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2 de diciembre de 2021 Twitter Faceboock

Lo que nos dejó la semana
De la “nueva política regional” de AMLO a la represión a los migrantes
Pablo Oprinari | Ciudad de México / @POprinari

Si la semana empezó con las repercusiones de la cumbre regional, terminó con las imágenes de los rangers texanos persiguiendo a los migrantes haitianos, al peor estilo esclavista del siglo XIX. Y con las movilizaciones multitudinarias en el estado de Zacatecas, exigiendo el pago de los salarios adeudados.

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Con la cumbre de la CELAC, López Obrador se puso al centro de los reflectores de la política latinoamericana. En un escenario donde no faltaron cruces entre varios de los gobernantes que participaron de la reunión, el gobierno mexicano coronó su nuevo protagonismo regional.

Es paradójico que López Obrador, quien durante su campaña electoral y el inicio de su mandato dejó en un segundo plano la política latinoamericana, hizo de sus recientes intervenciones internacionales uno de sus principales activos políticos.
Las más recientes fueron sus llamados a ponerle fin al bloqueo a Cuba, y los dichos de su administración -y en particular de su canciller Marcelo Ebrard- en torno a la Organización de Estados Americanos, al afirmar que “la OEA quedó demodé porque el mundo cambió”.

En la cumbre reciente, AMLO planteó las bases de lo que considera una “nueva relación entre los pueblos de América”. Allí sostuvo que debe basarse en la no intervención y la autodeterminación de los pueblos, la cooperación para el desarrollo, y la “ayuda mutua” ante la desigualdad.

El gobierno mexicano ha enarbolado en los últimos meses (coincidiendo particularmente con la salida de Trump del Salón Oval) un discurso que busca marcar cierta autonomía respecto a Washington en algunos terrenos. Pero que, no lo olvidemos, en todo momento evita cruzar la línea de la moderación política y diplomática.

Sin embargo, esto le ha bastado a AMLO para poner distancia de los gobiernos derechistas del continente, y ocupar un lugar al centro de las discusiones regionales, como las que se expresaron en la mencionada cumbre. Aprovechando, hay que decirlo, la retirada de Bolsonaro de la CELAC y el poco protagonismo de Alberto Fernandez, insumido por la crisis política en Argentina.

Más allá de su gestualidad progresista, López Obrador ratificó que su nueva política regional no se hace al margen de los Estados Unidos. Alejando cualquier especulación respecto a una eventual salida de la OEA, dijo que se trata de “dialogar con los gobernantes estadounidenses”. Pero esta moderación discursiva se combina con una cuestión central y constitutiva que marca todos los límites de su “antineoliberalismo”: la subordinación estructural, económica y política de su gobierno al imperialismo estadounidense. Esto se expresa en el Tratado México Estados Unidos Canadá (TMEC) cuyas condiciones son aún más leoninas que su antecesor, el TLCAN. México continúa siendo -quien puede negarlo- el paraíso para la trasnacionales imperialistas, mientras se mantiene la militarización exigida desde hace décadas por la Casa Blanca y se lleva adelante la política migratoria exigida, que se ha vuelto cada vez más crucial en las relaciones bilaterales.

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Deportaciones y represión a migrantes, AMLO y Biden responsables

Esta semana tuvimos también un nuevo capítulo de la crisis migrante. Como denunciamos en este portal, en los meses previos, la acción de la Guardia Nacional (GN) y el Instituto Nacional de Migración buscó contener, en la frontera sur, la travesía de miles de migrantes caribeños (con gran presencia haitiana), centroamericanos y de otras nacionalidades.

El objetivo era evitar que subiesen por el territorio nacional hasta alcanzar el Río Bravo, con la finalidad de cumplir con los imperativos de los gobernantes estadounidenses.

El gobierno de AMLO es así responsable de no otorgar refugio a los migrantes que lo reclamaban, de no garantizar su circulación por el territorio nacional y el acceso a los servicios sociales y de salud, y mucho menos plenos derechos para quienes quieran quedarse en el país. Derechos humanos elementales que son negados por las administraciones de ambos países.

Mientras todavía teníamos frescas las imágenes de los militares apaleando a las y los migrantes en Chiapas, estos días recorrieron el mundo los ataques de los rangers texanos contra los migrantes haitianos. Las fotografías parecen una copia de las persecuciones contra los esclavos en el siglo XVIII y XIX.

Lo que se evidenció es que la actual administración de Joe Biden está apelando a las mismas políticas migratorias que su antecesor Donald Trump y que su correligionario Barack Obama, quien fuera bautizado por las organizaciones de defensa de migrantes como el “gran deportador”. Aunque Biden inició su mandato con promesas de cambio en el terreno migratorio, ante la presión migrante parece haber decidido ponerle un freno brusco. Sin embargo, la represión ejercida le abre una situación complicada, en un contexto político nada fácil, signado por la crisis provocada por su apresurada salida de Afganistán.

Si bien AMLO se apresuró a reclamarle a la Casa Blanca que instrumente políticas de ayuda hacia Centroamérica (poniendo como ejemplo su programa Sembrando Vida, que implicó un trabajo absolutamente precario para miles de campesinos mexicanos), su política migratoria sigue como la sombra al cuerpo las instrucciones de Washington. Mientras los rangers hacen gala de su peor tradición esclavista, la Guardia Nacional del “progresista” presidente mexicano actúan, una y otra vez, como una border patrol en la frontera sur.

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Zacatecas: crisis del estado y movilización obrera y popular

La semana inició también con movilizaciones masivas en el estado, empujadas por la falta de pago al personal educativo, trabajadores estatales y jubilados. Para el miércoles, más de 11,000 trabajadores tomaron las calles. Alrededor de 20,000 personas han dejado de percibir sus salarios y sus pensiones, y más de 1,4000 escuelas están en paro. Aparecen así, en el panorama nacional, nuevos elementos de la lucha de clases.

El nuevo gobernador, el morenista David Monreal, que asumió hace poco más de una semana, advirtió que recibía un “estado en quiebra”. Efectivamente, el ISTEEZAC fue desfalcado por alrededor de 44 millones de pesos por las administraciones previas. Sin embargo, la respuesta -impulsada por el gobierno saliente pero que mantiene y comparte Monreal- es una reforma a la Ley del Instituto que implica un impuesto a los trabajadores. Esto significa, lisa y llanamente, que la crisis recaiga sobre sus espaldas. Mientras Monreal dice que “no hay de donde” y el gobierno federal mira para otro lado, son las y los trabajadores de la entidad quienes no perciben sus salarios.

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Las movilizaciones en Zacatecas se extendieron a distintos puntos del estado, con tomas de casetas y oficinas gubernamentales y bloqueos carreteros, evidenciando la indignación existente.

La situación actual echa luz sobre las consecuencias nefastas de las administraciones previas y la corrupción característica de los partidos patronales. Y también sobre el carácter de la política de los gobiernos morenistas -tanto estatales como federal- que prefieren que se implementen nuevos impuestos a los trabajadores, en lugar de afectar las ganancias de los grandes empresarios y de la misma casta política.

En Zacatecas está aflorando el descontento de sectores de la población, con la movilización y la protesta que recorre las calles. En Michoacán también los maestros enfrentaron la falta de pagos por una crisis similar en las finanzas del estado. Lucha de clases frente a las políticas gubernamentales y las consecuencias que enfrentan los trabajadores. Pero no son los únicos sectores obreros y populares que tienen desilusión y descontento, en el contexto de la pandemia, la precarización laboral y el reinicio de las clases presenciales sin condiciones seguras.

Esta semana nos deja también la necesidad de avanzar en la coordinación y unificación de los reclamos, de impulsar la solidaridad efectiva por parte de las centrales sindicales que se reclaman democráticas, con los sectores que empiezan a movilizarse y luchar por sus derechos, de desarrollar y buscar generalizar los nuevos elementos de la protesta social y la lucha de clases.

 
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