Cultura

LIDTERATURA

Ulises

¿Cómo es el interior de un aserradero? Y no hablamos sólo de las máquinas, sino de sus trabajadores. Pasen y lean

Viernes 6 de septiembre | 20:35

Fuente desconocida.

Quizás el apodo se debía a su capacidad para generar esa sensación extraña, que no puede definirse, quizás lo llamaran El Poeta por aquel verano cuando dos de sus compañeros, en el medio del patio, con un sol que les caía justo sobre la cabeza, y que funcionaba como un reflector natural, lo miraron en el instante exacto. Sus compañeros fumaban formando unas figuras que ascendían hacia el sol de forma irregular. Charlaban sobre las presiones del supervisor y debatían la posibilidad de buscar un trabajo menos cansador, mientras un morocho de ojos saltones manejaba la máquina de cortar madera con naturalidad, con cierto desgano, casi sin mirar lo que estaba haciendo. La madera parecía ceder como todos los días, pero en algún momento quedó atascada entre los dientes de la máquina y generó un temblor que sacó del letargo al morocho trayéndolo de nuevo al mundo. Intentó sin éxito destrabar la madera, observar el camino que efectuaban las vetas principales, detectar el error, y no ser visto por el jefe. Forzó la máquina con movimientos bruscos y no pasó nada. En alguna de esas sacudidas, la máquina se rebeló, o la madera se rebeló, y lo que en principio era aserrín volando se transformó en una carnicería a cielo abierto. Ulises, El poeta, no miró a su compañero, no percibió la sorpresa en su mirada ni la mueca de dolor. Sólo se encargó en seguir la trayectoria de la sangre que se desprendía, la inmensa cantidad de pequeños estallidos rojos que se confundían con el aserrín, esas trayectorias que a veces coincidían hacia el mismo destino, aserrín y sangre como un espectáculo para sus ojos.

Los otros dos compañeros, que dejaron el cigarrillo colgado de sus dedos a medio terminar, tampoco se detuvieron en la suerte del morocho, no les interesó la cantidad de dedos que pudo haber perdido, ni la posibilidad de una hemorragia. Ambos, como embotados, se quedaron mirando a El poeta, le miraban los ojos, las lágrimas que se iban deslizando hacia sus pómulos y que parecían tener a la boca como destino. Pero esas lágrimas de alguna manera no transmitían tristeza, sus compañeros creían percibir que El Uli o El poeta lloraba de alegría. No lo conocían. Cómo reconocer las lágrimas de alguien que hacía 38 años que trabajaba en el mismo lugar pero que era un total desconocido para ellos, sus compañeros de aserradero.

Ulises, El Uli trabajó de lo mismo desde los 18 hasta los 56 años –edad en la que murió-. Según el resto de sus compañeros, aquella situación de los dedos del morocho alimentó el mito. El supervisor, un rubio de rasgos infantiles, les había dicho que el nombre Ulises arrastraba cierta carga mitológica, que quizás aquella era la razón de esa atracción difícil de explicar. Nadie sabía si El Uli o El poeta tenía familia, nadie podía afirmar dónde vivía, si había leído o escrito alguna poesía, nadie conocía su vida más allá del trabajo, nadie en tantos años pudo conocer sus pensamientos o sus pareceres. Los dos compañeros que fueron testigos de aquella tarde espectacular, la de la sangre y el aserrín fundiéndose, la del éxtasis en su mirada, nunca se habían detenido en él. Conocían por otros las historias de Ulises, les habían contado que hablaba muy poco, que podía mantenerse largo tiempo en silencio. Y que no eran silencios comunes, que todos tenían momentos en que pensaban hacia adentro, pero que siempre parecía que los silencios de Ulises eran más importantes, significaban otra cosa. Nadie podía afirmar si sufría, si tenía miedo, si tantos años en el trabajo lo habían transformado en un robot humanizado.

El día que murió todos lloraron y ninguno supo bien por qué. Lloró el morocho, protagonista del mito, lloraron sus compañeros, con lágrimas verdaderas, pero que tampoco tenían explicación.






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