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Red Internacional

El 14 de febrero es el día de los enamorados. En las plazas, los bares y las ciudades abundan las parejas y los regalos en forma de tarjetas, flores y por qué no, bombones a pesar del calor. La tele, la radio y las webs se plagan de comerciales. Detrás de esta postal se trasluce parte de la vida cotidiana de miles de personas, donde el amor, las relaciones y los sentimientos cobran protagonismo. Cabe cuestionarnos, ¿es el amor romántico la única manifestación posible de las relaciones sexoafectivas? Y no solo eso, ¿es el punto máximo del placer y la satisfacción del deseo en los planos tanto afectivo como sexual de las personas?

Pablo Herón@PhabloHeron

Sábado 14 de febrero de 2015 | Edición del día

El carácter comercial del día de San Valentín hizo que esta celebración de origen anglosajón se extendiera a muchos países del globo, en cada uno con sus particularidades. No es motivo de este artículo desarrollar el aspecto marketinero del mismo, sino problematizar un aspecto que comparte en común en cualquier rincón del planeta: la idea del amor como espejo de las relaciones sexoafectivas de parejas heterosexuales y monogámicas. ¿Por qué no hay comerciales en los que el amor esté representado en una relación de tres personas, o en una pareja de un chico trans y un chico cisexual[1]? ¿A qué responde esto?

Una historia contestataria

A lo largo de la historia, los mandatos morales de la monogamia y la heteronorma, cuyos paladines fueron y son el Estado, sus instituciones y la Iglesia, no fueron acatados sin resistencia. El fruto de estas luchas lo podemos observar hoy, en tanto y en cuanto a nivel mundial -con muchas desigualdades- las relaciones, la cuestión de género y la sexualidad fueron aspectos de la vida que sufrieron grandes cambios.

Durante la Edad Media muchas sectas religiosas fueron acusadas por la Iglesia de libertinaje. “Las críticas al matrimonio dieron pie al surgimiento de un abanico de alternativas que incluía desde la unión de compañeros al amor libre” dice sobre este período la historiadora Wendy Goldman[2]. Los grupos más radicales abogaban por el amor libre, la abolición de la familia y las relaciones sexuales casuales con varios compañeros negando el carácter pecaminoso del sexo.

A comienzos del siglo XIX, el de desarrollo de los centros industriales y un fuerte sentimiento anticlerical dieron lugar a intensos debates alrededor de la institución matrimonial entre liberales, feministas y socialistas. Atraídos por las ideas de los socialistas utópicos como Fourier y Owen, trabajadores y artesanos que ya practicaban formas más laxas del matrimonio, levantaron comunidades con fuertes valores orientados hacia la igualdad y la colectividad tanto en América como en Europa. Así como sucedió con los proyectos de las sectas religiosas en la Edad Media, la libertad sexual dentro de las comunidades comenzó a chocar con las bases económicas de la sociedad. Las mujeres no tenían el mismo grado de libertad dado que su subsistencia estaba principalmente atada al matrimonio, al no haber ataduras legales los hombres podían abandonarlas de la noche a la mañana.

Las discusiones alrededor del amor libre y la familia también involucraron tanto a anarquistas como marxistas. La revolución rusa, fue el escenario donde más se desarrollaron las contradicciones entre las condiciones materiales de vida y la lucha por la libertad sexual. Acalorados debates conllevaban las problemáticas de las mujeres, los niños y la familia alrededor de la reorganización de la economía en un estado socialista. Alexandra Kollontai, dirigente del partido bolchevique, fue la principal referente de la lucha por la libertad sexual y de la mujer. La revolución rusa despenalizó la homosexualidad, legalizó el aborto y vino a cuestionar las relaciones en el capitalismo, un verdadero combate contra el atraso cultural de la época. Su idea del amor libre estaba arraigada profundamente en la crítica a las relaciones de propiedad que se desarrollan en la sociedad capitalista entre las personas, como se expresa en su máximo exponente, el amor romántico. Estos grandes avances, los mayores en comparación a cualquier país hasta ese momento, fueron contrarrestados por la posterior política del estalinismo.

En los años ‘70, de la mano de una juventud conmovida por la revolución cubana, la guerra de Vietnam y que salía a las calles a combatir las políticas derechistas de los gobiernos, surgió una nueva vanguardia anticapitalista y crítica de la moral conservadora. En ese marco nace el movimiento por la liberación sexual y resurge el movimiento feminista. Marcado por una gran espíritu libertario y una feroz crítica a las relaciones monogámicas y a la heteronormatividad, este movimiento llegó a practicar formas de vida comunitarias y explorar los estímulos de la música y las experiencias lisérgicas. Esta generación logró la despenalización de la homosexualidad en la mayoría de los países occidentales. Así como puso sobre el tapete las demandas de quienes disienten de la heteronorma y las normas de los géneros.

Un poco más de historia

Contra toda visión ahistórica, es necesario aclarar y desarrollar que la monogamia no siempre fue la piedra angular de las relaciones sexoafectivas. Nuestra fiel protagonista irrumpió en escena producto del desarrollo de las sociedades prehistóricas. El rol de los hombres dentro de la división del trabajo en la familia, siendo los dueños de los instrumentos y los garantes de los alimentos, le dio una posición privilegiada para trastocar las relaciones existentes en provecho de sus hijos, con el objetivo de que los mismos hereden sus riquezas. Así fue como se instauró el derecho paterno y el patriarcado, es decir, el linaje familiar en función del hombre como jefe de familia.[3]

En el capitalismo los mandatos morales de la monogamia y la familia tradicional fueron dispuestos al servicio de la clase capitalista. La familia pasó a cumplir un rol social y económico clave, el de la reproducción, la crianza, el cuidado de los niños y la realización del trabajo doméstico, que desde un comienzo recayeron en las mujeres. En función de este rol -la necesidad de la reproducción de la fuerza de trabajo y del afianzamiento de la familia tradicional como modelo-, la mejor amiga de la monogamia, la heteronorma, cobró una fuerza no antes vista.

Algunas conclusiones

Por un lado la experiencia de los diferentes proyectos libertarios pone en cuestionamiento el amor romántico como modelo, con proposiciones ambiciosas para desarrollar otro tipo de relaciones por fuera de la moral imperante, explorando nuevos terrenos y recovecos del deseo. Por otro lado, también nos muestra que no se pueden pensar las relaciones sexoafectivas ni la familia, sin tener en cuenta las contradicciones producto de la lucha de clases y las relaciones económicas de la producción y el trabajo.

Lo que podríamos haber imaginado como el cumplimiento de los anhelos de revolución sexual de la década del ‘70, recorrió un derrotero de cooptación por parte del Estado y sus instituciones. La libertad sexual conquistada a partir de esa época fue mercantilizada: “la identidad sexual, el deseo y la fantasía se transformaron, entonces, en objetos de lucro, a niveles industriales”[4]. El neoliberalismo impuso la exaltación del individuo, a la par de una exposición a una hipersexualización vía medios de comunicación, que contrasta con la forma en la que se viven las relaciones, la sexualidad y la identidad de género.

Así es que hoy en día sigue más que vigente la lucha por el amor libre y la liberación sexual, por relaciones entre personas libres de cualquier tipo de coerción, sea estatal, religiosa, familiar, psicológica, económica, etc. y basadas únicamente en el consentimiento mutuo y el compañerismo. Lucha que cobra enemigos concretos: las instituciones de la sociedad burguesa, el Estado y la Iglesia, que buscan imponer una moral conservadora en beneficio de la clase capitalista, y en ese interín, aspiran a controlar nuestras relaciones, deseos y cuerpos.

Notas

[1] Cisexual es toda aquella persona que asume su sexo biológico como su identidad de género.

[2] La mujer, el Estado y la revolución, Wendy Goldman.

[3] El origen de la propiedad privada, el Estado y la familia, Friedrich Engels.

[4] Pecados y Capitales, revista Ideas de Izquierda N°7, Andrea D’Atri.




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