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La Izquierda Diario
4 de diciembre de 2021 Twitter Faceboock

Mariátegui y la cuestión de la mujer: de la “edad de piedra” a la edad de Amauta*
Livia Vargas González

El cambio drástico desde una visión inicial que menosprecia la lucha de las mujeres por sus derechos, a una concepción resueltamente comprometida con la lucha por la emancipación de las mujeres, es lo que se opera en quien terminara siendo uno de los pioneros del marxismo latinoamericano, como José Carlos Mariátegui. Es lo que se describe en esta breve nota, publicada originalmente en el año 2008 en la página de la época de la Liga de Trabajadores por el Socialismo, y que consideramos útil reproducir hoy para las y los lectores de La Izquierda Diario.

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Los Derechos del Hombre, como una vez he escrito, podían haberse llamado, más bien Derechos del Varón. La democracia burguesa ha sido una democracia exclusivamente masculina.

José Carlos Mariátegui, “Las reivindicaciones feministas”, 1924.

Para los comienzos de la vida intelectual y literaria de José Carlos Mariátegui, su visión de la mujer podría considerarse no menos que conservadora. Durante su “edad de piedra” –período de la vida de Mariátegui que llega hasta su primer viaje a Europa y que fuera llamado de esta manera por él mismo–, dedicó varios artículos periodísticos, cuentos y hasta dos obras de teatro al “mundo femenino”. Sin embargo, la mirada desde la cual era abordada la cuestión femenina y feminista, expresaban un claro tamiz conservador y patriarcal, propio del Perú de la época.

En sus artículos, muchos de ellos dedicados al tema de la moda, la mujer era concebida, o en su imagen inmaculada, o en su imagen seductora, pecadora; la belleza femenina era exaltada como una de las grandes cualidades de la mujer; asimismo, menospreciaba cualquier cualidad e interés intelectual o político en ella.

En un artículo titulado “La semana de Dios”, que sería publicado el 8 de abril en el diario La Prensa, Mariátegui escribe: “De la evolución femenina, que cada día mayores triunfos conquista, no tendremos aquí seguramente, el afán de las mujeres por obtener el derecho de votar, ni la fiebre por dedicarse a profesiones liberales. Las mujeres limeñas, serán siempre, deliciosamente inútiles y frívolas. Y así también, serán siempre adorables” [1]. Nótese el claro desdén hacia cualquier manifestación de la mujer como sujeto político.

Para el Mariátegui de “la edad de piedra”, lo valioso en la mujer limeña era precisamente su inutilidad y su belleza. Incluso fustigará con dureza al feminismo, en un artículo escrito por él en el año 1915, a propósito del Congreso Femenino Internacional de La Haya, mejor conocido como Congreso Femenino por la Paz: “Yo no concibo a la mujer abandonando el ritmo encantado de su vida y tornándose vocinglera, corre-calles y exaltada como uno de nuestros capituleros criollos. Es tanta mi devoción por la armonía, por la gracia de sus actitudes, que la prefiero cien veces frívola y loca que adoptando el ademán hierático y doctoral de la mujer letrada, abstraída en la contemplación de tremendos problemas científicos. Y dicho esto, piense el lector como he de detestar a esas marimachas desgreñadas, empeñadas en la conquista de un derecho tan prosaico y vulgar como el voto. A todas las sufragistas me las imagino nurses histéricas, a cuyos oídos ninguna voz caritativa deshojó jamás la flor de un requiebro”.

Sin embargo, de este Mariátegui conservador, machista y patriarcal, pocos años después devendrá un Mariátegui completamente comprometido con la causa feminista, es decir, un Mariátegui convencido de la necesidad de la mujer [de luchar] por librarse de la opresión a la que ha sido sometida durante cientos de años. Es el mismo Mariátegui que se adherirá a la Tercera Internacional Comunista y defenderá el programa y los postulados del marxismo. Su consideración de la cuestión de la mujer y del feminismo será abordada a partir de una clara concepción marxista. Para Mariátegui, que otrora cuestionara las luchas de las mujeres por la conquista de sus demandas, comportará una importancia histórica central la incorporación de estas al ámbito político.

La consideración de que el feminismo manifieste una efervescencia en el Perú tiene, para Mariátegui, una explicación histórico-concreta; este hecho surge precisamente porque las formas de trabajo intelectual y manual en la mujer han variado. El feminismo peruano estará encarnado en las mujeres de las fábricas, en las estudiantes, en las profesoras universitarias; pero también estará encarnado en sectores de la burguesía. Es por esto que Mariátegui, con acierto –aun cuando sea defensor de la idea de que el feminismo en sí mismo, es revolucionario–, mantendrá la tesis según la cual el feminismo no es unívoco, sino que, por el contrario, manifiesta distintas tendencias de acuerdo a su carácter de clase.

En su artículo “Las reivindicaciones feministas”, escrito en diciembre de 1924, dirá lo siguiente:

“Se pueden distinguir en el feminismo tres tendencias fundamentales, tres colores sustantivos: feminismo burgués, feminismo pequeñoburgués y feminismo proletario. Cada uno de estos feminismos formula sus reivindicaciones de una manera distinta. La mujer burguesa solidariza su feminismo con el interés de la clase conservadora. La mujer proletaria consustancia su feminismo con la fe de las multitudes revolucionarias en la sociedad futura. La lucha de clases –hecho histórico y no aserción teórica- se refleja en el plano feminista. Las mujeres, como los hombres, son reaccionarias, centristas o revolucionarias. No pueden, por consiguiente, combatir juntas la misma batalla. En el actual panorama humano, la clase diferencia a los individuos más que el sexo” .

Y es que para Mariátegui, al igual que para todo marxismo revolucionario, la emancipación de la mujer no es posible dentro del marco del capitalismo. Por el contrario, el orden social burgués contiene, en sí mismo, la perpetuación de la opresión de la mujer, su carácter es patriarcal, sus valores y su estamento moral ha sido concebido para mantener “la organización social de la sociedad”. Así, quienes defienden un feminismo enmarcado dentro del orden burgués establecido, aspirando solo a reformas tímidas, desconocerán el hecho de que la explotación capitalista lleva consigo y de la mano la opresión de la mujer; desconocerán el hecho de que la emancipación de la mujer no es posible mientras persista la explotación capitalista.

* Artículo publicado originalmente en septiembre de 2008, a propósito del libro de Sara Beatriz Guardia, José Carlos Mariátegui. Una cuestión de género.

 
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