Géneros y Sexualidades

#LASVIDASTRANSIMPORTAN

Pensarme vieja, desearme vieja: LGBT en la tercera edad

Escribe la autora: "El futuro requiere del presente para ser construido no sólo para nosotrxs lxs jóvenes sino para quienes ya están ahí habitándolo justo ahora [...] Y no me refiero sólo al promedio de vida de una mujer trans. A los jóvenes nos han quitado la seguridad social que nos permita tener una pensión digna y un seguro médico al llegar a viejos."

Leah Muñoz

@DanmunozDan

Lunes 22 de junio de 2020 | 23:34

Portada: Marcha del Orgullo LGTBIQ Lima. Mara Rengiffo.

Hace unos días fui invitada a participar en un conversatorio, organizado por Vida Alegre-Laetus Vitae, sobre cómo lxs jóvenes LGBT+ nos vemos en la vejez. Es la segunda vez en el año que me veo implicada en un evento en que se habla sobre adultxs mayores LGBT. La primera vez fue en febrero en el Multiverso Trans de Jauría Trans en donde en una sesión personas trans de la tercera edad reflexionaron sobre lo que implicaba ser un adulto mayor trans.

Lo curioso de esta segunda ocasión en donde se tocó el tema de lo LGBT+ y la vejez es que ahora éramos lxs jóvenes quienes teníamos la palabra para hablar de ese futuro que aún vemos lejano, o que muchas veces ni siquiera logramos imaginar. Y es que a veces parece que el discurso sobre lo LGBT proyecta a un solo tipo de sujeto que nos impide ver más allá de él, de sus tiempos y sus necesidades. Es el sujeto adulto, joven, que vive con sus padres o sus roomies, tiene pareja(s) y/o un círculo de amigxs con quienes sale de fiesta y hace una vida social.

Una de las intervenciones en este conversatorio dijo que la exaltación de un discurso juvenilista no sólo vulnera a los más viejos sino también a los jóvenes adultos y a los más jóvenes que aún no son adultos. Ese discurso juvenilista nos ciega, por ejemplo, ante las necesidades específicas de las infancias trans y de los adultos adultos mayores LGBT+.

Esos conversatorios sobre lo LGBT y la vejez han sido espacios en donde otros flujos de pensamiento han frenado al juvenilismo y a esa inercia de situarnos siempre ante un presente que demanda pensar un futuro inmediato desplazando al futuro lejano. Un futuro lejano que también requiere del presente para ser construido no sólo para nosotrxs lxs jóvenes sino para quienes ya están ahí habitándolo justo ahora.

Sueño de mariposas

Lo primero que pensé sobre la vejez y el ser una mujer trans fue que el gran reto para nosotras es llegar a serlo. Llegar a viejas. El promedio de vida en América Latina para nosotras es de 35 años. Quizá por esa estadística, que parece una sentencia, nuestras energías están puestas en sobrevivir a los retos de un presente que no nos permite soñar con un futuro lejano. Y para las que ya están ahí, sea porque llegaron, porque transitaron siendo ya viejas o cercanas a serlo, el reto es habitar un presente que parece no atender a sus adultos mayores, y mucho menos a sus adultos mayores LGBT+.

El País

Cuando Arturo nos preguntó “¿Cómo imaginan y/o desean que sea su vejez?” no pude más que pensar que mi deseo no se correspondía con mi imaginación anclada en un presente nada prometedor. Primero que nada, claro que deseo llegar a vieja.

Deseo ser una mujer sana, fuerte y activa como lo han sido mis dos abuelas de más de ochenta años. Deseo tener círculos de amigxs y espacios LGBT+ para personas de la tercera edad y también espacios donde se compartan las experiencias de forma intergeneracional. Deseo tener a mi familia consanguínea cerca y también a una familia elegida en donde estén amigxs y quizá alguien a quien pueda llamar pareja. Me deseo leyendo y estudiando tal como recuerdo a mi abuelo y me deseo dando clases también como lo hacía mi abuelo y como lo hicieron profesores de los cuales aprendí mucho lo largo de mi formación escolar. Deseo que a todo eso lo acompañen espacios seguros libres de LGBTfobia y una seguridad social con una pensión que dé seguridad económica y un seguro médico de calidad.

Samantha Flores. Abrió el primer albergue para ancianos LGBT en la Ciudad de México

Sin embargo, mi deseo se distancia de mi imaginación ya que la realidad proyecta un futuro distinto, y no me refiero sólo al promedio de vida de una mujer trans. A los jóvenes nos han quitado la seguridad social que nos permita tener una pensión digna y un seguro médico al llegar a viejos. Lo de hoy es la precarización del trabajo en donde cada vez hay más adultos mayores. Son los efectos de un sistema capitalista que hace una exaltación del juvenilismo para terminar subsumiendo a los viejos en las lógicas de la explotación. La energía y las capacidades del cuerpo se relativizan, bajo el discurso de que “siempre se es joven”, para demandarle a los mayores de edad más tiempo de vida en el trabajo.

Para la mayoría de las personas LGBT esto no es nuevo. A la mayoría nos ha tocado enfrentarnos a un mundo sin una seguridad social garantizada ya que por décadas hemos sido excluidxs de la posibilidad de tener un trabajo formal que garantice una vejez digna. De unos años a la actualidad comenzamos a ganar el acceso a algunos trabajos formales sin que nuestras orientaciones sexuales o identidades de género representen motivos de despido u obstáculos para ser contratadxs. Sin embargo esta llegada a trabajos formales se da cuando la seguridad social y laboral lleva décadas de desmantelamiento.

Si bien esta es una realidad que de alguna manera nos afecta a todxs, los efectos no son los mismos en todxs. Es bien sabido desde la sociología y la antropología que la familia, sobre todo en América Latina, en situaciones en las que el Estado no garantiza las necesidades básicas de los miembros de una sociedad, termina fungiendo como una institución social que se las ingenia para proteger a sus miembros al proveer cuidado, alimento, protección y techo.

Aquí es donde los efectos de un futuro sin seguridad social digna garantizada se diferencian. Muchas personas LGBT+ siguen siendo expulsadas de sus familias, de esa familia que para muchas personas heterosexuales termina siendo un refugio en distintos momentos de la vida, como en la vejez. Además no todas las personas LGBT+ pueden o quieren formar esa familia tradicional, ya sea porque no todxs son heterosexuales, o porque no todxs pueden adoptar, o porque no todos desean familias de pareja con hijxs, o porque simplemente no desean tener pareja o prácticas monogámicas.

Ligado a esto está el hecho de que una gran mayoría de las personas LGBT+ terminan en la soledad. Una soledad que tristemente arrebata vidas. Con el tiempo no sólo el cuerpo cambia y envejece sino también nuestros propios afectos, nuestros ritmos, formas y deseos de socializar.

Dado esto, la vejez LGBT+ enfrenta retos materiales y afectivos. El mantener redes y espacios de cuidado, cariño y recreación para personas LGBT+ mayores de edad se vuelve una tarea fundamental para construir una vejez digna sólo en nuestro futuro sino para el presente de otrxs.

La querida activista trans Samantha Flores es un ejemplo de la importancia de pensar en nuestros adultos mayores LGBT+. Ella a sus 88 años trabaja en un proyecto de casa para adultos mayores LGBT llamado Laetus Vitae. Más espacios como este que sean espacios de recreación, culturales y de cuidado para personas LGBT+ mayores de edad son necesarios.

Las redes de amigxs y compañerxs, la familia elegida, también se vuelven fundamentales para enfrentar ese futuro. Necesitamos otras formas de forjar lazos fuertes, íntimos y duraderos que sean los lugares en los que nuestra vejez se vuelva acompañada y sostenida no sólo materialmente sino afectivamente. Lazos que hagan nuestras vidas vivibles.

A la par que construimos redes, lazos y alianzas para enfrentar los efectos de la LGBTfobia en la vejez es importante no dejar de plantear la vida en la tercera edad como un problema social que requiere también de soluciones colectivas. Es aquí en donde es importante hacer alianzas con los otros jóvenes y viejos para hacer que el estado garantice aquella seguridad social y laboral que nos han ido robando. Una seguridad social y laboral que necesita ser recuperada no sólo para las sexualidades normativas sino para todas.

Necesitamos otras formas de forjar lazos fuertes, íntimos y duraderos que sean los lugares en los que nuestra vejez se vuelva acompañada y sostenida no sólo materialmente sino afectivamente.

Esto último implica que para el caso de las personas trans necesitamos de la construcción de servicios médicos que sepan cuidar y atender nuestros cuerpos. Hoy en día la medicina sigue desconociendo muchas especificidades sobre la salud de los cuerpos trans en edades longevas.

En una parte de mi imaginación sobre mi vejez no todo es pesimismo. También guardo un espacio para la posibilidad y el deseo de que el actuar del movimiento social arrebate ese futuro digno que nos siguen robando y desmantelando.

Sigo pensando que deseo llegar a vieja, que mis amigas lleguen y que muchas personas trans lleguen. Las charlas con queridas amigas trans que ya están ahí me motiva. Me motiva su energía, su fuerza, sus sonrisas, sus historias y aprendizajes acumulados en su vida como mujeres trans. Me motivan cuando hablan sobre el reto afectivo de abrazar nuestros cuerpos trans que envejecen, los cuales quizá no se ajustaron a las expectativas impuestas en los tiempos de juventud. Me motivan las experiencias graciosas asociadas con el passing que se adquiere en la tercera edad.

Me motiva que estén ahí, haciendo sus vidas. Me motiva la rebeldía con la que se apropian de lugares que nos han querido negar, como la vejez.






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