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Red Internacional

Este 3 de mayo en el Caracol de Oventic, se realizó el seminario “El Pensamiento Crítico frente a la Hidra Capitalista” convocado por el EZLN para homenajear a Luis Villoro y al Galeano. En ese marco, el comandante Moisés hizo sugerentes afirmaciones sobre la situación del capitalismo, que aquí retomamos para iniciar un debate.

Jimena Vergara@JimenaVeO

Jueves 7 de mayo de 2015 | 22:00

El sistema capitalista no se va a humanizar

En el contexto de la contienda electoral después de las imponentes movilizaciones por la aparición de los 43, las palabras del vocero del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) suenan refrescantes para muchos que desconfían del conformismo posibilista imperante, cuando plantea que “Los capitalismos no van a renunciar o se van a arrepentir y dejar de explotar al pueblo, ya que el sistema capitalista no se va a poder humanizar; para acabar con él hay que destruirlo y para eso hay que organizarse”.

No podemos más que coincidir con esta sentencia. Pero, como hemos decidido tomarla seriamente estamos obligados a plantear, en estas líneas, no los porqués de la necesidad de destruir al capitalismo si no los comos.

Recientemente, en otro texto, se planteaba que, para el EZLN “nosotras, nosotros, zapatistas, vemos una cosa y ellos ven otra”, porque “vemos que se sigue recurriendo a los mismos métodos de lucha” y “de manera concomitante surgen y se desarrollan los nuevos parámetros de ‘éxito’, una especie de aplausómetro que, en el caso de las marchas de protesta, es inverso: mientras más bien portada sea (es decir mientras menos proteste), mayor su éxito. Y se hacen organizaciones partidarias, se trazan planes, estrategias y tácticas, haciendo verdaderos malabares con los conceptos”.

Desde nuestro punto de vista, como dice el EZLN, las cosas están cambiando; pero justamente, para estar a la altura de las circunstancias, si de lo que se trata es de destruir al capitalismo, los desposeídos debemos dotarnos de una estrategia para vencer.

A nivel internacional, estos cambios están cimbrando la economía, transformando rápidamente la geopolítica y las relaciones entre los estados pero también se están expresando nuevos fenómenos de la lucha de clases, desde los barrios negros y obreros de Baltimore hasta las luchas surgidas después de los trágicos sucesos de Iguala y contra los normalistas de Ayotzinapa.

Y efectivamente, no sólo con marchas masivas podemos destruir al capitalismo aunque las mismas, desde nuestro punto de vista, tienen el aspecto disruptivo de tomar la calle para expresar una sola rabia. Y en el caso particular de las marchas por Ayotzinapa, alentaron la participación de sectores antes mudos frente a la realidad nacional, como los trabajadores de los aún grandes sindicatos.

Destruir al capitalismo implica hacer la revolución

Como dice el comandante Moisés, los capitalistas no van a renunciar a seguir explotándonos, hay que echar abajo su dominación. Y eso implica destruir su Estado y por ende su ejército, ese destacamento de hombres armados que hoy –en alianza con el narco–, se dedica a reprimir la lucha social. Hay también que expropiar los medios de producción para acabar con la explotación y que la riqueza social esté al servicio de las grandes necesidades colectivas. Hay que enfrentar al imperialismo ahí donde –con la bota militar y la dominación política y económica– se impone sobre los pueblos para seguir reproduciendo su hegemonía. Hay que hacer pues la revolución. Y es justamente con este concepto con el que, lamentablemente y desde hace años, ha hecho malabares el comandante Moisés y el propio subcomandante Marcos.

La revolución, al igual que las insurrecciones, las rebeliones, los motines o las batallas callejeras, tiene un componente espontáneo, explosivo, intempestivo… pero no solamente. Siguiendo a Lenin y a Trotsky, se trata de que las masas tomen en sus manos su propio destino. Sin embargo, para que el enemigo no nos liquide y no se recomponga, es necesario vencer. Y vencer significa llegar a la revolución profundamente preparados, organizados. Y por eso los marxistas –a pesar de que el marxismo ha sido tergiversado o negado incluso por corrientes de izquierda como el EZLN que se creyeron la ideología neoliberal de que la era de la revolución proletaria había llegado a su fin–, seguimos sosteniendo, en la teoría y la práctica, la necesidad de que, para hacer la revolución es necesario que:

1) La clase obrera, que produce toda la riqueza social a nivel planetario y por ende es la que puede dislocar los engranes del capitalismo, tiene que recomponerse, recobrar su fuerza, su confianza, su convicción y organizarse para generar hegemonía sobre el conjunto de las clases oprimidas.

2) Esto implica discernir quiénes son sus aliados: los campesinos, los estudiantes, los pobres urbanos, los pueblos originarios, las mujeres oprimidas, las clases medias empobrecidas, los intelectuales de izquierda. Constituirse como clase hegemónica no quiere decir “ponerse por encima”, sino sintetizar en un horizonte compartido todas las aspiraciones del conjunto de los agraviados por este sistema, y la lucha por la destrucción del estado capitalista y la expropiación de los medios de producción.

3) Es en esta estrategia, la del álgebra de la revolución proletaria, que la necesidad de construir un partido revolucionario y socialista se hace indispensable. Un partido de y para los trabajadores que llegue al acontecimiento de la revolución con una gran preparación teórica, política, práctica y hasta militar.

4) Y una vez tomado el poder político y destruida la vieja maquinaria estatal, sabemos que los capitalistas se van a armar, se van organizar, nos van a agredir. Tendremos que apelar a la solidaridad entre trabajadores de todos los países, construir una nueva forma de poder –un estado de nuevo tipo–, basado en la democracia horizontal de los desposeídos y bregar porque la revolución se vuelva un objetivo planetario.

La estrategia del “cambio total”

Pero el EZLN nos ha dicho desde hace décadas que esa perspectiva es incorrecta. Que no hay que pelear por tomar el poder, para destruir el estado burgués y construir un estado de nuevo tipo, como una herramienta al servicio de los obreros y los campesinos Y, aunado a esto, que no hay que construir un partido revolucionario: “No es ser zapatista estar en 2 lados, partidista y zapatista. Porque el partidista quiere que cambie el color del que manda. En cambio el zapatista quiere cambiar todo el sistema, no una parte, sino que todo. Y que en el pueblo mande y nadie lo mande”.

Cuando nosotros hablamos de partido revolucionario, estamos partiendo de la tradición histórica del marxismo, y pensamos en ese sentido que el partido de Lenin no es el partido de Stalin, al revés de lo que consideraron muchos teóricos vinculados al EZLN, como John Holloway.

El partido de Lenin es el colectivo de hombres y mujeres que, durante décadas, en la clandestinidad, la fábrica, la escuela se preparó justamente para el acontecimiento de la revolución. Y no es una organización formada por “iluminados” “maestros rojos” o “intelectuales”, si no un partido anclado en la clase obrera: que integre a los trabajadores de Foxxcon, de Mazda, de la maquila, a los jornaleros de San Quintín que son pueblos originarios y obreros al mismo tiempo. Un instrumento de y para los trabajadores, con una estrategia orientada a acabar con el poder de los capitalistas, poner en pie un estado transicional cuyo objetivo ultimo no es otro que la disolución de todo tipo de estado y la construcción del comunismo. No estamos hablando de los partidos como Podemos, Syriza o el propio Morena, que ponen su energía en aumentar su clientela y ganar votos al servicio de una política y un programa en los marcos del sistema capitalista y limitandose, a lo sumo, a su reforma y “democratizacion”.

Estamos hablando de un partido de combate, fogueado en la experiencia de la lucha y la derrota y en todos los escenarios tácticos y estratégicos de la lucha de clases. Un partido de conspiradores revolucionarios, que luche por la toma del poder de la clase obrera como un paso hacia la extinción del Estado, de las clases sociales y de la explotación del hombre por el hombre, es decir, con desde la perspectiva del comunismo, la única alternativa radical frente a la decadencia capitalista.

Que es posible hacer otra política e insertarse en la clase trabajadora y la juventud, no lo están demostrando los partidos de “izquierda” domesticados por el estado capitalista.

Lo están demostrando por ejemplo, los compañeros del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) argentino que, como parte del Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT), han decidido audazmente dar pelea a los partidos patronales incluso en el congreso, mientras sus energías están puestas en fusionarse con la clase obrera de los centros industriales, tomando las calles y enfrentando a la policía o poniendo bajo gestión obrera fábricas como la ex Donnelley o Zanon.

En México, desde el Movimiento de Trabajadores Socialistas (MTS) nuestra apuesta es a construir una gran organización de los trabajadores y la juventud combativa, obrera, socialista y revolucionaria que se postule como una alternativa a los partidos patronales, al servicio de ello es que está nuestra legalidad como Agrupación Política Nacional y el impulso de La Izquierda Diario México.

Los Caracoles zapatistas por su parte, le han demostrado al mundo que es posible organizarse y gobernarse sin amos y sin capitalistas. Pero nosotros pensamos que, todo avance regional y localizado, tiene que ser abrazado como ejemplo de un futuro posible.

Un horizonte en el cual los desposeídos detenten su propio poder, el de la democracia horizontal sustentada en sus organismos de autodeterminación, el de –parafraseando a Marx– los productores libres y asociados para liquidar la explotación y extirpar las aberrantes formas de opresión en las que se sustenta el capitalismo actual.




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