Economía

LA ECONOMÍA EN CAMPAÑA

Los liberales, el individuo de a pie y el perro Dylan

El hundimiento económico. Las salidas antiobreras de la derecha, de Macri a Espert. Y las ambigüedades del kirchnerista Frente de Todos.

Pablo Anino

@PabloAnino

Viernes 19 de julio | 23:51

El macrismo hundió la economía. La situación se agudizó en el último año bajo el mando del FMI: crece la desocupación, cae el poder de compra del salario y, por ende, aumenta la pobreza. La calma del tipo de cambio es artificial: está sostenida con los dólares del Fondo, que financian la fuga de capitales y el repago de la deuda previa.

No sólo eso. Con una inflación que bajó muy poco en junio (2,7 %), pero sigue en un nivel muy elevado (56 % interanual), se está engendrando una nueva devaluación para luego de octubre. Si es que las contradicciones económicas no estallan antes por la retroalimentación de datos electorales desfavorables al oficialismo.

El país atraviesa una grave situación económica y social que, desde la perspectiva de los dueños de todo, del régimen capitalista, requiere decisiones drásticas contra los trabajadores.

Lo que hay que hacer

Macri dice que está “haciendo lo que hay que hacer”, que es necesaria esta transición traumática hacia un país mejor, que está sentando las bases para veinte años de crecimiento. Lo que no puede exhibir como resultado de cuatro años de gobierno lo transforma en una promesa (incumplible) para un futuro incierto. Mientras todos los días se dedica a gobernar en favor de los ricos, en campaña exhorta al hombre de a pie. “Los argentinos juntos somos imparables”, rezan los spots.

“Lo que hay que hacer”, es un latiguillo reiterado hasta el cansancio por liberales y ultraliberales. En este último batallón, José Luis Espert es un Macri, pero elevado a la enésima potencia: en su lógica considera que el gradualismo -que no lo fue para una mayoría que vive de su trabajo y cada día vive peor- es lo que llevó al descontrol económico del año pasado: se hizo poco en relación a “lo que hay que hacer”.

Pero ¿qué es lo que hay que hacer? Una reforma laboral que “resetee” los derechos laborales y de organización a los orígenes de la clase obrera (es decir, cuando no había ningún derecho), como la que se aprobó en Brasil. El liberalismo plantea que esos derechos en realidad son un flagelo autoinfligido por los trabajadores. Si se los quitan, todo irá mejor, aumentará el empleo y será de mayor calidad. La década del 90’ ofrece un testimonio que desmiente esa promesa.

Otra cosa que “hay que hacer” es una rebaja de impuestos, que se reclama en nombre del hombre común al que le “roban” una gran parte de sus ingresos con los impuestos. De esta forma se comete el desatino de poner en pie de igualdad a quienes en la estructura de la sociedad representan clases con intereses antagónicos: empresarios y trabajadores. Es lo mismo el mal llamado impuesto a la ganancia que se aplica al salario de quienes apenas llegan (si llegan) a fin de mes, que los impuestos que paga Marcos Galperin, el enriquecido dueño de Mercado Libre y Mercado Pago, quien, de todos modos, no tiene tiempo para esperar y de hecho tributa menos por los beneficios que, por ley, le dieron tanto Néstor Kirchner como Mauricio Macri.

La baja de impuestos supuestamente traerá inversiones. Pero el macrismo ya practicó una rebaja de impuestos con quita de retenciones al inicio de su mandato (que luego se revirtió parcialmente). También redujo considerablemente el impuesto a las ganancias no distribuidas y las contribuciones patronales con la reforma tributaria votada en diciembre de 2017. El resultado está a la vista: no hay inversiones ni crecimiento. Algo similar ocurrió en Estados Unidos recientemente: Trump bajó los impuestos y las inversiones no aparecen.

El esquema tributario argentino es regresivo (es decir, beneficia a quien más tiene) y la recaudación de impuestos no es particularmente alta en relación a las potencias económicas. Lo que sí es una particularidad es una clase empresaria que bate récords en el mundo en evasión impositiva y fuga de capitales a paraísos fiscales. La Cepal estima que la evasión de las grandes empresas equivale al 5 % del PBI (la riqueza que producen los trabajadores cada año), sólo por el impuesto a las ganancias.

Pensando en vos, siempre

Para Espert todo lo que hace Macri es poco en relación a “lo que hay que hacer”. No basta con el acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea. También plantea hacer otro con los Estados Unidos (idea con la que coquetea el oficialismo): la promesa es que se podrá comprar ropa, electrónicos y muchas cosas más baratas gracias a la importación sin trabas ni aranceles desde países que las producen a menor costo. El recurso, como siempre, es hablarle al ciudadano común para prometerle que pagará menos por las cosas que son caras por el atraso de la industria local.

En el documento difundido con los términos del acuerdo con la Unión Europea, el Gobierno Argentino dice que el promedio ponderado de aranceles para la importación de bienes industriales europeos es del 14 %. ¿Cómo afecta a la canasta familiar si se elimina este arancel? Si tomamos de referencia una canasta familiar de $ 46 mil (canasta estimada por trabajadores y trabajadoras de ATE Indec en mayo) y si suponemos que todos los bienes provienen de la Unión Europea (lo cual claramente no es el caso; además que la canasta familiar comprende servicios que no se importan, sino que se producen aquí y se pagan con los conocidos tarifazos), entonces la canasta se abarataría a $ 40 mil gracias al “beneficio” del acuerdo. Pero los consumidores son a la vez trabajadores, que en un 60 % cobran menos de $ 20 mil pesos en la Argentina (según datos de Indec para el primer trimestre de 2019).

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Los bajos salarios son detalles que no resuelven los acuerdos de libre comercio, sino, más bien, todo lo contrario: al poner en competencia trabajadores de distintas latitudes favorecen a la baja salarial en favor de los empresarios. Además, en realidad, el abaratamiento de bienes si Argentina tuviera el más absoluto libre comercio con todo el mundo sería muy inferior: según el Banco Mundial, el promedio de aranceles cobrados por nuestro país fue de 7,9 % en 2017. Los aranceles en Argentina son más bajos en la actualidad que a inicios de la década del noventa y los resultados no son los prometidos.

El libre comercio además implica un encarecimiento de los alimentos en la mesa de los argentinos, en tanto a las empresas exportadoras les rendirá más beneficios vender afuera, en mercados con mayor poder de compra. Ni qué decir que favorece el dominio del capital extranjero de los recursos estratégicos del país.

El liberalismo está plagado de cosas “que hay que hacer” en nombre del individuo, del ciudadano de a pie, donde los resultados verificables son opuestos a los pregonados.

El hombre común

Si los liberales, oficialistas o la oposición ultraliberal de Espert, instalan sentidos comunes que endulzan el oído del votante con promesas que son una estafa, Alberto Fernández no esgrime argumentos para fundamentar un futuro donde “hay esperanza”. En un interesante artículo de la Revista Crisis, Sol Montero señala que en los focus groups los espectadores se percataron que “los spots de Alberto ‘no explican cómo’” va a lograr que todo el mundo esté mejor.

El recurso de hablar del individuo, del hombre de a pie, comprende una operación del liberalismo para poner un velo a una sociedad que tiene una desigualdad de base, donde los ricos, los dueños de todo, que no producen nada se quedan con todo y los que producen todo, los trabajadores, no tienen nada.

Alberto es un rosquero profesional que pasó por todos los colores del arco iris de la política, sin privarse de acompañar al liberal Domingo Cavallo. Tal vez de aquel pasado provenga el recurso de llamarse a sí mismo un tipo común: un humilde homenaje a esa operación liberal de ocultar los antagonismos de clase. Es un tipo común, muy particular, que vive en Puerto Madero, el barrio más caro de la Ciudad de Buenos Aires.

El candidato del Frente de Todos promete regresar a un pasado imposible, tanto por las condiciones internacionales como de la economía nacional. Ese pasado es el gobierno de Néstor Kirchner. En aquel momento la economía internacional atravesaba años de crecimiento mientras hoy el mainstream económico discute el estancamiento secular. Pero más importante aún: el kirchnerismo de los orígenes se nutrió de la devaluación y el trabajo sucio de Eduardo Duhalde, que destruyó el poder de compra del salario, recomponiendo las ganancias empresarias y el ciclo económico.

No alcanza que sea bueno con el perro Dylan para que eso se traduzca en que todo el mundo va a estar bien. Es imposible conocer sus propuestas económicas que están enmarañadas en un combo de contradicciones: un día Guillermo Nielsen dice que hay que hacer un ajuste del 4 % del PIB; otro día Emmanuel Álvarez Agis que hay que congelar la distribución del ingreso (¡ojo! aunque esto permitiría -no se sabe en qué mundo- recomponer el poder de compra del salario). Al día siguiente Matías Kulfas explica que los salarios tienen que ser competitivos, concediendo al reclamo empresarial sobre el "costo" laboral. Arturo Jauretche explicaba que “cuando los economistas hablan muy difícil y nadie los entiende, no es que uno sea un burro, sino que seguro le quieren meter el perro”.

Alberto simplemente dice que “hay que prender la economía”, una metáfora demasiado sencilla para una realidad tan cruda.

En esta campaña, el único que dice claramente que la prioridad son las necesidades del pueblo trabajador y que eso es antagónico con seguir con el FMI, avalar el robo de la deuda y dar beneficios a los empresarios, es el Frente de Izquierda.






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