov que saltó a la fama tras protagonizar al comandante Gromov en la película Stalingrado (2013) de Fyodor Bondarchuk, un director que es miembro del partido Rusia Unida de Putin, y se hizo conocido con La novena compañía (2003) sobre la guerra soviética en Afganistán. En Stalingrado abordó nuevamente esa gran batalla, ahora plagada de efectos especiales espectaculares y escenas fantásticas como la de soldados rusos combatiendo aún prendidos fuego, resaltando la masculinidad y “la protección de la mujer rusa” contra los nazis.

Una buena parte de la producción cinematográfica rusa se produce hoy al mejor estilo de las grandes películas de propaganda norteamericanas que son de consumo corriente en esta parte del mundo. Dirigidas a un público amplio y explotando los efectos especiales, vuelven la mirada al pasado para abrazar un presente de rearme patriótico. Pero no solo el pasado lejano.

Renat Davletyarov, también dirigió Donbass Borderland (2019) que trata justamente los enfrentamientos de 2014 entre Ucrania y Rusia. En la historia un joven soldado ucraniano leal al gobierno de Kiev y un soldado pro ruso de las milicias separatistas, terminan reunidos por el azar violento de la guerra en un sótano con civiles de un pueblo perdido. Los civiles están divididos, los soldados están enfrentados, pero como es de esperar el camino juntos les permite confraternizar y la aparición del Batallón Azov (neonazi) muestra cuál es el lado bueno. Predecible y llena de lugares comunes aún cuando rescata el lado humano de los soldados, comienza y termina con extensos carteles que “contextualizan” sobre el referéndum de independencia, la respuesta violenta de Kiev y apuntalan la frase final lapidaria “La guerra en Donbass continúa hasta el día de hoy…”

Cine bélico ruso. Afiches de Stalingrado (2013) de Fyodor Bondarchuk. Donbass, Borderland (2019) y El Piloto (2021) de Renat Davletyarov

Del otro lado de la frontera y de las formas del cine se ubica Sergei Loznitsa, considerado hoy uno de los grandes directores de cine ucranianos (nacido en Bielorusia). En 2018 estrenó Donbass, una extraordinaria película que lleva la ficción hasta el borde del documental de registro directo, con largos planos secuencia, aborda los sucesos de 2014 con una mirada enfrentada a la política de Rusia pero alejada de la reivindicación del lado opuesto. Sólo hay en la guerra del Donbass degradación del ser humano, salvajismo y humillaciones, extorsiones y manipulación informativa que es uno de sus temas principales. La película enlaza trece historias vinculadas apenas por algún personaje, que van sumergiendo al espectador en un mundo que se volvió absurdo y desequilibrado, amenazante, donde incluso los contendientes no son tan reconocibles pero donde “lo ruso” tiene algo de barbarie. Loznitsa fue muy comentado en 2021 cuando la plataforma MUBI presentó su Funeral de Estado (2019) una reconstrucción de las monumentales ceremonias por la muerte de Stalin, siguiendo una línea de trabajo de otros documentales suyos que denuncia el estalinismo y que según sus propias declaraciones busca advertir contra el resurgimiento de los totalitarismos, a los que asocia no sólo al poder sino “a la fascinación” en las masas, la manipulación y aspectos culturales. Loznitsa se encuentra actualmente en Vilnius, Lituania, finalizando su nuevo documental, La historia natural de la destrucción, un título que aparece apropiado al presente de su país. Inspirada en el libro de WG Sebald, trata sobre el bombardeo de saturación de ciudades alemanas por parte de las fuerzas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial, y también aborda el bombardeo de Coventry por parte de la Luftwaffe.

Donbass (2018) de Sergei Loznitsa

En la misma región del Donbass se desarrolla la distopía antibelicista Atlantis (2019) de Valentyn Vasyanovych. Al inicio, sobre las primeras imágenes de un horizonte en ruinas posbélico, un cartel avisa que la historia tiene lugar en 2025 “un año después del fin de la guerra” con Rusia. Vasyanovych simplemente planteaba la guerra desde 2014 como una acción en pausa. El protagonista de Atlantis es Sergiy, un ex soldado ucraniano con trastornos post traumáticos que junto a Alex (otro ex combatiente) trabajan en una fundición y descargan sus tensiones disparando armas a blancos de metal. Pero Alex no puede soportar su sufrimiento y se suicida en la fábrica. Y la empresa cierra dejando a todos sus trabajadores en la calle, despedidos por un patrón que les habla desde una pantalla gigante y lejana. Sergiy queda solo en este mundo terrible y encuentra trabajo como camionero repartidor de agua, un bien muy preciado en una zona devastada y contaminada, ahí veremos lo que en soledad va encontrando en la región. La cámara en Atlantis nunca se acerca a sus personajes, todo sucede en una serie de planos fijos y estáticos, no hay primeros planos o detalles. Se construye una distancia angustiante que permite apreciar composiciones con un gran cuidado estético, pero al mismo tiempo nos empuja al lugar de espectador. Es una película de alto impacto visual, donde la muerte está presente en cadáveres momificados de ambos contendientes y nada parece poder cambiar ese futuro.

Atlantis (2019) de Valentyn Vasyanovych

Pero el antibelicismo también tiene su lugar en Rusia, por parte del director ucraniano Alexander Zolotukhin, que estrenó A Russian Youth (2019). El film cuenta la historia de un soldado adolescente del Ejército Imperial Ruso que sueña con ganar fama y medallas en la Primera Guerra Mundial. Alexey es casi un niño que con entusiasmo está ansioso por jugar con los más grandes y matar alemanes. Pero termina quedando ciego en la primera batalla a consecuencia de un ataque con gas mostaza. Sufre desventuras y humillaciones, hasta conseguir un nuevo trabajo en la guerra que parece hecho para su nueva condición: interceptar aviones enemigos escuchando el aire a través de enormes y extraños embudos de metal. La película es bellísima y se alimenta del lenguaje audiovisual de los grandes maestros del cine sovietico. El film conecta dos tiempos y espacios con casi un siglo de distancia, en el presente una orquesta ensaya obras de Sergei Rachmaninoff (sus “Danzas sinfónicas” y el “Concierto de piano n° 3”), en el pasado se desarrolla la historia que se acopla a esa música, o la música se acopla a la historia, a veces combinando los sonidos de ambos (indicaciones a los músicos, respiraciones). Las imágenes de guerra en A Russian Youth fueron filmadas en formato digital pero trabajadas en posproducción para asemejar las de una copia en fílmico que ha tenido una gran cantidad de proyecciones, con rayones suciedades y grano. Hay violencia, también humor negro, pero sobre todo hay una hermosa experimentación.

A Russian Youth (2019) de Alexander Zolotukhin

Las relaciones cinematográficas y simbólicas entre ambos países se remontan a cuando eran otros hace cien años. En la primera mitad del siglo XX los cineastas ucranianos nativos o por adopción, crearon para la extinta Unión Soviética una parte de la historia mundial del cine. Y sus ciudades fueron escenario de películas que dejaron huellas en nuestra memoria icónica, por lo que aún en nuestra parte del mundo, dominada por las relaciones visuales con Estados Unidos y Europa occidental, seguro hay algo ucraniano en nuestras miradas.

La más fácil de recordar es la caída infinita del carrito de bebé por las escaleras de Odessa en El Acorazado Potemkin (1925) de Eisenstein. En esa ciudad junto al Mar Negro cientos de civiles son asesinados en una escalera de piedra por solidarizarse con el barco de guerra rebelde, en una masacre que nunca ocurrió ahí pero que tradujo la revolución derrotada de 1905 a los códigos de instalación necesarios para guardarse en la memoria colectiva.

También fue en la capital Kiev, en la ahora hostil Moscú y nuevamente en Odessa donde Dziga Vertov junto a Yelizaveta Svílova, realizaron El hombre de la cámara (1929), “una experimentación de comunicación cinemática” con la que inventaron juegos de lenguaje audiovisual que se usan hoy hasta en las redes sociales. Vertov que había nacido en Polonia, mudado a Ucrania, también hizo ahí El undécimo año (1928) y el primer documental ucraniano sonoro: Entusiasmo, Sinfonía del Donbass (1931).

El Donbass, que vuelve una y otra vez en las películas actuales por ser una de las regiones separatistas y mayoritariamente de habla rusa, está contada en Entusiasmo en un canto al trabajo colectivo, la industria y las máquinas, donde las masas dejaban atrás el viejo sistema y se esforzaban en crear un mundo nuevo. Realizada con profunda poesía visual es también testimonio de su tiempo y de los conflictos con el poder central que llegan hasta hoy. En ese año, mientras el stalinismo promociona el stajanovismo (el aumento de la productividad laboral en las fábricas) Ucrania venía de una hambruna mortífera producto de la colectivización forzosa del campo.

Pero obviamente el cine ucraniano está marcado por Alexander Dovzhenko, el gran director nacional y por el cual los estudios de Kiev llevan su nombre. Aunque era miembro del Partido Comunista siempre mantuvo relaciones tensas con la burocracia de Moscú porque sus películas eran ambiguas y complejas, mostrando las contradicciones del tema que trataba. De su “trilogía ucraniana” hay dos que podemos sentir con ecos a la actualidad. Tierra (1930) en la que los protagonistas expresan las diversas posturas ante la aplicación de la “colectivización forzosa del campo” en territorio ucraniano. Y donde Dovzhenko, aún buscando la propaganda favorable, muestra familias de granjeros enfrentadas entre sí a partir del plan de Moscú. Mientras que Arsenal (1929) tiene el eco de la guerra, otro tipo de guerra, la Primera Guerra Mundial, con un marcado antibelicismo sobre un soldado ucraniano que regresa a su hogar y lo descubre devastado. Dovzhenko realizó luego otros “films de guerra” de la historia de Ucrania como La lucha por nuestra Ucrania Soviética (1943) y el documental Victoria en Ucrania del Margen derecho (1945), pero esa fue otra Ucrania y otro tipo de guerra.

En estos momentos el planeta entero está conmocionado por la invasión de Rusia a Ucrania. Un ataque militar, una escalada guerrerista, que también está cruzada por la injerencia imperialista de la OTAN, a cuya cabeza está Estados Unidos. La propaganda y la emergencia del cine bélico en Rusia se da al mejor estilo norteamericano.

Este repaso por algunas películas de la enorme historia cinematográfica entre Ucrania y Rusia puede ayudar a conocer por otros medios las múltiples sensibilidades que se manifiestan ante el conflicto. Comprender por todos los medios lo que está pasando es un primer paso para empezar a discutir cómo se transforma un mundo que se muestra completamente irracional. Un mundo donde las tensiones entre potencias llevan a una guerra brutal que arrasa hogares, destroza familias y destruye vidas. No a la guerra, fuera las tropas rusas de Ucrania, fuera la OTAN de Europa del este.






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