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La Izquierda Diario
23 de junio de 2019 Twitter Faceboock

SEMANARIO IDEAS DE IZQUIERDA
Sartre, lector del Cordobazo
Jean Baptiste Thomas

Fotomontaje: Juan Atacho

Sartre es una de las figuras tutelares de “los años 68”, ciclo global de contestación e insurgencia. Nunca escribió sobre las puebladas argentinas que estallaron a partir del año 1969, pero sí puede considerarse que fue leído “en clave cordobesa”.

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El interés por América latina de Jean-Paul surge fundamentalmente de la Revolución cubana con la cual el filósofo se solidariza. Viaja a la isla a principios de 1960, junto con Simone de Beauvoir, y luego no dejará de denunciar, en sus escritos, la política exterior estadounidense en su patio trasero, tomando posición a favor de los presos políticos, participando, por ejemplo, en la campaña internacional por la liberación del peruano Hugo Blanco. Posteriormente, en los setenta, integrará el Tribunal Russell contra los crímenes de las dictaduras en Brasil y en el Cono Sur. Sin embargo, a fines de los sesenta, nada escribe sobre la Argentina y menos aún sobre “el mayo argentino”. De ahí lo extravagante, al menos a primera vista, del propósito de esta nota: considerar a un Sartre intérprete o lector de un Cordobazo que nunca llegó, realmente, a comentar [1].

No obstante, sí que es muy conocido Sartre en la Argentina: por una parte, el Sartre de El existencialismo es un humanismo, publicado en lengua española por la editorial Sur el mismísimo año de su estreno en Francia, en 1946; por la otra, el Sartre “argelino”, que prologa Los condenados de la tierra de Frantz Fanon, publicado por Era, en México, en 1965, y muy difundido en la Argentina y de central importancia para toda una nueva generación militante; y, por último, el Sartre político y “sesentayochesco”, el del mayo francés y de sus repercusiones. Nos centraremos en aquella tercera dimensión del filósofo a partir de una entrevista publicada originalmente en el cuarto número de Il Manifesto –la homónima revista del grupo encabezado por Rossana Rossanda y Luigi Pintor, expulsados del Partido Comunista en noviembre de 1968 y símbolo por antonomasia de la “nueva izquierda” italiana–, con el título “Partito e classe”. Formará parte de la selección de textos titulada “alrededor de 1968” que traducirá Losada en 1973 a partir de Situations VIII. Sin embargo, antes de que aparezca en esta antología, Nuevos Aires, revista trimestral de literatura y política de izquierda dirigida por Vicente Battista, Mario Goloboff y Edgardo Trilnik, publica una primera traducción de aquella entrevista. Aquel tercer número de Nuevos Aires, publicado a principios de 1971, es el más francés (o franco-argelino) de los once que sacará la revista [2]. Basta con fijarse en la tapa: “Cortázar y la fundación mitológica de París”, de David Viñas, “El judío y la revolución”, de Albert Memmi, “Los últimos días de Fanon”, de Dan Georgakas, y “Clase y partido”, de Sartre, larga entrevista realizada por Rossanda en que el filósofo se detiene en un análisis personal del alcance y de los límites de los acontecimientos de mayo y junio de 1968 en Francia.

Si consideramos que, en relación al “mayo francés”, el Cordobazo es una suerte de “68 con un año de atraso”, podemos decir que Sartre no escribe sobre el “mayo argentino” pero sí es leído desde el Cordobazo, los distintos “azos” y su posteridad [3]. Para decirlo con Borges, si consideramos que el lector es autor, y viceversa, “Sartre lector del 68 argentino” no es pura “ficción”. No lo es por dos motivos. La Revolución, para retomar a Lenin, es ante todo una cuestión de imaginación. ¿Acaso no termina el ¿Qué hacer? con aquel llamativo imperativo categórico, “¡hay que soñar!”? Desde un ángulo metodológico, intentaremos pensar cómo aquel texto de Sartre sobre el “mayo francés” fue leído e interpretado –a partir del contexto argentino, por cierto absolutamente distinto aunque con llamativos paralelismos respecto al “posmayo francés” [4]– por toda una nueva generación de activistas que tenían en mente o hasta habían vivido en primera persona el Cordobazo y las distintas puebladas, revueltas urbanas y semiinsurrecciones que dejan herido a muerte el régimen militar argentino de Juan Carlos Onganía a partir del año 1969.

El Cordobazo y la “nuit des barricades”

Aunque sea un error reducir el mayo francés a lo que ocurre en la capital, ¿qué es el Cordobazo en relación al mayo parisino y respecto a sus momentos icónicos? Sintéticamente, lo podríamos definir como una suerte de combinación de “noche de las barricadas” y de huelga de Renault Billancourt, la “fortaleza obrera” ubicada en el Oeste de París.

De “noche de las barricadas”, es decir aquella noche particularmente violenta de enfrentamientos entre estudiantes, jóvenes y policía del 10 al 11 de mayo de 1968 y en que se erigen unas sesenta barricadas por el Barrio latino, el Cordobazo tiene mucho. La diferencia, en términos de intensidad y duración de los enfrentamientos, es que si los choques, en París, empiezan al anochecer, arrancan tempranísimo en Córdoba, ni bien se difunde la noticia del asesinato de Máximo Mena, y se extienden durante todo el día. En realidad, ni siquiera pueden considerarse terminados luego de la reducción de los últimos focos de resistencia en el barrio Clínicas por parte de los paracaidistas de la IV Brigada, el 30 de mayo por la madrugada, ya que se registran choques esporádicos hasta el sábado 31 en varios puntos de la ciudad.

Con la huelga que comienza el 13 de mayo de 1968, en el marco de la gran jornada de protesta llamada por los sindicatos contra la represión que se desató en la noche del 10 al 11 de mayo, el Cordobazo comparte otra característica, la obrera. En ambos casos, el paro está convocado por las direcciones tradicionales del movimiento obrero –las dos fracciones de la CGT peronista, en la Argentina, la comunista CGT, la socialcristiana CFDT y Force Ouvrière y la federación docente (FEN), en el caso francés–, sin embargo los sectores movilizados van a sacar provecho de esta situación de frente único en los hechos para desbordar y superar holgadamente las intenciones originales de los convocantes. En el caso cordobés, las columnas que convergen hacia el centro el día 29 son numéricamente mucho más reducidas que las de la marcha parisina, de más de un millón de personas. Es de notar sin embargo en ambas manifestaciones la participación de los mecánicos. Si, en el caso parisino, vienen de las distintas fábricas automotrices del cinturón industrial de la capital, un grupo nutrido se moviliza desde Renault Billancourt. En Córdoba la principal columna que desempeñará un papel destacado en los enfrentamientos de la tarde es la de los 3 a 4.000 mecánicos que desfilan detrás del SMATA y proceden, en su gran mayoría, de la planta IKA-Renault de Santa Isabel.

El otro punto en común radica en la inédita –en términos de magnitud– unidad entre estudiantes y obreros que caracteriza la marcha del 13 de mayo de 1968 y la del 29 de mayo de 1969. A contramano de las interpretaciones más tercermundistas para las cuales el sujeto político de la época ha de ser “los condenados de la tierra” –lectura llevada a su ápice en La hora de los hornos de Octavio Getino y Pino Solanas estrenada, en Europa, precisamente, en 1968, y luego difundida clandestinamente en la Argentina en círculos militantes– en Córdoba se movilizan los estudiantes de la más clásicamente liberal y gorila universidad de la Argentina, la UNC, tanto como de la recién fundada Católica, junto a “los obreros mejor remunerados del país” [5], para retomar la expresión del ministro de economía de la época, Adalbert Krieger Vasena. En sendos casos, sin embargo, a imagen y semejanza de lo que plantea Sartre en relación al mayo francés, son los estudiantes los que “[son] el detonador del gran movimiento” [6].

El Cordobazo y las otras puebladas del período tendrán duraderas repercusiones que exceden, en términos de alcance político, los límites de cada provincia y dejan herido a muerte al régimen militar. En el caso francés también [7]. Los primeros brotes parisinos, cuyas raíces se encuentran en acciones estudiantiles en la universidad de Nanterre, en marzo de 1968, rápidamente se difunden al resto del país, tanto geográfica como socialmente. En palabras de Ernesto Laclau, en un artículo sobre la Argentina publicado por Les Temps Modernes, la revista dirigida por Sartre y Beauvoir –lo más argentino que se publica en ámbito sartriano en aquel período–:

… la crisis de mayo no fue un evento aislado, sino el primer acto de nacimiento de un polo de atracción de las masas capaz de unificar las luchas venideras en la Argentina. Una alianza entre la clase obrera y la pequeña burguesía, con toda su potencialidad explosiva, se cristalizó en las barricadas de Córdoba, Tucumán y Rosario; [una unidad entre] el democratismo pequeño burgués y el populismo nacionalista de la clase obrera […] por primera vez en la historia de la Argentina a pesar de los orígenes muy distintos de ambas tradiciones” [8].

Recalcando también las hondas repercusiones del mayo francés y la forma en que la movilización marcará un punto de inflexión en la situación, destacará Sartre a dos años de distancia de los acontecimientos que el “mayo del 68 no fue una hoguera sin continuidad; aquella insurrección, traicionada aunque no vencida, dejó profundas huellas entre los trabajadores, y particularmente entre los más jóvenes” [9]. Un análisis que podría valer también para la Argentina del poscordobazo.

El Cordobazo y “la France s’ennuie

¿Cómo explicar el estallido en el marco de la aparente solidez del régimen de facto instaurado por Onganía tres años antes, en 1966? O, para decirlo de otra forma ¿cómo explicar el Cordobazo a la luz de “la France s’ennuie” –que podríamos traducir por “Francia se aburre, aquí no pasa nada”– famosa editorial publicada por Le Monde el 15 de marzo de 1968, una semana antes del inicio de los disturbios en Nanterre?

A contramano de cualquier lectura de los resortes del mayo francés basados en un mero rechazo ideológico y espontáneo a la sociedad de consumo, Sartre evoca una arqueología inmediata del ‘68, anclada inclusive en reivindicaciones sociales concretas de la clase trabajadora. El filósofo recuerda, en particular, la cuestión de los decretos de reforma del Seguro social, presentados algunos meses antes, “medidas reaccionarias [que] conmovieron a la población trabajadora [por más que] los sindicatos […] no quisieron ir demasiado lejos [y] no llegaron a oponerse. [Hubo si] me recuerdo bien, un día de huelga general y las cosas quedaron ahí” [10]. Independientemente de la cuestión de los decretos Jeanneney, hubo otros antecedentes al “joli mai [11]. Basta con pensar en varias huelgas que estallan en los meses precedentes en el interior, demostrando que “el lindo mes de mayo” dista mucho de ser un relámpago izquierdista en el sereno cielo de “los treinta gloriosos”, supuestamente marcados por una democratización del acceso al consumo y al bienestar material. En el caso argentino, independientemente de las particularidades cordobesas –cuestión de las quitas zonales y la del sábado inglés, sobre todo–, también existen antecedentes al estallido del 69 por más que muchas veces hayan quedado en segundo plano, como carcomidos tanto por la fuerza disruptiva que expresa objetivamente el Cordobazo como por lecturas interesadas en resaltar el elemento espontáneo del acontecimiento. Basta con hojear las últimas páginas de Los pasos previos de Paco Urondo en que el autor, en aquel momento activo en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, evoca los prolegómenos de la explosión cordobesa [12].

Otra causa que es menester tomar en cuenta tiene que ver, tanto en Francia como en la Argentina, con el factor que actúa de caja de resonancia de las contradicciones y desempeña un papel detonante: el elemento generacional. Desde ya, dice con cierta dosis de ironía el ensayista y poeta italiano comunista heterodoxo Franco Fortini a los que quieren convertir los “años 68” en un mero movimiento juvenil, ocultando el papel disruptivo de la insurgencia proletaria, “la juventud no es una clase” [13]. Sin embargo, el “ser joven” marca un estado de ánimo y está caracterizado por cierta permeabilidad a una politización alternativa a las sociabilidades tradicionales que también explica los nuevos vínculos que empiezan a saldarse entre estudiantes y trabajadores. Al salir de la Segunda Guerra mundial Sartre destacaba en 1946, en Matérialisme et révolution, que “los jóvenes, hoy en día, no se sienten a gusto. No se reconocen a ellos mismos el derecho a ser jóvenes” [14]. Dos décadas más tarde es como si la situación se hubiera revertido: son los regímenes de los generales De Gaulle y general Onganía, independientemente de sus diferencias, los que no reconocen a los jóvenes el derecho a ser jóvenes. La represión al mundo académico y al movimiento estudiantil, preparada, en forma dantesca, en la Argentina, con la llamada “Noche de los bastones largos”, en 1966, cuando se intervienen las universidades y se viola la autonomía universitaria, tanto como, a otro nivel, la represión a los estudiantes de Nanterre en marzo de 1968 y la violación de las “franchises universitaires”, abren el paso, con temporalidades y ritmos diversos, a la revuelta juvenil que se propaga a partir del año 1968 e interviene como factor dinamizador de aquel convulsivo período que inicia.

Poscordobazo, serie y fusión

Sin embargo, si nos atenemos a las categorías sartrianas, ¿cómo llega el pueblo de Córdoba a movilizarse, a pesar del despliegue represivo, a incendiar edificios, derrotar la policía y hasta resistir al ejército? El elemento decisivo, si seguimos a Sartre, es el pasaje de la “serialidad” a la “fusión”: genera lo que el filósofo llama “libertad salvaje” y aporta a los trabajadores una “conciencia precisa de su ser de clase”. Esta transformación genera un estado de ánimo que deja huellas y sigue actuando duraderamente tanto después del mayo francés como luego del Cordobazo. Habitualmente, dice Sartre, los obreros son

… incapaces de espontaneidad [concepto que tiene escasa pertinencia, dicho sea de paso, para el filósofo], en cuanto es verdad que, por sí mismos, son aquellos que son, pero a los otros no están ligados sino en una relación de reificación –una relación de serie. Están constantemente ajenos de sí porque están designados únicamente a través de una relación con otro, que a su vez es designado a través de una relación con otro, y así sigue” [15].

Para trasladar aquel concepto a Córdoba, basta con pensar en algunas descripciones del estado de ánimo imperante en fábricas importantes del tejido manufacturero local. En el sector del caucho, de central importancia para la industria automotriz, relata Rafael Flores Montenegro [16] cómo, entre los trabajadores, “había que partir casi de cero, tomando en cuenta la débil conciencia de clase y la desorganización sindical” [17], estando el sector en manos de la burocracia vandorista de FOCAYA. Aunque no tan catastrófica, la situación en Fiat Concord es bastante similar. Carlos Masera, que habrá de convertirse en uno de los principales dirigentes del combativo SITRAC, recuerda cómo entre “1965 y 1970 […] Fiat era la empresa que menos pagaba en la industria automotriz argentina. [En 1970], cuando se elaboró el convenio, la conquista más grande fue un pan de jabón y un rollo de papel higiénico” [18].

Al estado de pasividad inicial, sin embargo, puede oponerse el de “grupo en fusión”, vinculado a la capacidad de constituirse en bloque a través de situaciones de horizontalidad o de lucha. En el primer caso, a raíz de la intervención de varios activistas, entre ellos Flores Montenegro, la implementación de un método asambleario “por arriba de cualquier verticalismo dirigista” no solo desemboca, para los trabajadores del caucho, en la fundación de un nuevo sindicato, el clasista SITRACAAF, sino que “a los seis meses de práctica en que la voz de cada uno pesaba lo mismo, termina dirigiendo la base, compacta” [19], no solo en Rubber S.A sino en Armando López y Cía y en otras empresas menores del rubro. Ya por el año 1975, antes de que estalle el Rodrigazo, el SITRACAAF es una de las puntas de lanza de la Mesa de Gremios en lucha, versión cordobesa –y mucho más avanzada– de las Coordinadoras porteñas y del Gran Buenos Aires.

Las luchas también son el terreno predilecto a partir del cual nace “la fusión”. En “ésta o aquélla fábrica donde tiene lugar una lucha en el transcurso de la cual los obreros individualmente establecen relaciones recíprocas […], disfrutan de aquello que he llamado ‘libertad salvaje’ y toman una determinada conciencia de su ser de clase” [20]. Para ilustrar este tipo de punto de inflexión basta con rememorar el conflicto que estalla el 14 de mayo de 1970 en Concord. En aquella “fábrica tumba” del grupo Fiat en que todo está estrechamente controlado por la patronal con la ayuda del sindicato oficialista, recuerda Gregorio Flores cómo, aquel día, en una masiva e inédita asamblea que no hubiera podido ocurrir sin el Cordobazo, un trabajador de base, el “Gato” Saravia, se atreve a desafiar la autoridad de la conducción burocrática del sindicato, exige su destitución y elección libres. Plantea, con cierta “libertad salvaje”, para decirlo sartrianamente, los dos momentos de una genuina democracia, a la vez destituyente y constituyente: “Compañeros [dice Saravia, a pesar de la presencia de matones sindicales armados], yo soy medio caballo para hablar, pero creo que estos cosos se tienen que ir a la mierda porque no sirven” [21]. A partir de aquel momento, recuerda Antonio Marimón, futuro responsable del sector prensa del SMATA y militante maoísta, los obreros ocupan la planta, la rodean con tanques de naftas, toman rehenes y, para recibir a los periodistas y las autoridades que llegan, “decenas de obreros golpean con herramientas el portón [produciendo] un rumor ensordecedor [que atestigua] de algo salvaje, una rebelión interiorizada durante demasiado tiempo” [22]. Una rebelión que ha de extenderse al resto del país y que no cesará sino con el golpe de estado de marzo de 1976.

“Le faltó una dirección política”

En la entrevista a Sartre que nos sirve de hilo rojo sostiene Rossanda que, a la luz de la forma en que acaba la movilización huelguística en Francia –con la vuelta al trabajo, pocas conquistas arrancadas en comparación con la intensidad del paro, y, sobre todo, con la victoria de los gaullistas en las elecciones anticipadas de junio– “la revuelta de mayo” termina con un “fracaso” y con la “victoria de la reacción” según la comunista italiana [23]. En realidad la victoria táctica de De Gaulle en los comicios no cierra la crisis que recién se está abriendo. Lo mismo puede decirse del Cordobazo ya que hiere a muerte la dictadura de Onganía aunque, a primera vista y para la época, la derrota parece ser la del campo obrero y popular: una cantidad indeterminada de muertos, centenas de heridos, varias decenas de procesados entre los activistas y, sobre todo, los dirigentes del sindicalismo cordobés condenados por tribunales militares.

Sartre responde a esta lectura pesimista y truncada desde un ángulo más estratégico, recalcando lo que le hizo falta a la movilización para desembocar en una inversión clara y decisiva de la relación de fuerzas: “le faltó, dice Sartre refiriéndose a Francia, una dirección política [pero absolutamente distinta] a un partido comunista [ya que] el Partido comunista francés actuó como elemento de freno de cualquier tentativa revolucionaria” [24]. En profundo desacuerdo con las tesis luxemburguistas y espontaneístas de Rossanda y del Manifesto en relación a la cuestión del partido, Sartre admite a pesar de todo no tener ninguna clave para construir una dirección comunista que no termine reproduciendo “los problemas que cualquier estructura estabilizada lleva consigo” [25], por más que esté convencido de la necesidad de construirla.

Sin embargo, si seguimos nuestras pautas sartrianas, tanto el mayo francés como el Cordobazo permiten avanzar en el terreno de la necesaria construcción de una expresión política marxista de sendas movilizaciones. Ambas zanjan varios debates marcando una vuelta a los cánones clásicos del marxismo:

… el arma de los trabajadores, recuerda el filósofo en otra entrevista en que vuelve sobre los acontecimientos de mayo y junio, la única, pero es un arma absoluta, consiste en negarse a librar su producto a la sociedad. Entonces todo el sistema se detiene […]. Decir que la clase obrera, la única clase productora, está liquidada como fuerza revolucionaria en las sociedades “de consumo” consiste en decir que nunca habrá revoluciones en aquellas sociedades. Es la conclusión a la cual llega Marcuse. Pero, precisamente, creo que estuvo desmentida por lo que acaba de ocurrir en Francia” [26].

Una vuelta al “clasicismo” al cual llega también Nahuel Moreno en su debate post 68 y poscordobazo con el “trotsko-guevarismo” de un Roberto Santucho o de un Livio Maitan [27]: “‘normales’ [son las] revoluciones [como el Cordobazo] que tienen por centro de gravedad al proletariado industrial, las ciudades como marco geográfico y la insurrección urbana como eje de la lucha armada” [28]. Estas son las coordenadas, confirmadas tanto por el mayo francés como por el Cordobazo, que servirán, en aquellos años, para reactualizar el debate sobre partido y dirección y la construcción de una expresión política de los trabajadores que, según Sartre, ha de “luchar contra dos fuerzas, el capitalismo y los partidos socialistas y comunistas que sostienen aquel capitalismo” [29]. Si Sartre hubiera sido, de verdad, lector del Cordobazo, habría completado, seguramente, con “las corrientes o partidos nacionalistas burgueses, como el peronismo, que sostienen aquel capitalismo”. De hecho, a través del GAN, el general Lanusse volverá a llamar a su viejo adversario de su exilio madrileño para encontrar una vía de fuga que permita, con la salida electoral, contrarrestar las tendencias más abiertas a la insurgencia obrera y social que se habían plasmado en el Cordobazo.

 
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