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SUPLEMENTO

Ucrania: el desafío de una política anti-imperialista independiente

Juan Chingo

Philippe Alcoy

Pierre Reip

UCRANIA

Ucrania: el desafío de una política anti-imperialista independiente

Juan Chingo

Philippe Alcoy

Pierre Reip

Una contribución al debate sobre lo que debe ser un anti-imperialismo consecuente, a la luz de la guerra de Ucrania, a partir de la polémica entre Gilbert Achcar y Stathis Kouvélakis. Artículo publicado originalmente de manera simultánea en revolutionpermanente.fr y contretemps.eu el 19/03/2022.

La invasión rusa de Ucrania ha dado lugar a un gran debate sobre lo que debería ser un anti-imperialismo consecuente hoy en día. Una profunda divergencia se ha manifestado en un intercambio de textos entre Stathis Kouvélakis y Gilbert Achcar para la revista Contretemps. Este debate sobre el anti-imperialismo nos parece especialmente importante y queremos aportar a él.

Los textos de Gilbert Achcar (GA) y de Stathis Kouvélakis (SK) son muy ricos y reflejan algunas de las divergencias existentes en el seno de la izquierda y de la extrema izquierda francesa en relación con la guerra de Ucrania [1]. Al mismo tiempo que nos permiten alimentar la lectura de la situación y de las cuestiones que plantea, dejan de lado la perspectiva de una política independiente de la clase obrera y de los sectores populares, que sería la única capaz de abrir el camino a una verdadera autodeterminación del pueblo ucraniano. El debate, por tanto, nos parece encerrado en una lógica del "mal menor", y nos gustaría proponer, a través de esta contribución, algunas vías de salida.

La naturaleza de la guerra en Ucrania

Entre los debates que los autores abordan, uno de los más centrales se refiere a la naturaleza de la guerra en Ucrania. Mientras que ambos condenan la agresión rusa, para GA se trata de una "guerra imperialista de invasión", que compromete a Ucrania en una "guerra justa", mientras que SK insiste en el "carácter interimperialista" de la guerra en Ucrania, inscrita en el marco más general de un conflicto entre Rusia y la OTAN, a pesar de la ausencia de confrontación directa entre las potencias.

En contra de GA, SK insiste en la unificación del campo imperialista occidental detrás de Ucrania, lo que lleva a insertar la guerra "en las contradicciones interimperialistas que oponen Occidente a Rusia". De hecho, la ofensiva rusa tuvo el efecto de cerrar las filas de la OTAN en torno al gobierno de Zelensky. La organización atlantista estaba, en palabras de Emmanuel Macron el pasado diciembre, en estado de “muerte cerebral”. Se enviaron tropas a los países de la OTAN limítrofes con Ucrania y Rusia, la UE liberó 450 millones de euros para proporcionar ayuda militar a Ucrania, mientras que Antony Blinken, jefe de la diplomacia estadounidense, anunció un paquete de ayuda de 10.000 millones de dólares. Aunque esta intervención es indirecta debido a los riesgos reales de que se convierta en un conflicto global [2], es fundamentalmente diferente de la invasión imperialista de Irak o Afganistán.

Además, como señala SK, la guerra es inseparable de la política que la OTAN ha llevado adelante durante las últimas cuatro décadas. Tras la caída de la URSS, la "frontera de la OTAN" se ha acercado cada vez más a Rusia. De ser una alianza antisoviética, la OTAN se ha convertido claramente en una alianza antirrusa. El revanchismo y el irredentismo belicoso de Putin y su régimen solo pueden entenderse como subproductos reaccionarios del mundo de la posguerra fría, totalmente dominado por el imperialismo occidental, tras el colapso de la Unión Soviética. El editorial de marzo de la revista Monthly Review recuerda acertadamente los orígenes de esta política para "evitar la aparición de un posible rival global en el futuro", así como el papel de Ucrania como "pivote geopolítico" en esta reconfiguración de la gran estrategia estadounidense.

Aunque el argumento de SK tiene la ventaja de destacar la internacionalización de la guerra en Ucrania y el papel de la OTAN, estos elementos no son suficientes para definir la guerra como un simple "conflicto interimperialista", y menos aún como una "guerra imperialista mundial no declarada", como algunos llegan a decir. En este sentido, GA tiene razón al señalar que una guerra interimperialista es "una guerra directa, no una guerra de procuración", pero se equivoca al negarse a ver la innegable dimensión internacional de la guerra en Ucrania. Para dar cuenta de esta complejidad de la guerra, creemos que es necesario analizar el caso actual de Ucrania como un tipo específico de guerra reaccionaria de opresión nacional, caracterizada por un alineamiento de la mayoría de las potencias imperialistas detrás de la nación oprimida. Este escenario no se dio en la Guerra de Malvinas en 1982, en Irak en 1991 ni 2003, ni en Afganistán en 2001, por mencionar solo algunos ejemplos.

Esta especificidad distingue esta guerra de las "guerras justas", según Lenin definió las guerras anticoloniales y anti-imperialistas en las que los revolucionarios consideran progresiva la victoria del bando militar representado por la nación oprimida. Si existe una justa resistencia a la invasión rusa y por la autodeterminación del pueblo ucraniano, actualmente está "capturada" por el imperialismo occidental, y definir una política revolucionaria frente a la agresión rusa implica por tanto defender la independencia frente a la OTAN. Antes de volver a esto, empecemos por señalar algunas divergencias en la caracterización del agresor ruso.

Sobre el poder ruso

La minimización del papel de la OTAN en el argumento de GA, cuyas consecuencias políticas veremos, se explica en parte por una sobreestimación del papel potencial de Rusia y la naturaleza de su ofensiva. En tanto Rusia es efectivamente el agresor, GA considera que Putin está librando una "guerra imperialista de invasión" y que "una toma de posesión exitosa de Ucrania por parte de Rusia animaría a Estados Unidos a retomar su camino de conquista mundial por medio de la fuerza en un contexto de exacerbación de la nueva división colonial del mundo y de endurecimiento de los antagonismos globales". Con esta lógica, se podría deducir que Rusia está librando una forma de lucha por la hegemonía mundial contra Estados Unidos, de la que la dominación y la toma de parte del territorio de Ucrania sería el primer paso.

Esto está relacionado con la idea, compartida con SK a pesar de importantes matices, de que Rusia es una potencia imperialista. Sin embargo, si ciertas características del Estado ruso crean la "ilusión de una superpotencia", enmascaran una situación muy subordinada de este. Es un ejemplo típico de "desarrollo desigual y combinado". Ha heredado de la URSS y de la Guerra Fría una enorme fuerza militar con armas nucleares y posiciones dominantes en las instituciones internacionales. Putin también restauró y reforzó el poder del Estado tras la debacle de los años de Yeltsin, al tiempo que consolidó y profundizó la labor procapitalista de este.

Sin embargo, la economía rusa depende casi exclusivamente de las exportaciones de materias primas (especialmente hidrocarburos, metales y productos agrícolas) y sigue siendo muy dependiente de la tecnología y las finanzas occidentales. La capacidad de influencia internacional de Rusia sigue siendo limitada más allá de las antiguas fronteras de la URSS, a pesar de los éxitos parciales en Oriente Medio y África, y de los esfuerzos de Putin por conseguir apoyos. En resumen, Rusia se está convirtiendo en una potencia regional, y su influencia internacional real sigue siendo limitada.

En este contexto, la guerra de opresión emprendida por Rusia en Ucrania tiene como objetivo, en primer lugar, recuperar por la fuerza la influencia perdida sobre el país en 2014, situación que Rusia no ha podido revertir desde hace más de ocho años, a pesar de una victoria táctica en Siria, que Putin esperaba poder utilizar frente a los imperialistas occidentales (especialmente Estados Unidos) en una posible negociación sobre Ucrania. En efecto, Ucrania es fundamental para los intereses estratégicos de defensa de Rusia, que se basan esencialmente en la opresión de los distintos Estados ex soviéticos. Decir esto no significa alinearse con el régimen ultrarreaccionario de Putin, y mucho menos absolverlo de las atrocidades cometidas por el ejército ruso en Ucrania, incluyendo el bombardeo de poblaciones civiles. Por otra parte, esta observación lleva a destacar las contradicciones de Rusia y su invasión, como hacen muchos analistas internacionales, como Patrick Cockburn.

En un contexto marcado por las fisuras en el seno de la OTAN, una hostilidad reforzada de Estados Unidos tras la debacle de Afganistán y la nueva prioridad de la zona Indo-Pacífica, pero también por el acercamiento de Kiev a las potencias occidentales, los estrategas del entorno de Putin consideraron sin duda que había llegado el momento de actuar antes de que se cerrara la ventana de la oportunidad. Primero trataron de presionar para una negociación con Biden, en la que sin duda medió Macron. Pero la negativa de Estados Unidos a renunciar a cualquier ventaja geopolítica obtenida en la expansión de la OTAN hacia el Este -en particular en Rumania y Bulgaria, donde Putin exigió la retirada de las tropas de la Alianza Atlántica- llevó a Putin a realizar una peligrosa apuesta.

La intervención militar de Rusia no oculta el hecho de que se encuentra en una posición débil frente a los imperialistas occidentales, como demuestran sus dificultades para lograr sus objetivos en Ucrania. Rusia se encuentra en una situación más que delicada, ya que no parece tener los medios financieros, militares y, sobre todo, políticos para ocupar, y menos aún anexionar, Ucrania a largo plazo. El ejército ruso invadió Ucrania militarmente pero como una operación de policía, buscando extraer concesiones rápidamente para evitar una costosa ocupación. Si Rusia no logra sus objetivos en los próximos días, la invasión requerirá cada vez más fuerzas y podría conducir a un verdadero estancamiento, así como a una escalada cada vez más mortal para el pueblo ucraniano.

En general, el régimen reaccionario de Putin, que no solo es antidemocrático y represivo, sino también profundamente procapitalista y oligárquico, no tiene nada que ofrecer a los trabajadores y las masas ucranianas. Esto también explica por qué una gran parte de la población ucraniana mira con esperanza las promesas de prosperidad hechas por los imperialistas occidentales. Esta división existe desde hace años, como vimos en 2004 y de nuevo en 2014, durante los movimientos cuyo telón de fondo era la influencia del nacionalismo antirruso y los intereses de la facción "naranja" de la oligarquía ucraniana, vinculada a Occidente más que a Rusia. Esta última no ofreció nada más a los ucranianos que sus homólogos prorrusos, lo que vuelve a subrayar la necesidad de una política independiente de la OTAN.

La posición ante la OTAN y la necesidad de una política independiente para la resistencia del pueblo ucraniano

En su texto, Stathis Kouvélakis plantea no solo el papel reaccionario global de la OTAN, sino también el riesgo de escalada militar y de guerra mundial a corto plazo que supondría una mayor injerencia de la alianza transatlántica en el conflicto, especialmente en el marco de la "zona de exclusión aérea" solicitada por Zelensky. En este sentido, explica la imposibilidad de apoyar las diversas formas de intervención del imperialismo occidental.

Sin embargo, aunque GA se ofende en su última respuesta de que se le pueda imputar la más mínima complacencia con la OTAN, siendo evidente su "hostilidad a la OTAN", la orientación que propone en su artículo puede llevar a la confusión. GA considera que una victoria rusa en Ucrania contribuiría a un "deterioro de la situación mundial hacia una ley de la selva desenfrenada". En consecuencia, la derrota de Rusia es para él la prioridad número uno de los anti-imperialistas, hasta el punto de que deben defender los suministros de armas "defensivos" de la OTAN y la UE a Ucrania. También aboga por la neutralidad frente a las sanciones contra Rusia, a pesar de que las clases trabajadoras de Rusia y del mundo son las principales víctimas de estas sanciones, que no hacen nada para frenar la ofensiva militar y conducen a la exacerbación de las tensiones contra la población rusa, en Ucrania y en el mundo, atizando una escandalosa rusofobia que la culpabiliza de los crímenes de Putin y su casta oligárquica [3].

En su última respuesta, GA va más allá, aclarando los fundamentos de su posición. A la crítica de SK de que no ve el impacto global negativo del avasallamiento de Ucrania al bloque transatlántico, responde que esta subordinación sería preferible a ser subyugada por Rusia:

"Si Ucrania consiguiera deshacerse del yugo ruso, sería avasallada", argumenta SK, lo que es más que probable. Pero lo que no menciona es que si no lo hiciera, sería esclavizada por Rusia. ¡Y no hace falta ser un medievalista para saber que ser un vasallo es incomparablemente preferible a ser un siervo!

GA asume así abiertamente una política del mal menor que le lleva a ponerse del lado del "avasallamiento" de la OTAN frente a la "esclavización" de Rusia. Por supuesto, la perspectiva de un Estado títere autoritario en Ucrania es profundamente reaccionaria para el pueblo ucraniano, al igual que la invasión en curso. Como dijo Trotsky tras la conquista alemana de Francia en 1940, no hay duda de que "de todas las formas de dictadura, la dictadura totalitaria ejercida por un conquistador extranjero es la más intolerable". Esto es aún más cierto en el caso de Ucrania, que no es una potencia imperialista como Francia en 1940, sino una nación históricamente oprimida por el nacionalismo gran ruso. Sin embargo, esto no puede llevarnos a ponernos del lado del avasallamiento de Ucrania por parte de la OTAN. Esta lógica del "mal menor" tiende a embellecer la situación semicolonial de Ucrania, que está destinada a profundizarse en caso de victoria de la OTAN, y se basa en una valoración errónea de la dinámica internacional y en un escepticismo sobre la posibilidad de un resultado independiente en Ucrania.

A nivel de Ucrania, las consecuencias para el país de una profundización de la dominación imperialista serían catastróficas. Ucrania es ya uno de los países más pobres de Europa, con toda una parte de su población exiliada desde los años ‘90 huyendo de la pobreza y, desde 2014, de la guerra. Tras la crisis de 2014, el país recibió varios miles de millones de dólares en préstamos del Banco Mundial (8.400 millones), del FMI (17.000 millones) y de la Comisión Europea (13.000 millones), con lo que la deuda del país alcanzó el 78 % del PBI. Independientemente de la guerra, se espera que Ucrania devuelva 14.000 millones de dólares este año. Pero este dinero no solo hay que devolverlo, sino que se ha concedido bajo condiciones y limitaciones económicas, políticas y sociales que refuerzan la sumisión del país al capital occidental: reformas neoliberales en los sectores agrícola y energético, pero también en el mercado laboral, el seguro de desempleo y las privatizaciones.

Al mismo tiempo que una victoria de la OTAN no pondría fin a las tensiones con Rusia, la situación no haría más que empeorar. Para los revolucionarios, por tanto, ser consecuentes con la consigna de autodeterminación del pueblo ucraniano implica rechazar no solo la invasión rusa y su deseo de subyugar a Ucrania, sino también la perspectiva de que el país no sea formalmente independiente y se convierta en un tipo de protectorado del imperialismo occidental. La situación de "independencia" de Ucrania después de 1991 fue una excepción temporal. Lo permitió el "vacío imperial" dejado por el colapso de la URSS en un momento en que la expansión imperialista hacia el Este, cuyo primer paso fue la reunificación de Alemania bajo la dirección imperialista de Kohl, estaba en su infancia. Hoy, Ucrania vuelve a ser, como lo ha sido a lo largo de su historia, objeto de conflicto entre las potencias occidentales y Rusia. Esta situación conduce a la opresión del pueblo ucraniano, pero los trabajadores y las clases populares ucranianas no tienen que elegir entre uno de los dos opresores y deben desarrollar una política independiente.

En el plano internacional, GA parece convencido de que una victoria de la OTAN desempeñaría un papel pacificador de la situación internacional cuando señala:

Una victoria rusa reforzaría considerablemente el belicismo y la presión para aumentar el gasto militar en los países de la OTAN, mientras que una derrota rusa proporcionaría unas condiciones mucho mejores para librar nuestra batalla por el desarme general y la disolución de la OTAN.

Esta afirmación, ya desmentida en parte por el rearme histórico en curso en Alemania, se basa en una falsa analogía con la derrota estadounidense en Vietnam, a la que SK responde correctamente. Al contrario de lo que afirma GA, una derrota rusa reforzaría las ambiciones intervencionistas de los imperialistas occidentales en una situación de crisis mundial, marcada por la agudización de las tensiones entre las potencias.

Lejos de generar la "fuerte disuasión sobre todas las potencias mundiales y regionales" como menciona Achcar, podría afianzar el avasallamiento de Rusia por parte del bloque occidental. Este resultado ofrecería un respiro a la restauración neoliberal, moribunda desde 2008, al tiempo que aislaría a China. Esto podría llevar al gigante asiático a buscar acomodarse al imperialismo para no correr la misma suerte que Rusia, o, por el contrario, exacerbar la disposición a la confrontación, incluso armada, de la burocracia capitalista del Partido Comunista chino. Es difícil ver aquí un efecto "disuasorio".

Por una política independiente contra la guerra

Rechazar toda injerencia de la OTAN en Ucrania no significa dejar de lado la cuestión nacional y la legítima resistencia de los ucranianos a la invasión rusa. Por el contrario, significa afirmar que la lucha contra la opresión rusa en Ucrania no puede llevarse a cabo bajo la égida de la OTAN, que, como alianza imperialista, nunca ha permitido a ningún pueblo lograr una verdadera independencia [4]. En este sentido, la emancipación del pueblo ucraniano es inseparable de la perspectiva de la revolución socialista y, en consecuencia, en la guerra actual, de una política independiente que permita, en condiciones difíciles, avanzar hacia el único resultado progresista: una Ucrania independiente, obrera y socialista. Sin embargo, esta cuestión está ausente en el texto de SK, a pesar de sus numerosas y justas críticas al papel de la OTAN.

Esta limitación en la capacidad de formular una política independiente en Ucrania se refleja en las perspectivas propuestas a escala internacional. En su texto, SK defiende "un anti-imperialismo y un internacionalismo de los oprimidos" que debe tomar "la forma de una movilización más amplia por la paz, por la soberanía democrática de los pueblos y por la ruptura con la lógica de los bloques, las alianzas militares y las ’áreas de influencia’". Continúa diciendo que Jean-Luc Mélenchon, Jeremy Corbyn y la coalición Stop the War, DSA (la corriente de los “Socialistas Democráticos de EE. UU.”) así como "sectores progresistas de las iglesias católica y protestante y otras fuerzas" estarían en esta línea.

Si compartimos a priori la idea de un anti-imperialismo y un internacionalismo de los trabajadores y de las clases populares, tenemos que admitir que no es realmente lo que proponen Jean-Luc Mélenchon, Jeremy Corbyn ni el DSA. Al tiempo que se desmarcan de la OTAN -lo que les lleva a ser insultados como "pro-Putin" por belicistas en Francia como los candidatos presidenciales de Los Verdes, Yannick Jadot, y del Partido Socialista, Anne Hidalgo, o en Inglaterra por la cúpula laborista-, todos ellos abogan por una solución diplomática al conflicto. Jean-Luc Mélenchon defendió en la Asamblea Nacional "una verdadera diplomacia altermundista". También defiende la creación de una fuerza de intervención de la ONU en Ucrania para asegurar las centrales nucleares. Jeremy Corbyn pide que se vuelva a los acuerdos de Budapest y Minsk y dice que Rusia y Ucrania deben "dejar de luchar y empezar a hablar entre ellos", lo que ya ocurre en parte, pues los ministros de Exteriores ruso y ucraniano ya se reunieron en Antalya el jueves 10 de marzo sin acordar un alto el fuego El DSA también pide diplomacia y desescalada para resolver la crisis [5].

Pero, ¿no son estos llamamientos a la diplomacia y a la desescalada meras ilusiones, en tanto que no surja una fuerza política que pueda poner fin a la lógica de los bloques y una solución duradera a la guerra y a la crisis ucraniana? Dado que los acuerdos y los tratados no son más que la expresión de un equilibrio de poder a nivel militar y político, en nuestra opinión no puede presentarse a la diplomacia en sí como capaz de lograr un resultado progresivo de la guerra. Si algo demuestra esta guerra es que la diplomacia no ha sido capaz de resolver la cuestión ucraniana, ya que los acuerdos de Minsk no han ofrecido una respuesta real a la cuestión del estatus de Ucrania. La diplomacia solo puede conducir a la ratificación de una situación de hecho o a la congelación de un conflicto, sin descartar futuros enfrentamientos que podrían ser más violentos. Históricamente, las soluciones diplomáticas siempre han ido en detrimento de los pueblos oprimidos. Cualquier mediación de la ONU, defendida por Mélenchon y la CGT francesa, es también ilusoria y utópica. La ONU es una institución heredada de la Guerra Fría y nunca ha permitido, por sí sola, la resolución de ningún conflicto, ni ha puesto fin a ninguna opresión nacional, como pueden atestiguar los palestinos. La presencia de cascos azules también puede resultar problemática, como en las guerras de Yugoslavia y de África Central.

Si la diplomacia y la ONU no representan una alternativa creíble a la lógica de los bloques, sólo una alternativa obrera y popular es capaz de resquebrajarlos desde dentro. Las organizaciones del movimiento obrero son débiles y están divididas, pero la clase obrera y la juventud tienen todavía una enorme fuerza potencial en el mundo. En Ucrania, como hemos señalado, esta política es esencial para garantizar una salida a la autodeterminación del pueblo ucraniano. También permitiría formular demandas distintas a las de Zelensky, para unificar a los pueblos ucranianos, defendiendo la autodeterminación real del Donbass y de las regiones orientales de Ucrania que lo deseen, central para liquidar la propaganda chovinista y gran rusa de Putin. Esta política independiente sería también la condición para la alianza de las masas ucranianas con los trabajadores y las clases populares rusas, un aliado estratégico para derrotar a Putin.

En Rusia, a pesar del régimen ultrarrepresivo, continúan las manifestaciones contra la guerra. Por ello, Putin ha elaborado un decreto que condena a los opositores a su guerra a hasta 15 años de cárcel. Por eso también está imponiendo un apagón en las redes sociales. Una potencia autoritaria que es violenta contra su población es una potencia que lucha por asegurar su hegemonía por otros medios, y las contradicciones dentro del régimen ruso son muy importantes. Solo un pequeño cónclave en torno a Putin era consciente de que se estaba preparando una verdadera guerra. Por lo tanto, los trabajadores y el pueblo ruso tienen un papel decisivo en el derrocamiento del régimen de Putin. Hay que defenderlos contra la política de Zelensky y de la OTAN, que culpa a todos los rusos por la guerra e impide cualquier confraternización que aceleraría la resolución de esta guerra reaccionaria.

El clamor mundial por la invasión de Ucrania, las atrocidades de la guerra y los bombardeos contra la población civil demuestran que no hay indiferencia ante la guerra. Mucha gente quiere hacer algo para ayudar a los ucranianos, muchos temen la perspectiva de una guerra o una catástrofe nuclear, como demuestran las manifestaciones que se han producido contra la invasión rusa de Ucrania en Europa. Estas manifestaciones, motivadas por la indignación causada por la guerra, por el momento se puede ver que son realizadas principalmente por las llamadas clases medias y no expresan un discurso anti-imperialista, con direcciones a veces abiertamente pro-OTAN, especialmente en Francia.

Sin embargo, existen gérmenes de una orientación independiente en diferentes países, ya sea en Alemania, Italia o Gran Bretaña, donde ha aparecido en diferentes manifestaciones el lema "Ni Putin ni la OTAN". Además, la entrada de las clases trabajadoras y del movimiento obrero en la movilización contra la guerra podría dar lugar a la aparición de consignas alternativas. Tras dos años de una pandemia especialmente mal gestionada, cuyo impacto total aún no hemos sentido, el descontento es generalizado. La guerra y las sanciones también están provocando un aumento del costo de vida, mientras que en países como Francia los salarios son muy bajos. Este temor llevó al ministro de Economía alemán, Robert Habeck, a advertir que un embargo de gas, petróleo y carbón rusos pondría en peligro la "paz social" en Alemania. Este temor es ampliamente compartido por la clase dirigente europea, empezando por Francia, donde existe una gran preocupación por el retorno de un movimiento del tipo de los Chalecos Amarillos en un contexto de aumento de los precios de los combustibles y de la energía.

Vinculando la cuestión del costo de vida a la exigencia de la salida de las tropas rusas de Ucrania, pero también al rechazo de todas las injerencias y sanciones de la OTAN, una movilización contra la guerra y el rearme podría dar lugar a una verdadera dinámica obrera y popular, en Francia pero también a nivel mundial, que sería la mejor prueba de solidaridad para aportar a nuestros hermanos de clase en Ucrania y Rusia. Las consignas y posibles acciones por la paz, por la plena independencia de Ucrania, la anulación de su deuda y contra el alto costo de vida son fácilmente generalizables e intrínsecamente internacionalistas y pueden aplicarse incluso en Rusia, donde ya se ha producido una huelga victoriosa en la fábrica Gemont de Tatarstán, protagonizada principalmente por trabajadores turcos que exigen aumentos salariales para hacer frente a la caída del rublo tras las sanciones económicas.

Sin embargo, el principal obstáculo para una alternativa progresista a esta guerra reaccionaria es la creencia en la retórica que venden los países imperialistas sobre su apoyo a la "democracia" y la "libertad" de Ucrania, que parece haberse convertido en sentido común. Al no oponerse frontalmente a la política de la OTAN en Ucrania y considerarla un mal menor en un momento en el que está reforzando sus características bélicas, la política de GA no ayuda a que se desarrollen fuerzas independientes en Ucrania, Rusia, Europa Occidental o Estados Unidos.

De hecho, los debates en torno a la guerra de Ucrania plantean la cuestión de qué política necesitamos para el convulsivo período que se avecina. Con importantes matices, GA y SK leen el período actual a través del prisma de una "nueva guerra fría", definición que no compartimos [6]. Sin embargo, podemos coincidir con ellos en el aumento de la conflictividad a nivel mundial que está abriendo la guerra en Ucrania. Si la respuesta a la situación ucraniana constituye una prueba decisiva para todo el período venidero, la posición formulada por GA nos parece que abre la vía a un peligroso alineamiento detrás de la OTAN, mientras que la de SK tiene el límite de subestimar el papel que podrían desempeñar los trabajadores y los pueblos en la escena política. Desde nuestro punto de vista, son ellos los que deben desempeñar un papel central en la "guerra contra la guerra" en el período de erupciones que se avecina.

Traducción: Guillermo Iturbide


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NOTAS AL PIE

[1Mientras en Francia la gran mayoría de las corrientes de izquierda denuncian con razón la invasión de Ucrania por parte de Rusia, el NPA se divide entre las posiciones que defienden, con matices, o bien una parte de las sanciones, o bien la neutralidad frente a las sanciones, que es la posición de Gilbert Achcar, o bien la oposición franca a todas las sanciones, que es también la posición de Lutte Ouvrière. Jean-Luc Mélenchon, por su parte, se opone a las sanciones "contra el pueblo ruso", pero defiende las que afecten a los oligarcas o al régimen de Putin. La misma división se observa también con respecto a la ayuda militar al gobierno de Zelensky, que Mélenchon rechaza completamente, al igual que LO y parte del NPA, pero que Gilbert Achcar y la otra parte del NPA apoyan. Mélenchon, al igual que la CGT, defiende que se pida a la ONU que proponga una solución diplomática a la guerra.

[2A pesar de todo, existen las presiones de Zelensky, como también de sectores del aparato estatal estadounidense.

[3Durante las dos últimas semanas, la ayuda militar de la OTAN ha ido acompañada de sanciones que han ido aumentando. Se congelaron las reservas del banco central ruso, se excluyó del espacio aéreo de muchos países a las aerolíneas rusas, se retiró a algunos bancos rusos del sistema internacional de pagos SWIFT, muchas empresas cesaron toda actividad en Rusia, incluidas Visa y Mastercard, y luego Estados Unidos y el Reino Unido decidieron aplicar un embargo a los hidrocarburos rusos. Estas sanciones provocaron rápidamente una caída del rublo y una inflación muy elevada.

[4El ejemplo de Kosovo es muy revelador en este sentido: hoy no es un Estado verdaderamente independiente, sino un país totalmente vasallo de la OTAN desde la intervención militar de 1999.

[5N. del T., el texto fue escrito al comienzo de las negociaciones.

[6Si es cierto que en esta guerra asistimos a la constitución de dos bloques antagónicos, nos parece erróneo pensar que estamos asistiendo a una nueva Guerra Fría, término que Gilbert Achcar y Stathis Kouvélakis utilizan con puntos de vista divergentes. Aunque la amenaza nuclear sigue existiendo, el mundo actual ya no es bipolar como durante la Guerra Fría, sino que está totalmente dominado por el imperialismo occidental. Rusia, China, India y la mayor parte de la humanidad siguen estando en una posición subordinada al imperialismo occidental. La URSS y China antes de Deng Xiaoping estaban mucho menos dominadas por el imperialismo que Rusia y China en la actualidad. Además, durante la Guerra Fría, y hasta los planes de ajuste estructural del FMI en los años ‘80, muchos de los países del llamado Tercer Mundo tenían economías parcialmente estatales y planificadas, lo que ponía barreras a la penetración y omnipotencia del capital transnacional. Ahora son economías totalmente integradas y abiertas a los cuatro vientos, en lo que se llama globalización. La situación de dependencia de los llamados "países emergentes", como Rusia, China e India, también explica en gran medida que sean dictaduras o regímenes autoritarios. Por eso, a fortiori hay poca base real para el campismo hoy en día: Rusia y China no encarnan nada remotamente progresista.
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Juan Chingo

Integrante del Comité de Redacción de Révolution Permanente (Francia) y de la Revista Estrategia Internacional. Autor de múltiples artículos y ensayos sobre problemas de economía internacional, geopolítica y luchas sociales desde la teoría marxista. Es coautor junto con Emmanuel Barot del ensayo La clase obrera en Francia: mitos y realidades. Por una cartografía objetiva y subjetiva de las fuerzas proletarias contemporáneas (2014) y autor del libro Gilets jaunes. Le soulèvement (Communard e.s, 2019).

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Profesor de Historia y miembro del comité de redacción de Révolution Permanente Dimanche.
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