Géneros y Sexualidades

Tribuna abierta

Síndrome de alergia radical

Publicamos esta colaboración, a propósito de los hechos ocurridos el 25 de noviembre en la CdMx y del debate al interior del movimiento de mujeres.

Martes 10 de diciembre de 2019 | 20:29

El pasado 25 de noviembre, en la marcha feminista que conmemora los apenas 20 años decretados por la ONU del Día Internacional para la Erradicación de la Violencia contra las Mujeres, reducidos grupos de choque –femeninos- infiltrados en el movimiento que convocó a más de 3 mil mujeres mexicanas (1) entre ellas estudiantes, trabajadoras, profesionistas y activistas, atacaron con violencia física y verbal a las mujeres que conformaban otros contingentes y con quienes marchaban aparentemente en un mismo sentir por los mismos objetivos: visibilizar, denunciar y protestar por los diferentes tipos de violencia contra las mujeres.

Evidentemente, el grupo de atacantes, acentuó la contradicción de su discurso, pues, lejos de visibilizar la violencia contra las mujeres, puso de manifiesto la violencia que ellas ejercían contra otras mujeres dentro de la marcha. Frente a esto, se corría el riesgo de que el argumento de la movilización feminista se debilitara y perdiera credibilidad en un contexto sumamente importante e inadmisible; además de que los medios informativos -principalmente los que tienen alcance y mayor cobertura en las televisoras que consume el grueso de la población-, no perdieran oportunidad de señalar en primera plana los ataques a los monumentos y espacios públicos del recorrido programado en la Ciudad de México, y la supuesta “confrontación” entre grupos de mujeres, opacando la profunda y crítica situación que vivimos las mexicanas.

Si bien es cierto que los movimientos feministas en el siglo XXI en sus diversas líneas y corrientes apuntan al marco jurídico por la legitimidad de los derechos de las mujeres -además de señalar las alarmantes cifras oficiales y no oficiales en casos de desaparición y feminicidios (máxima expresión de violencia de género)1, así como la violencia ejercida mayoritariamente por el género masculino en sus diferentes tipos y modalidades-, también es verdad que la violencia está condicionada por los estratos sociales –las clases-, donde mujeres que ocupan una posición económica superior al resto, también ejercen violencia contra aquellas que no gozan de un lugar privilegiado.

Aunado a esto, existe un sesgo en torno al ejercicio violento entre mujeres; desfase que no necesariamente está dado por las diferencias ideológicas y económicas, sino que responde a una dinámica que merece mayor atención. Como sabemos, la apropiación de los espacios ha sido parte de la lucha histórica por el poder, pero, ¿qué pasa cuando se deja de ver al otro como aliado en la búsqueda de los mismos fines dentro del espacio social? Sin duda, esto remite a la aproximación de la noción de Otro y de cómo ese Otro se convierte en una figura amenazante, que "altera" un orden preestablecido que se asume como único y verdadero.

Desde la perspectiva del filósofo francés Emmanuel Lévinas, la alteridad es pensada a partir de la noción de alteración, producto de un estado interrumpido por un otro que ejerce un acto violento con respecto al yo.(2) Del término “alteridad” se constituye el término de diferencia como forma de ser y estar en el mundo, y es justo el término de diferente, el que condiciona el proceso de jerarquización de los unos respecto a los otros, designando no solo un lugar en el espacio social, sino estableciendo un sistema de dominación permanente.

De acuerdo con Peter Burke, (3) todo grupo humano puede enfrentarse a la alteridad de dos maneras: la primera, aparentemente pasiva, es negando o ignorando lo diferente, negando a esa otredad que es invisibilizada, y, por consiguiente, dándole muerte simbólica al no reconocerla como legítima interlocutora, tal como diría Lévinas; pues, la negación limita el espacio que permite la coexistencia y la construcción con el Otro. La segunda forma de enfrentarse a la alteridad es atentando contra ese Otro en su modalidad de diferente, por parecer despreciable y amenazante, principalmente al "orden" dado por la lógica del poder que domina y somete, y para el que representa el peligro de debilitamiento de ese poder.

Asimismo, el término, figura de alteridad, es comprensible desde dos perspectivas. La primera está dada por el carácter etimológico, donde alter es ese Otro, ese diferente; y la segunda, como la alteración de un estado previamente establecido. Desde el papel de la lógica dominante, las figuras de alteridad son aquellos elementos personificables que representan una amenaza al sistema, y donde ésta -la lógica dominante-, se sirve de elementos o atributos que destacan su intolerancia en un discurso de exclusión, xenofobia, racismo, clasismo y repulsión.

La negativización de la alteridad, y la absolutización de la figura del Otro diferente como enemigo, -como explica Feierstein, (4)-, propician las condiciones para la construcción binaria y antagónica de la realidad, donde se ignora al Otro, restando capacidad crítica y evitando a todas luces la construcción permanente de humanidad.

En cambio, asumir como acto político que podemos ser extensiones del Otro -o la Otra-, nos habla de una responsabilidad del, por y para ese Otro que, en la medida en que esto se hace parte de la conciencia (de clase y de género), la intolerancia deja de ser la parte que habita en nosotros y que niega a esa otredad, o en el peor de los casos, la extermina.

Notas:
(1) México es el segundo país de América Latina con mayor número de feminicidios. Según las cifras oficiales, en el 2019, casi 3 mil mujeres han sido asesinadas, de esos casos, sólo 726 se investigan como feminicidios. Véase publicación digital Animal Político. Consulta: noviembre 28 2019, disponible en: [https://www.animalpolitico.com/2019/11/3-mil-mujeres-asesinadas-mexico-2019-ocnf/].

(2) Lévinas, dedicó gran parte de su trayectoria a la elaboración de una filosofía de la diferencia, abonando de manera excepcional en la construcción de la ética existencial y las alteridades. Para una lectura de mayor profundidad sobre alteridades, véase Lévinas Emmanuel, Totalidad e Infinito, Editorial Sígueme, Salamanca, 2006.

(3) - Burke, Peter, Estereotipos de los otros, en Visto y no visto, el uso de la imagen como documento histórico, España, 2005, p.

(4) Feierstein, Daniel, El genocidio como práctica social: entre el nazismo y la experiencia argentina. Hacia un análisis del aniquilamiento como reorganizador de las relaciones sociales, FCE, Buenos Aires, 2008, p. 82.






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