Sociedad

TRIBUNA ABIERTA

MendoTran: ajuste, tecnocracia y oligopolio

Sobre la reforma del sistema de transporte en Mendoza.

Federico Mare

Historiador y ensayista

Miércoles 16 de enero | 17:55

Así como la realidad puede ayudarnos a crear mejor literatura o arte, la literatura y el arte pueden ayudarnos a pensar mejor la realidad. Tolstói, por caso, difícilmente habría escrito una novela tan extraordinaria como La guerra y la paz, su obra maestra, si un tal Napoleón Bonaparte nunca hubiese invadido pírricamente el imperio de los Romanov con más de 600 mil soldados, y si esta agresión no hubiese desencadenado un inusitado fervor patriótico y marcial en la corte del zar Alejandro, la nobleza y el pueblo rusos. Tan cierto como esto es que –ejemplo inverso– el humorista Charles Chaplin logró visibilizar y popularizar, con su película Tiempos modernos, las incisivas críticas de izquierda al capitalismo fordista de la Gran Depresión: la explotación salarial, el desempleo estructural, la alienación fabril, la pobreza proletaria como condición de posibilidad de la riqueza burguesa, la lógica clasista y represiva del Estado, etc.

Lo que sigue es un texto concebido a la luz de esta circularidad entre lo vivido y lo creado, entre lo acontecido y lo representado. No se trata de una circularidad inocente (el título lo anticipa). En la promiscua relación de lo real y la escritura, de la escritura y lo real, acecha siempre el demonio de la política. Honestamente, no veo forma de exorcizarlo, y tampoco deseo hacerlo. Todo lo contrario: he de invocarlo deliberadamente, a su debido tiempo.

* * *

Hace algo menos de siete décadas, los desquicios y las iniquidades del sistema ferroviario mexicano inspiraron a Juan José Arreola a escribir El guardagujas, uno de los mejores cuentos fantásticos de la literatura hispanoamericana del siglo pasado. Mezcla de sátira social y parábola existencial, síntesis perfecta entre la ironía y el absurdo, El guardagujas narra con hipérboles de fino humor negro, todas ellas ocurrentes y lúcidas, el calvario de viajar en tren –y de esperarlo– en el México periférico y subdesarrollado de los tempranos años 50; relato de viacrucis que, a su vez, puede ser leído en un plano más profundo y sutil, como una alegoría pesimista de la condición humana, abrumada por el sinsentido ínsito del mundo y la sociedad: algo así como el retrato de un homo viator, pero no ya en el sentido tradicional de la religión cristiana, en la vena teológica de un Gabriel Marcel (la vida misma como un largo y esperanzador viaje de peregrinación con destino trascendente al paraíso), sino en clave inmanente y escéptica, sin fe, sin fines metafísicos ni ilusiones soteriológicas (el vivir-viajar como vagabundeo, una itinerancia desprovista de todo auxilio providencial, y de toda meta de salvación, que acaba inexorablemente, irremediablemente, en el non plus ultra de la muerte).

Sí me interesa, en cambio, explorar la veta satírica y social del cuento de Arreola. “El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. […] Consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir. Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete”. Así comienza el diálogo entre el forastero y el guardagujas –o guardabarrera, como se dice en nuestras latitudes–.

—Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
—¿Lleva usted poco tiempo en este país?
—Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
—Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros –y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.
—Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
—Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.
—¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
—Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.
—Por favor…

El guardagujas procede a describir la actualidad ferroviaria de su país, detallando con estoica imperturbabilidad –y jocosa resignación– cada una de sus imperfecciones. Las preguntas del forastero, parcas y puntuales, colisionan contra las respuestas un tanto digresivas de su locuaz interlocutor. El relato de Arreola se vuelve cada vez más fantástico y cómico, pero también más irónico y absurdo (irónico a lo Swift, absurdo a lo Kafka). La perplejidad del forastero va en aumento, igual que su preocupación y fastidio. Al cabo de poco rato, las interrogaciones comienzan a alternarse con las exclamaciones: “¡Santo Dios!”, “¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!”, “¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!”.

He aquí, esquemáticamente resumido, el cuadro de situación: impuntualidad, demoras sin fin, escalas que no se cumplen, falsos itinerarios, paradas fantasma, infraestructura a medio hacer, falta de mantenimiento, ausencia de controles oficiales, hacinamiento, pujas y riñas entre pasajeros... Un sistema absolutamente ineficiente, irregular, imprevisible, estresante, desquiciado, caótico. Una estafa a gran escala donde pagar el boleto es hacerse acreedor a una sesión de tortura psicológica cuyas vicisitudes resultan tan inciertas como su duración misma. Un transporte público, en fin, signado por la irracionalidad y la injusticia, abusivo, sádico, alienante en extremo.

El Mendotran de Cornejo hace recordar, de forma instantánea, a El guardagujas de Arreola. La circunstancia de que se trate, en este caso, de micros y no de trenes, parece demasiado nimia como para malograr un paralelismo tan oportuno y esclarecedor.

* * *

“Vamos a trabajar para mejorar la calidad de vida de la gente”, señaló Natalio Mema en el noticiero de Canal 9, a propósito del Mendotran. Pero eso sí: “la gente tiene que descubrir su recorrido” si quiere que el nuevo sistema empiece a funcionar bien (como en los libros de la colección Elige tu propia aventura, sugiere con sorna un meme en las redes sociales). “La gran mayoría de las demoras son porque los choferes se están deteniendo a entregar más información a las personas”, y porque “muchas comenzaron a informarse hoy de los recorridos”, se excusó el funcionario en MDZ Radio, el día del debut. “Quiero que seamos ingleses con los horarios”, declaró poco después, exultante, al diario El Ciudadano. “Este sistema es mejor”, le aseguró a Mendoza Post sin resquicio de duda. La tecnocracia neoliberal de Cornejo vive en una realidad paralela. Le hace sombra al Dr. Pangloss de Voltaire, aquel que creía vivir en el mejor de los mundos posibles.

Como si enmendar sus propios descalabros no fuese trabajo suficiente, ni urgente, Mema se dedica a hacer tours por los medios de comunicación para ensalzar los méritos invisibles del Mendotran, para defenderlo a capa y espada de sus detractores, y para justificarse a sí mismo. “Me siento muy apoyado por el gobernador”, declaró en una nota concedida a Marisa Alarcón del diario El Sol, publicada el miércoles 9. “Hay errores, somos humanos”, pero lamentablemente “hay muchas personas que quieren que no funcione. Algunos usan el malestar para sacar provecho político y generar agitación social”. “Estamos haciendo controles muy estrictos”. Podemos decir que “estamos bastante mejor que la semana pasada”, que “este miércoles ha sido mejor que el primer miércoles”. El Mendotran “será una mejora para la calidad de vida” de la gente… El discurso de Mema es, pues, muy similar al de Cornejo, y por ende al de Macri: dar excusas y más excusas, pedir paciencia todo el tiempo, sugerir que tengamos confianza y esperanzas a pesar de los nubarrones, desechar las críticas como maniobras de desestabilización de la oposición, responsabilizar a la gente de que las medidas de «austeridad» y «racionalización» no tengan el resultado esperado o prometido, etc. O sea, nada nuevo bajo el sol: falta de autocrítica, optimismo mesiánico y visión conspirativa-paranoide de la realidad. Son elementos recurrentes en la retórica política de Cambiemos desde hace más de tres años.

Pero en algo Mema no se equivocó: “no venimos de un sistema perfecto”. ¡Muy cierto! El sistema de transporte de Mendoza adolecía de muchos inconvenientes. Era obsoleto, excesivamente radial y estaba desbordado. Tenía muchas falencias en lo que respecta al tamaño y estado de su parque automotor, a sus recorridos, a sus horarios y frecuencias, a su cobertura en zonas alejadas o aisladas del centro, a su impacto sobre el tráfico vehicular, a su sustentabilidad ambiental, a su confort, a su señalética, etc. Pero se supone que había que modificarlo para mejorarlo, no para empeorarlo. Sin embargo, sorprenderse de esto sería ingenuo. Así han sido, casi siempre, los promocionados cambios de Cambiemos: retrocesos en vez de avances. Es que el ajuste fiscal y el bienestar popular no suelen ir de la mano.

Llegaron al gobierno prometiendo soluciones practiquísimas –sin ideología– a los problemas más concretos y acuciantes de la gente: la mentada «revolución de lo sencillo». Hoy, tres años después, intentan camuflar sus estragos recurriendo a la retórica hueca del optimismo: era hora de hacer algo al respecto, la adaptación y transición llevarán tiempo, faltó quizás un poco de información, durante una semana se podrá viajar gratis, hubo algunos errores pequeños pero ya los estamos subsanando, el aumento de los pasajes está a tono con el contexto inflacionario general del país, la frecuencia de los micros es baja porque estamos en verano, la clave es que la gente joven ayude a la gente mayor a usar el GoogleMaps, hay que acostumbrarse a hacer más combinaciones, el sistema está pensado también para fomentar el uso de la bicicleta, no todos los recorridos fueron cargados o actualizados, las simulaciones virtuales no siempre son las óptimas, el cálculo aproximado de frecuencias y duraciones es excesivamente cauteloso, aceptamos sugerencias, podemos y queremos hacer mejoras, etc., etc.

No me extrañaría que Mema haya asistido a alguno de los talleres de entusiasmo que dicta Alejandro Rozitchner, el filósofo-gurú de Cambiemos. El mismo que le dijo a Fantino, por TV, desde las alturas olímpicas de su edad quincuagenaria, “este es el mejor gobierno desde que estoy vivo”.

¿Podemos ver en Mema una suerte de guardagujas arreoliano del Mendotran? Definitivamente no, aunque haya afirmado “yo soy un eslabón más de la cadena”. Mema es el secretario de Servicios Públicos de la Provincia, no un trabajador raso. Es un alto funcionario del cornejismo, con un rol crucial, decisivo, en la planificación e implementación de la reforma del sistema de transporte que tanto perjudica –e irrita– al pueblo mendocino. Por el contrario, el guardagujas de Arreola, empleado de bajo rango, no participa de la toma de decisiones. No es responsable de esa maquinaria desquiciada e inicua donde se ve constreñido a ganarse su magro sueldo. De ninguna manera se merece, por ende, ser comparado con Mema, que sí tiene autoridad, y que sí obtiene un buen dinero por su funesto desempeño. Por lo demás, el tecnócrata de Cornejo, al estar en el ojo de la tormenta, no puede permitirse hablar con franqueza, ironía y humor. Su culpabilidad se lo impide. El guardabarrera del cuento, en cambio, sí puede ser espontáneo, sarcástico y bromista. No corre mayor riesgo (la noche del viernes 4, mientras Mema era entrevistado en los estudios de Canal 9, una multitud se agolpó afuera para increparlo por sus desaguisados y declaraciones).

Acaso podamos postular como guardagujas del Mendotran a los choferes. No solo porque estos son también simples laburantes –a quienes no se puede adjudicar la reforma que beneficia a sus patrones sin faltar a la verdad, y sin cometer una injusticia– sino, además, por esta otra importante razón: circularon en estos días muchas anécdotas sobre conductores de ómnibus que, ante las quejas o consultas de la gente, optaron por no disimular la penosa realidad del Mendotran: tenés razón, 18 pesos es un robo; no te guíes por GoogleMaps, porque la información que dio el gobierno está mal; mañana, quizá, el recorrido sea diferente en tal o cual tramo; te dejo subir, pero ojo que acá no es la parada nueva, como dice Internet, sino en la otra cuadra… O comentarios de este otro tenor, más increíble aún: ni yo, que soy el chofer, conozco bien el recorrido y las paradas ¡Me hice a mano este mapita para orientarme un poco!

Pero el colmo de los colmos fue, al parecer, la inversión lisa y llana de roles: un conductor de la línea 330 que, según el oficialista MDZ, les habría preguntado a sus atónitos pasajeros –cual turco en la neblina– por el paradero de la calle Pellegrini de Godoy Cruz, en la que debía girar… Ante una realidad tan insólita, tan tragicómica como esta, ¿cómo no evocar el personaje arreoliano del guardagujas? Aquel pintoresco “viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero” que, con una linterna roja en la mano “tan pequeña que parecía de juguete”, describe la anatomía y fisiología de un monstruo grotesco que no por fantástico y risible deja de resultarnos próximo y perturbador.

* * *

Claro que nuestro benemérito gobernador, poco tolerante y siempre propenso a victimizarse, no estaría muy de acuerdo con las críticas al Mendotran. “No lo evalúen el primer día, o la primera semana”, reclamó contrariado en Séptimo Día, el programa político de Canal 7. “No es justo para el sistema”, aclaró. Lo que no aclaró es si el sistema le parece justo para el pueblo. Cabe colegir que esto no le debe importar demasiado, habida cuenta dos circunstancias: a) es un político burgués de derecha, sin sensibilidad social, defensor del libre mercado; b) percibe una dieta mensual cercana a los 150 mil pesos, que le permite viajar cómodamente en automóvil. Las cosas son claras: primero está el Mendotran, luego la ciudadanía de a pie. Primero las utilidades de las grandes corporaciones del transporte, luego las necesidades de la gente humilde que va y viene en micro.

El sistema de transporte de Mendoza, sometido al ajuste y la reingeniería salvajes del neoliberalismo, habrá de devorar más que nunca nuestros ingresos, nuestro tiempo, nuestras energías y nuestro bienestar: suba meteórica en los pasajes de más del 60% (sin perder de vista que el incremento acumulado durante tres años de cornejismo trepa ya a 200%), esperas larguísimas dignas del Purgatorio, maratón de trasbordos, colectivos atestados en plenas vacaciones de enero (y en horas que no son pico), supresión de recorridos o tramos «poco rentables», barriadas incomunicadas… Todo ello en salvaguardia de las ocho empresas de siempre: las sociedades anónimas El Cacique y El Plumerillo, del magnate Sergio Pensalfine; Maipú SRL, de la familia Estoco; El Trapiche y Transporte Gral. Bartolomé Mitre, de los Gasque y los Medina; Autotransportes Pte. Alvear, del clan Elmelaj; Los Andes SA, liderada por Alejandro Marchetta; y Transporte de Pasajeros Gral. Roca SRL, comandada por José Croceri. Nucleadas en la cámara patronal AUTAM, constituyen un lobby sumamente poderoso, un verdadero oligopolio; un gigantesco pulpo que, con sus ocho tentáculos, domina a su antojo y placer el transporte urbano de pasajerxs del Gran Mendoza. El Mendotran cuenta con su bendición y apoyo (la Fundación AUTAM, presidida por Raúl Mercau, ha tenido enorme injerencia en su diseño e implementación).

Hablando de Mercau, no está de más recordar que el exministro de Jaque reconoció –en el programa Uno nunca sabe de MDZ Radio– que “el primer año será de prueba y error”, y que la implementación está siendo “más problemática de lo esperado”. ¿Acaso somos conejillos de Indias? A la luz de este sincericidio, podemos figurarnos a qué se refería exactamente Cornejo cuando pidió que dejemos pasar cierto tiempo antes de evaluar el Mendotran…

Lo cierto es que casi toda la red de ómnibus del Gran Mendoza, “un sistema vivo con 350 mil usuarios, 89 millones de kilómetros y 207 recorridos” (Mema), con 1.100 unidades y 6 mil paradas, se halla en manos de un puñado de compañías privadas donde pocos apellidos se entremezclan y repiten bastante. El Mendotran ha modificado muchas cosas (recorridos, paradas, numeraciones, colores, etc.), pero hay algo que no alteró en lo más mínimo: la concentración económica del sector. Digámoslo sin pelos en la lengua: de espaldas al interés público, el gobierno de Cornejo protege con celo y servilismo el negocio millonario de Pensalfine y los otros barones del transporte.

Oligopolio decíamos, y en verdad lo es. Prácticamente no hay competencia: una oferta de apenas ocho prestadores de servicio urbano de ómnibus para una demanda de cientos de miles de usuarixs, en un mercado cautivo donde no se puede operar sin una licencia del gobierno, o sea, sin haber ganado una licitación donde las pequeñas y medianas empresas no tienen chance alguna de ganar, o de siquiera pujar, debido a las altas inversiones iniciales requeridas y a las limitaciones que impone la economía de escala. En el sector del transporte público los precios están regulados por el Estado, es cierto. Pero el poderío económico de las corporaciones concesionarias es tan grande (hablamos de fortaleza para negociar, cabildear, presionar, condicionar, cooptar) que consiguen sin demasiada dificultad las actualizaciones tarifarias y condiciones operativas que apetecen, sobre todo en contextos políticos de neoliberalismo.

Y algo más hay que decir: si bien la red de ómnibus, globalmente considerada, constituye un oligopolio por ser ocho los oferentes y no uno solo, ella está saturada de prácticas monopólicas o cuasimonopólicas en lo que atañe a los recorridos. En la mayoría de los casos, no hay alternativas de viaje razonables –similares en costo y tiempo– entre un punto y otro del Gran Mendoza. Con esto quiero significar que, por lo general, hay una sola empresa para cada recorrido de micro. Esto es monopolio. Un economista ortodoxo podría argüir que no es un monopolio artificial, sino –como se dice en la jerga– un monopolio natural. No le falta la razón: en el caso puntual del servicio público de ómnibus, la multiplicidad o duplicidad de prestadores por recorrido resulta ineficiente y contraproducente debido al problema de la congestión del tránsito: los micros son vehículos de gran envergadura. Si hubiera muchas líneas haciendo recorridos idénticos o parecidos, el tráfico se tornaría caótico. Sea como fuere, las prácticas monopólicas o cuasimonopólicas existen, y representan un problema serio por los abusos que generan. Es precisamente por esto que en muchas ciudades del mundo el transporte de pasajerxs es estatal, o mixto con una alta participación del sector público (Ámsterdam, por ej., donde la empresa municipal GVB posee 42 líneas de colectivos, 15 de tranvía, cuatro subterráneos y siete concesiones de ferry). Una realidad que contrasta fuertemente con la de Mendoza, donde solo uno de los nueve grupos pertenece a la Provincia: el 100 (las antiguas líneas de trolebús). Y a medias, porque la empresa que lo gestiona, la Sociedad de Transporte de Mendoza –que también administra el Metrotranvía–, incluye una minoría importante de accionistas privados.

La reforma del sistema, por lo demás, no fue consensuada. No hubo mecanismos de consulta popular. Primaron la lógica tecnocrática y el contubernio con las corporaciones oligopólicas. Usuarixs y trabajadores del sector quedaron totalmente al margen de las deliberaciones y decisiones. Otro tanto sucedió con especialistas y ONGs que no responden a los intereses capitalistas de AUTAM. Tampoco los municipios fueron consultados, pese a su contacto directo y cotidiano con las realidades locales.

En su versión original (que no es, al parecer, exactamente igual a la de hoy), la reforma fue pergeñada en 2015 por la consultora española Ezquiaga Arquitectura, a instancias del gobierno peronista de Paco Pérez. Su directora, Gemma Peribáñez Ayala, en diálogo reciente con Radio Mitre Mendoza, manifestó que “el período de adaptación es de dos meses y después se irá ajustando e implementando en un tiempo de dos años”. Dijo asimismo: “Nosotros no elaboramos el nuevo sistema, sino que asesoramos a la Secretaría de Transporte [de Paco Pérez], en base a estudios realizados por ellos mismos y por la Facultad de Ciencias Económicas de la UNCuyo”. ¿Sabremos algún día la verdad de todo este asunto tan confuso? ¿Qué grado de corresponsabilidad le caben a la consultora Ezquiaga Arquitectura y al gobierno de Paco Pérez por el desastre del Mendotran? ¿O la culpa es toda del cornejismo? Dudas que, ojalá, podamos despejar con datos fidedignos.

Por si fuera poco, la reestructuración se hizo de golpe, sin gradualismos. Y con un nivel de «improvisación» que escandaliza (los errores crasos en la escasa señalética habilitada así lo ilustran, igual que las numerosas modificaciones hechas sobre la marcha a raíz de las quejas y los reclamos). Ese apuro, esa «improvisación», ¿fueron involuntarios? ¿Fueron fruto de la torpeza, de la incapacidad, de la negligencia? ¿O se trató de algo premeditado? Y si se trató de algo premeditado, ¿cuál fue el móvil? Maquiavelo, en el cap. VIII de El Príncipe, advierte que el gobernante “tiene que pensar cuáles son los ultrajes que va a tener que cometer y hacerlos todos de una vez, para no tener que cometer uno nuevo cada día”, pues “quien actúe de otra forma, ya por timidez o porque ha sido mal aconsejado, siempre tendrá que tener la espada en la mano, y nunca podrá confiar en sus súbditos”, dado que “no podrán sentirse seguros con él, a causa de los ultrajes que continuamente reciben”. Naomi Klein podría ofrecernos una clave interpretativa ligeramente distinta, a saber, la política de shock, tan cara al neoliberalismo: las medidas de gobierno drásticas y repentinas conmocionan a la sociedad, la aturden; y el aturdimiento es ventajoso porque tiene un efecto paralizante. La traumática ausencia de gradualismo en la reforma del Mendotran, si no fue un yerro, si fue un ardid, ¿lo fue de acuerdo a la clásica recomendación maquiavélica o conforme a la doctrina contemporánea del shock? ¿O quizás una combinación de ambas?

El interrogante queda planteado, pero lo que es seguro es que el gradualismo que no se tuvo en la suba del boleto y en los cambios que afectan a lxs usuarixs (nuevos recorridos, nueva numeración, etc.), sí se lo tiene en las metas de cumplimiento oportunamente fijadas a las empresas sobre frecuencias, cartelería, color de los ómnibus y otros puntos. La transición ha sido todo, menos pareja: inflexibilidad arrogante con la gente, lenidad pusilánime con las corporaciones.

Con un agravante, que bien ha subrayado el periodista Emilio Vera Da Souza en una nota publicada en Facebook: “Hoy se cuenta con una herramienta que nunca antes en la historia del transporte urbano de pasajeros teníamos a la hora de pensar cambios y modificaciones: desde hace varios años los colectivos tienen una máquina electrónica que sirve para cobrar los pasajes y que guarda toda la información en su memoria que es luego volcada a una central”. Asimismo, los vehículos poseen “una computadora con GPS y memoria. Esos datos son los que luego se usan para emitir estadísticas, índices, tendencias, usos y costumbres”. De tal modo, “Se puede saber la cantidad de pasajeros transportados por hora, por día, por semana, por mes, por año. Cantidad de pasajeros por recorrido, por zonas, en horas pico, en días feriados, en horarios de entrada y salida de trabajos y escuelas”, etc. Con toda esta masa ingente de datos, se pudieron haber hecho las cosas mucho mejor. No faltó información. Lo que faltó fue pericia y, sobre todo, voluntad política de gobernar para el pueblo y no para el establishment.

Sirva este dato como botón de muestra: cumplida la primera semana de caos del Mendotran, con incumplimientos masivos de toda índole que son de público conocimiento, apenas se labraron 31 actas de infracción a las empresas concesionarias, una cifra irrisoria. “Se han recibido miles de reclamos”, admitió Carlos Matilla, titular del Ente de Movilidad Provincial (EMOP), en MDZ Radio. Pero lo que ocurre es que “tenemos 10 inspectores para 207 recorridos”, debido a que el EMOP afronta “algunas restricciones de recursos porque es un organismo nuevo”. De modo que “vamos a necesitar más personal, porque recién nos estamos iniciando”. A confesión de parte, relevo de pruebas… ¿Cómo no se previó que sería imprescindible, habida cuenta la magnitud de la reestructuración que se iba a operar, proveer con tiempo a la EMOP de un presupuesto razonable? Diez inspectores es un chiste de mal gusto. Mema se ha cansado de resaltar el gigantismo de nuestra red de ómnibus, detallando con precisión sus guarismos.
Pero hay otro agravante: las corporaciones del Mendotran están subsidiadas, y mucho. Hablamos del Fondo Compensador de Contingencias del Transporte Público. En el presupuesto provincial de este nuevo año, que ha debido absorber la quita del subsidio nacional y el incremento de costos a consecuencia de la inflación, así como el nuevo esquema de licitación de recorridos, se les otorga a las empresas concesionarias –que nunca quieren ajustarse el cinturón siquiera un milímetro, a pesar de sus abultadas rentas oligopólicas– la bicoca de 4.006 millones de pesos (sic), cifra que representa un 544% de aumento respecto a 2018, período en que las subvenciones fueron de 736 millones. Así lo han revelado Los Andes, El Ciudadano, Unidiversidad y otros medios de prensa.

Una digresión: como tantas veces se ha visto en los hechos, el neoliberalismo no está en contra de los subsidios per se, sino de los subsidios al «pobrerío holgazán». Las subvenciones al capital concentrado son siempre bienvenidas, si no en la teoría explícita, al menos en la práctica implícita. Subsidiar la riqueza no sería, en esta lógica neoliberal, algo ineficiente, ni paternalista, ni clientelista. Sí lo sería, por el contrario, subsidiar la pobreza. Esta doble vara en la defensa acérrima del libre mercado pone en evidencia el sesgo profundamente clasista, burgués, de la ciencia económica ortodoxa, un aspecto ideológico que el intelectual marxista David Harvey ha examinado con minuciosidad.

¿Y la tan cacareada «semana de viajes gratis» con que el gobierno, amedrentado por la ira popular, trató de aquietar las aguas? El costo de esta demagógica «zanahoria», que oscila entre los 25 y 30 millones de pesos, no será absorbido por las empresas concesionarias, sino por el Estado provincial, o sea, por todxs. Así es la política de Cornejo: beneficiar siempre a la clase capitalista. En lugar de sancionar a los barones del transporte por sus innumerables incumplimientos en la implementación del Mendotran, se los premia eximiéndolos de un gasto que claramente debieran pagar ellos, máxime considerando los fabulosos montos de los subsidios que han recibido. Redistribución del ingreso, pero al revés. Es el «Estado inteligente» del que tanto habla Cornejo, contrapuesto al «Estado bobo» del populismo y la izquierda.

* * *

Se han producido varias manifestaciones contra la reforma del sistema de transporte y la suba de boletos, tanto en el centro de Mendoza como en distintos barrios damnificados. En el barrio El Algarrobal, departamento de Las Heras, una movilización vecinal hecha bajo la consigna “¡queremos los micros!” derivó en piquete y quema de cubiertas. La represión policial no tardó en desatarse. Hubo garrotazos y gases lacrimógenos. Algunos manifestantes se defendieron arrojando piedras, en un conato de pueblada que no llegó a prosperar debido al brutal accionar policial. Tres personas fueron detenidas y trasladadas a la comisaría de la zona, sufriendo vejámenes y golpes. Una de ellas, además, fue presionada por la fiscalía interviniente para que firmara una declaración autoinculpatoria. Asimismo, en Guaymallén, una niña del barrio Lihué sufrió una herida de bala de goma en el rostro cuando ella, su madre –quien también resultó lastimada– y otrxs vecinxs “volvían a su casa tras una protesta pacífica en las calles Pedro Molina y Sarmiento” de dicha localidad, y fueron atacadxs por la policía, denunció CORREPI Mendoza en su página de Facebook. “Esos mismos vecinos”, acota, “están imputados por daños agravados en concurso real con resistencia a la autoridad (arts. 184 y 239 del Código Penal), imputación por la que arriesgan de 3 meses a 5 años de prisión”. El punitivismo de Cornejo ha mostrado una vez más sus garras, como cuando se aprobó el Código de Contravenciones, una normativa draconiana viciada de inconstitucionalidad que arrastra a Mendoza hacia la pendiente resbaladiza del estado de excepción (Agamben).

El ajuste fiscal cercena derechos. No cierra sin criminalización de la protesta. Y el Mendotran es ajuste, aunque el gobierno y la prensa hegemónica insistan en vestirlo con las sedas del «progreso primermundista». Este argumento es totalmente falaz: los países capitalistas con un alto índice de desarrollo humano no son aquellos donde priman las políticas económicas ortodoxas, el laissez faire, sino aquellos donde la clase trabajadora y los sectores medios han conseguido que se preserve –o recupere– el Estado de bienestar, o algo parecido a este: las naciones escandinavas, Canadá, Australia, Holanda, etc.

Termino de escribir estas líneas el jueves 10 de enero, el día después a la semana de «gratuidad» del Mendotran. Miro los diarios y portales de noticias. El ultracornejista MDZ titula: “Colectivos a $18 y con custodia policial”. El copete acota con tono alarmista: “ante la posibilidad de que haya agitadores sociales” (sic). Leo la nota. Dice así: “Este jueves los usuarios del MendoTran se encontraron con dos novedades. La primera es que deben pagar los $18 del boleto ante el fin del período de gratuidad. La segunda es que las unidades circulan con custodia policial ante las cadenas de whatsapp y redes sociales que llamaban a no pagar el boleto”. Prosigo la lectura: “según informaron desde la Secretaría de Servicios Públicos a MDZ, la medida obedece a una decisión para garantizar la seguridad del usuario, el trabajo de los choferes y el normal funcionamiento del servicio” (sic). “Por eso esta mañana los pasajeros se encontraron con un policía o dos por unidad, los cuales controlan que no haya ningún tipo de desorden y que los usuarios paguen sus pasajes. Algunas personas intentaron pasar sin pagar, pero ante el llamado de atención de los policías volvieron y pasaron sus tarjetas, sin que ninguna situación –hasta ahora– pasara a mayores”.

La interpretación conspiranoide del boicot al Mendotran y al boletazo fue propalada por Lisandro Nieri, ministro de Gobierno y mano derecha de Cornejo. “Queríamos darle certeza a los ciudadanos de que van a poder viajar tranquilamente”, declaró con cinismo a MDZ Radio. O sea, viajar sin la peligrosa compañía de “agitadores sociales” de la oposición: kirchneristas o izquierdistas indeseables. Democracia de cada vez más baja intensidad, Estado policial en su máxima expresión. Apenas diez inspectores para supervisar a las empresas concesionarias, pero más de mil uniformados –uno o dos por micro– para prevenir presuntos «desmanes» y garantizar el lucro a los barones del transporte. No hay dinero para asegurar el funcionamiento eficiente de la EMOP, ni celeridad para atender los reclamos de la gente. Pero sí hay dinero y celeridad de sobra para colocar, de un día para el otro, custodias policiales en los mil ómnibus que operan dentro del Gran Mendoza. La orientación plutocrática, corporatocrática del cornejismo resulta obscena, igual que su intolerancia y talante autoritario.

El malestar es intenso y generalizado: millares de críticas en los foros virtuales y las redes sociales, aluvión de llamadas poco amistosas al 148, sinnúmero de denuncias al EMOP, reclamos por vía judicial, duros cuestionamientos desde la oposición, llamamientos al boicot (no pago del boleto) por WhatsApp, gente mayor o con discapacidad que no puede caminar tantas cuadras para llegar a la parada, discusiones con los choferes, altercados en los controles, micros apedreados, manifestaciones de protesta (céntricas y barriales), cortes de calles, arrestos… Ninguna otra medida de Cornejo generó tanto malhumor social, tanta bronca. Y cabe esperar que el oficialismo podría pagar por eso un alto costo político, considerando que estamos en un año electoral, y que la crisis económica del país no cesa de agudizarse: inflación, recesión, endeudamiento externo, cierre de fábricas y comercios, desempleo, crecimiento de la pobreza, etc. Y todavía estamos en receso de verano, con bajos niveles de demanda en el transporte. ¿Qué sucederá en marzo con el fin de las licencias vacacionales y el retorno a clases?

Pero será preciso organizarse. Será preciso para que aquello de vivir viajando vuelva a ser –como en las concepciones antropológicas que mencionamos al principio– solo una bonita metáfora, y no una broma cáustica con que referirse al infortunio de tener que usar el Mendotran. En Los Ángeles y Vancouver existe, desde hace años, un sindicato de pasajerxs de ómnibus: el Bus Riders Union (BRU). Su agenda incluye reivindicaciones variadas que van desde mejoras en la calidad del servicio y precios más económicos, hasta avances en materia de inclusión social y sustentabilidad ambiental. Asumen su defensa y promoción del transporte público en articulación con la ética de los derechos humanos.

El lema del BRU es bello y sabio: fight for the soul of the cities, «lucha por el alma de las ciudades». ¿Por qué no inspirarnos en él?






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